Capítulo 4 #2
—Yo hace mucho tiempo que dejé de hacerme preguntas morales —respondió ella con una sonrisa helada—. Me limito a sobrevivir y a cobrar mi porcentaje.
Una mosca gorda chocó repetidamente contra la pantalla de la lámpara. Desde la carretera de tierra llegó el estruendo de un camión pesado cruzando a gran velocidad. Claire cogió una tarjeta de cartulina doblada de su escritorio y se la arrojó sobre la mesa.
—Esta noche hay recepción formal en el Club Européen. Ponte un traje decente, lávate el polvo de las botas y procura no beber más de la cuenta. Alguien relevante ha pedido que te presenten.
—¿Quién?
Claire volvió a sentarse frente a sus papeles, dando por terminada la conversación.
—En Katanga hay ojos que siempre están observando —murmuró sin levantar la vista—. Solo falta que decidas si tienes el valor suficiente para dejarte ver.
III. El salón de los espejos
La fachada del Club Européen destacaba en la penumbra de la noche como una puesta en escena grotesca.
Columnas de mampostería encaladas, faroles de acetileno que proyectaban una luz blanca y violenta, y banderas del Reino de Bélgica descoloridas por el sol colgando de los balconcillos.
En el interior del gran salón, bajo el zumbido de varios ventiladores de palas anchas, un trío de músicos de orquesta interpretaba valses vieneses con cierta desgana, ajenos al calor sofocante que subía desde los jardines.
Alexander se reajustó el cuello rígido de la camisa.
Había conseguido rescatar de su maleta su único traje oscuro utilizable, aunque las suelas de sus botas conservaban aún el cerco rojizo de la mina.
El aire del salón olía a ginebra, tónica, tabaco de Virginia y a perfumes caros importados de París.
Oficiales de la Force Publique con entorchados uniformes de gala, directivos belgas de la Union Minière, comerciantes levantinos de mirada esquiva y un par de sacerdotes misioneros conversaban en pequeños grupos, apurando a sorbos la ilusión de estar en un salón de Bruselas.
Claire se encontraba cerca de la barra, luciendo un vestido negro de tirantes que dejaba al descubierto unos hombros pálidos y pulidos.
Llevaba los labios pintados de un rojo intenso.
Cuando vio entrar a Alexander, le hizo un leve ademán con la copa de champán, pero no hizo el menor gesto de acercarse.
Aquella no era su escena; ella solo había colocado la pieza en el tablero.
Alexander apenas había avanzado unos pasos hacia el salón cuando una voz grave, pausada y con una pronunciación francesa impecable de inconfundible acento germánico, lo abordó desde un lateral:
—El ingeniero Wexler, supongo.
El hombre que acababa de dar un paso al frente era alto, de complexión atlética y peinado con una raya lateral perfecta en un cabello rubio canoso.
Vestía un traje de lino blanco de corte a medida, un pañuelo de seda doblado en el bolsillo del pecho y sostenía entre los dedos un bastón de empuñadura de plata que claramente utilizaba como un simple accesorio de elegancia.
—Kurt Reinhardt —se presentó, extendiendo una mano firme y cuidada—. Trabajo en la delegación de asuntos comerciales. Tenía interés en conocerle personalmente. Mademoiselle Dubois habla muy bien de su rigor técnico.
Alexander le estrechó la mano, sintiendo la presión calculada de un hombre acostumbrado a medir a sus interlocutores.
—¿Tan rápido corren los rumores en la colonia? —preguntó Alexander.
—En Katanga todo el mundo adquiere reputación antes de habérsela ganado —respondió Reinhardt con una sonrisa afable, pero de ojos helados—. Y algunos… mucho antes de saber que la tienen. Especialmente cuando provienen de una institución de tanto prestigio como la Montanistische Hochschule de Leoben.
