Capítulo 42
La verdad administrada
Zúrich, diciembre
La sala de juntas de la Fundación Wexler era un rectángulo de madera y cristal, frío como el silencio que la llenaba. Clara se plantó frente a los ejecutivos, impecable y decidida.
—Esta semana apareció en la prensa una referencia al archivo AEGIS —dijo—. Un rumor vago, pero peligroso. No podemos permitir que crezca.
Un consejero carraspeó.
—¿Desmentimos?
Clara negó con la cabeza.
—No. Emitiremos un informe controlado. Transparencia selectiva. Mostraremos lo que conviene, ocultaremos lo demás. Así calmaremos a activistas y gobiernos.
Un murmullo incómodo recorrió la sala.
—¿Está diciendo que fabriquemos una verdad?
Clara sonrió con frialdad.
—No. Administramos una dosis de realidad.
—La ética también exige saber cuánto puede soportar una sociedad de una sola vez.
Horas después, en una cafetería frente al lago, Luc revisaba el informe que Clara le había enviado. No era, en absoluto, lo que él había visto en la memoria USB.
—Esto no es verdad —murmuró.
Clara bebió su té sin inmutarse.
—Es lo que el mundo puede soportar sin derrumbarse.
Luc la miró, con una mezcla de tristeza y desconcierto.
—¿Qué estás haciendo, Clara?
—Lo que hay que hacer para no perderlo todo.
—¿Y qué es «todo»?
—Legitimidad. Control. Si revelo todo, la Fundación se hunde. Pero si contengo la verdad, puedo cambiar las cosas desde dentro.
Luc frunció el ceño.
—Eso suena más a Malik que a ti.
Luc frunció el ceño.
—Eso suena más a Malik que a ti.
Clara sostuvo su mirada.
—Quizá no me conoces tan bien como creías.
—Al contrario —respondió Luc en voz baja—. Quizá te conozco demasiado bien.
Clara alzó la mirada, sin un solo atisbo de arrepentimiento.
—Quizá heredamos más que culpas. También métodos.
Sombras en la pared
Al volver al edificio, Clara se detuvo en el vestíbulo ante los retratos de su abuelo y de Malik.
—No me ganaste —susurró contemplando la figura de Alexander Wexler.
Luego miró la media sonrisa calculadora de Malik.
—Y tú no me enseñaste todo.
Las luces del pasillo se apagaron una a una.
La sombra que la habitaba no la perseguía. Era ella.