Capítulo 47
El tercero en la sala
Zúrich, una semana después
Luc no había vuelto a mencionar a Ada.
Pero tampoco se había ido.
Había transformado su conflicto moral en código puro. Revisaba los archivos de BLACKROOT como si buscara una vía de escape dentro del horror, una cláusula ética oculta entre los algoritmos genéticos.
Clara lo observaba desde el otro lado del cristal de su despacho.
Desde que le había revelado la existencia de Ada, algo había cambiado entre ellos. Ya no eran únicamente dos personas enfrentadas por una decisión moral. Ahora existía una tercera presencia invisible entre ambos: una niña que ninguno de los dos había sabido proteger del mundo que los rodeaba.
Clara no se lo había confesado a nadie, pero había llorado.
No por culpa.
Por agotamiento.
El poder también desgastaba por dentro.
—¿Y si filtramos solo una parte? —preguntó Luc una noche, sin girarse hacia ella—. Un señuelo. Algo que parezca sustancial, pero que no resulte clave. Que señale a los enemigos... y no a ti.
—Sería nuestro primer acto de ingeniería narrativa —respondió Clara, pensativa—. Bienvenido al juego.
Luc tragó saliva.
Lo que más le dolía era ser consciente de que, de alguna manera, ya estaba completamente dentro del tablero.
Y ahora tenía algo más que perder.
El mensaje de Praga
Entonces llegó el correo electrónico.
Apareció desde una dirección de remitente que nadie utilizaba desde los años noventa: [email protected].
El mensaje era escueto:
«Nos conocemos. Y conozco a Alexander mejor que tú.
Estás a punto de repetir sus errores. Pero tú aún puedes hacer lo que él no hizo: elegir.
Nos vemos en Praga. Hotel Rusalka, planta 6.»
Firmado: D. Herschmann.
Luc leyó el texto dos veces.
Clara, solo una.
—¿Te suena ese nombre? —inquirió él.
Ella asintió muy despacio.
—Aparecía en los informes. Asociado a Malik. Y antes... incluso a Alexander. Era un operador de sombras. El hombre que hacía desaparecer las cosas.
Luc bajó la voz.
—¿Y si no quiere ayudarte... sino sustituirte?
Clara caminó hacia el ventanal.
Praga.
La ciudad de los espejos.
Y ahora, un fantasma del pasado llamaba a su puerta con las manos aún manchadas de wolframio, sangre y décadas de secretos de Estado.
—Entonces tendremos que ir —dijo Clara—. Juntos.
Luc la miró.
—¿Estás segura?
Clara tardó un instante en responder.
—No.
Se volvió hacia él.
—Pero ya no estoy segura de nada.
El escudo
Luc la contempló.
Por primera vez creyó ver en ella el reflejo de Malik.
Pero había algo más.
Algo que no pertenecía a Malik ni a Alexander.
Algo que pertenecía únicamente a Clara.
—Te cubro la espalda —dijo.
Ella sostuvo su mirada.
—Haz algo mejor.
Luc esperó.
—Enséñame a no perder el alma mientras la usamos como escudo.
Durante unos segundos permanecieron en silencio.
Después, casi sin querer, ambos sonrieron.
Fue una sonrisa breve.
La clase de sonrisa que solo pueden compartir dos personas que se conocen desde mucho antes de que el mundo empezara a exigirles que eligieran un bando.
Pero en el mundo que los aguardaba, aquel único segundo iba a costar muy caro.