Capítulo 4 #3
Alexander no hizo el menor esfuerzo por ocultar su recelo. El comerciante levantino vestía una camisa de seda gris arrugada, llevaba los dedos gruesos decorados con varios anillos de plata y poseía una voz melosa y persuasiva.
—Necesito un pequeño servicio profesional —dijo Élias, indicándole un taburete de madera gastada—. Algo limpio, rápido y generosamente retribuido.
Alexander prefirió quedarse de pie.
—Tengo acceso a un lote de muestras de mineral de alta concentración —explicó el libanés, inclinándose sobre el mostrador—.
Los intermediarios dicen que es material de primera categoría, pero necesito el dictamen de un experto independiente.
Un hombre de Leoben que sepa leer el subsuelo sin los sesgos ni las trabas de los informes oficiales de la compañía.
—¿Qué tipo de material es?
Élias sonrió con los ojos entornados.
—El tipo de roca que hace cambiar la historia de rumbo, amigo mío.
Wolframio. Tungsteno de alta densidad. El metal que endurece las puntas de las herramientas y los corazones de los hombres.
Los oficiales alemanes lo llaman "el nervio de la guerra".
Los ingleses lo denominan "el oro negro".
Y en esta tierra olvidada pasa de mano en mano por cuatro monedas hasta que alguien con seso descubre cómo colocarlo en el mercado adecuado.
Alexander apretó los puños en los bolsillos de la chaqueta.
—¿Para quién trabaja usted realmente, Élias?
El libanés soltó una carcajada corta.
—¿Trabajar? Yo no trabajo para nadie, monsieur.
Yo comercio. Vendo a los ingleses cuando pagan bien, a los belgas cuando se ponen nerviosos y a los alemanes…
bueno, los alemanes pagan en divisa firme y no hacen preguntas tontas —sacó un sobre arrugado de debajo del mostrador y lo deslizó hacia Alexander.
Dentro se traslucían varios billetes del Banco del Congo Belga—.
Esto es un adelanto por su dictamen técnico sobre la pureza del lote.
El doble si el informe me propone una vía discreta para clasificar la densidad sin levantar sospechas en la aduana.
Alexander miró el sobre sin tocarlo.
—Usted tiene talento y formación, austriaco —añadió el libanés, sacando un cigarro torcido y encendiéndolo con un fósforo—.
Pero en el Congo la técnica no sirve de nada si no va acompañada de coraje y olfato.
Grábese esto en la cabeza: los hombres con su capacidad solo tienen dos caminos en esta colonia.
O dejan que los demás los usen hasta exprimirlos, o aprenden a usar a los demás.
Y usted no tiene cara de haber nacido para recibir órdenes toda la vida.
Alexander sostuvo la mirada del comerciante durante un largo momento. Las palabras del libanés se le pegaban al pensamiento con la misma persistencia sofocante del calor.
—Examinaré las muestras —dijo finalmente, recogiendo el sobre—. Pero no me gustan los juegos sucios.
Élias dejó escapar una última risotada rasposa mientras soltaba una bocanada de humo azulado.
—Aquí no hay juegos sucios, monsieur Wexler. Solo hay elecciones. Y las consecuencias que vienen después.
V. La decisión en la libreta
La noche cayó sobre la meseta como una losa pesada de plomo. Desde el pequeño cuarto de su barracón, Alexander escuchaba el concierto incesante de los grillos y el eco amortiguado de la música lejana que continuaba sonando en el Club Européen.
Encendió la lámpara de queroseno de su mesa.
La llama vacilante proyectó sombras alargadas y grotescas sobre las paredes de madera del cuarto.
Sobre la mesa de trabajo descansaba su libreta de tapas duras.
La abrió por una página limpia, tomó la pluma y permaneció inmóvil durante largos minutos antes de escribir:
«En Katanga todo se reduce a barro, sudor y metales pesados. El calor no te mata de golpe, pero te va borrando la voluntad día a día. El dinero aquí no se gana con trabajo honrado: se arranca a la tierra, se roba en las aduanas o se paga con sangre. Y la lealtad…
la lealtad es solo una palabra vieja que los hombres dicen en voz baja para no soltar la carcajada.»
Apoyó la pluma sobre la madera y se pasó las manos por el rostro exhausto.
Pensó por un segundo en su padre, en la modesta cocina de Leoben, en el olor a aceite de motor de las herramientas viejas y en las discusiones solemnes sobre la honestidad académica.
Todo aquello le parecía ahora tan distante y absurdo como un dialecto olvidado.
Encendió un cigarrillo. En la espiral de humo parecieron cruzarse los rostros del día: Claire, con su advertencia glacial sobre el wolframio; Kurt Reinhardt, con su elegancia de cazador aristocrático; y Élias, con su promesa de dinero fácil y traición calculada.
En una esquina de la mesa reposaba la caja de madera con las muestras de wolframita que le había entregado el libanés. En la otra, el sobre con los billetes de la aduana y la invitación formal del cónsul alemán. Todas las cartas del juego estaban desplegadas sobre el tablero.
Alexander volvió a tomar la pluma y añadió dos líneas finales con trazo rápido y decidido:
«Aún no he elegido un bando. Pero ya estoy dentro de la partida. Y si este lugar me va a arrastrar al fondo, me aseguraré de hundirme nadando en oro.»
Cerró la libreta con un golpe seco y apagó la lámpara. Afuera, la oscuridad de la selva parecía susurrar que el verdadero juego acababa de comenzar.