Capítulo 48
Ecos del abismo
Zúrich, madrugada invernal de 2024
La reunión no constaba en ninguna agenda. Ni en ningún registro.
Tuvo lugar en el subsuelo de un museo cerrado por reformas, bajo la excusa de revisar una colección de archivos en desuso. Luc y Clara descendieron por unas escaleras oxidadas, guiados por un conserje mudo.
En la sala húmeda y sin ventanas los aguardaba un hombre con abrigo de lana y ojos de plomo: Karl Herschmann.
—Tu abuelo me pagó por callar muchas cosas —dijo sin preámbulo alguno—. Tu padre me pagó por borrar otras. Pero tú… tú me interesas.
Su voz sonaba cascada por el peso de los años y la culpa.
Sobre la mesa de cemento colocó un maletín de cuero desgastado. Dentro aguardaban documentos, fotografías y microfilms.
—Esto es lo que no encontraste en AEGIS —añadió—. El segundo nivel. Los proyectos paralelos a Blackroot. En África, en Europa del Este y sí… en América Latina también. No solo se experimentaba con vacunas o modificación genética. También con control conductual.
Luc, de pie junto a Clara, frunció el ceño con opresión.
—¿Qué quieres a cambio? —preguntó Clara, manteniendo una voz de hielo.
—Solo una cosa —respondió Herschmann—: que entiendas que si tú caes… yo caigo contigo. Y muchos otros. Gente que ahora ocupa cargos públicos de alto nivel. Corporaciones enteras. Si vas a hacer algo con esto… hazlo sabiendo que el incendio no se detendrá en ti.
El vector adecuado
Clara no respondió. Pasó las hojas, una a una.
Imágenes desgarradoras de niños con implantes neurológicos. Resultados de pruebas cognitivas forzadas en prisiones secretas. Y un memorándum firmado por Alexander Wexler y Malik, fechado en 1991:
«El comportamiento puede ser codificado. Solo hace falta el vector adecuado.»
Luc se apartó de la mesa, conteniendo a duras penas la rabia.
—Esto es simplemente monstruoso…
—Sí —murmuró Clara—. Y lo construyeron con nuestro apellido; lo firmaron como si eso los convirtiera en dioses.
Un silencio denso cayó sobre la sala. Herschmann volvió a recoger sus papeles.
—Tú decides. Pero los Wexler no desaparecen: mutan. Y lo que no muta, arde.
En el subsuelo
Cuando Herschmann se marchó, Luc y Clara se quedaron solos.
Clara se sentó en el borde de una vitrina rota, con los ojos perdidos en la penumbra. El vidrio astillado crujía levemente bajo sus palmas, pero ella ni siquiera se inmuto. El dolor físico resultaba irrelevante.
—¿Aún quieres que lo saque todo a la luz? —susurró.
Luc no respondió de inmediato. Se acercó despacio y se agachó frente a ella. Sus ojos eran los de siempre: agudos, honestos, sin temor a mirarla tal como era en realidad.
—Ya no lo sé —confesó él—. Pero sé que no quiero perderte en el intento.
Clara alzó la mirada por fin.
—No tienes por qué quedarte. Ya sabes lo suficiente. Puedes marcharte.
Luc negó con la cabeza.
— Es tarde. Me quedé mucho antes de que encontráramos AEGIS. Me quedé cuando éramos nosotros dos, antes de todo esto. Y después nació Ada. No voy a fingir ahora que eres solo la heredera de un apellido.
Ella lo abrazó en silencio. Por primera vez, sin cálculo alguno. Solo por pura necesidad humana.
Y en aquel sótano al margen de la historia, Clara Wexler, heredera de un imperio manchado de sangre, se aferró al único hombre que todavía podía mirarla sin ver únicamente el apellido.
Luc no veía a la heredera.
No veía a la presidenta.
No veía a la Wexler que empezaba a aprender las reglas del poder.
Veía a Clara.
A la mujer que había amado antes de conocer el verdadero peso de su apellido.
A la madre de Ada.
Y quizá por eso era el único hombre ante quien todavía no podía mentir.
Solo como Clara.