Le indicó con un gesto cordial una mesa de caoba situada en una esquina discreta del salón, ligeramente apartada del ruido de la orquesta, pero con una perspectiva perfecta de la sala. Un camarero con chaqueta blanca se acercó de inmediato y depositó dos copas de cristal con licor sobre la mesa.
—Este continente es un lugar fascinante, ¿no cree, señor Wexler?
—continuó Reinhardt, paseando la mirada por el salón como un estratega que analiza un campo de batalla—.
Tan salvaje. Tan lleno de posibilidades para quien sabe mirar.
Lo que más me atrae de esta tierra es que todo está aún por construir.
Los hombres que poseen la visión, la preparación técnica y la frialdad necesarias pueden levantar imperios industriales completos mientras los mediocres se limitan a quejarse del calor.
Alexander prefirió no responder de inmediato. Intuía que cada palabra en aquella mesa era un movimiento en un tablero de ajedrez cuyas reglas acababa de empezar a comprender.
—Un ingeniero de verdad entiende la naturaleza de los materiales —prosiguió Reinhardt, bajando un tono la voz—.
Comprende el valor incalculable de lo que no brilla en la superficie, pero sostiene las estructuras, las máquinas…
y las armas. En Berlín sabemos valorar el talento que en otros lugares de Europa se deja languidecer por burocracia o prejuicios.
—Y en ocasiones, los materiales sostienen los regímenes políticos —añadió Alexander, fingiendo dar un sorbo a su copa.
Reinhardt sonrió, complacido por la réplica.
—¿Qué es exactamente lo que busca de mí, señor Reinhardt?
El alemán se reclinó suavemente sobre la silla.
—En este momento, absolutamente nada, mi querido ingeniero.
Solo le sugiero que observe con atención.
Que escuche más de lo que hable. Y que no tome decisiones precipitadas —extrajo del bolsillo interior de su chaqueta un pequeño sobre de papel de hilo con un sello de lacre rojo y lo depositó sobre la mesa—.
Una invitación personal para un almuerzo privado en la residencia de nuestro cónsul, el señor von Lücke.
Estoy seguro de que le resultará sumamente provechoso entablar conversación con él sobre el futuro de las prospecciones en el norte del sector.
Alexander tomó el sobre en silencio. Al otro lado del salón, detrás del humo de las velas, los ojos grises de Claire lo observaban con una impasibilidad absoluta. Ella ya había cobrado su peaje al propiciar el encuentro; ahora le tocaba a él decidir si aceptaba la red que le estaban tendiendo.
—Una última observación, señor Wexler —dijo Reinhardt poniéndose en pie y apoyando las manos sobre la empuñadura de su bastón—.
En esta colonia nadie redacta las reglas del juego, pero todos estamos obligados a jugar la partida.
Buena suerte. Y recuerde: a veces, el mineral más valioso no es el que se extrae de la roca, sino el que se sabe entregar en la mano adecuada.
Se despidió con una leve inclinación de cabeza y se alejó entre los invitados, dejando tras de sí una estela de perfume de colonia de jazmín y una profunda inquietud.
IV. La tienda del libanés
A la mañana siguiente, impulsado por el consejo de Claire y por la necesidad de entender quién manejaba los hilos a la sombra de la compañía, Alexander se dirigió al barrio comercial de los muelles.
La tienda de Élias Mansour parecía un bazar abarrotado sacado de una ciudad del Levante.
Sacos de yute que desprendían olor a comino, clavo y pimienta, herramientas de minería oxidadas, cajas de madera de munición militar reutilizadas como mostrador y una máquina de escribir marca Underwood cubierta por una capa de polvo fino.
Detrás del mostrador, rodeado por la penumbra del local, Élias sonrió al verlo cruzar el umbral, dejando al descubierto el destello de su diente de oro.
—¡Ah, monsieur Wexler! Mademoiselle Dubois me dijo que tarde o temprano terminaría viniendo a verme. El hombre preciso que estaba esperando.