La sangre heredada Capítulo 4
6%

Capítulo 4

OJOS QUE OBSERVAN

I. El polvo y el acero

Los días empezaron a repetirse como un eco sucio, desprovistos de principio y final, disueltos en una monotonía abrasadora.

El sol caía vertical sobre el asentamiento minero de Katanga, espeso y dorado como un chorro de plomo fundido.

El polvo rojo de la laterita se alzaba con cada pisada de los camiones y los peones, pegándose a la piel humedecida, a los bordes del cuello de las camisas, a las herramientas y al paso mismo del tiempo.

A lo lejos, las lomas peladas de la cantera abrían sus costillas de roca para entregar su entraña negra y brillante al aire sofocante.

Bajo el techo de uralita ondulada del taller de análisis técnicos, Alexander Wexler revisaba las muestras de mineral con un gesto cansado.

Llevaba ya varias semanas en el yacimiento, pero su cuerpo aún se rebelaba contra el olor omnipresente de la mina: una mezcla densa de humedad estancada, grasa de máquinas, queroseno y el sudor de cientos de cuerpos exhaustos.

El ruido metálico de los picos contra la piedra, el traqueteo sordo de los volquetes sobre los rieles y los gritos secos en swahili y francés de los capataces componían una sinfonía áspera, repetitiva y carente de toda melodía.

Los trabajadores africanos avanzaban por las terrazas cortadas a pico sin descanso, convertidos en engranajes de carne y hueso.

Llevaban el torso desnudo, cruzado por viejas cicatrices y brillante de sudor, con la piel tan cubierta por el polvo rojo de la laterita que parecían esculpidos en la misma tierra que cavaban.

Con las costillas marcadas por la desnutrición y los pies descalzos teñidos de óxido, cargaban espuertas que doblaban sus espaldas bajo un sol inclemente.

Algunos llevaban al cuello cuerdas con pequeños amuletos de cuero o dientes de animales, febriles protecciones contra el desprendimiento o el látigo.

La mayoría había aprendido a mantener la mirada clavada en el suelo; mirar a los ojos a un blanco en la mina era una imprudencia que se pagaba cara.

A escasos metros de la mesa de Alexander, un capataz belga de rostro abotagado y camisa empapada de alcohol le gritó a un muchacho que había dejado caer una carga de grava.

El golpe seco de la vara de bambú resonó sobre la espalda desnuda del joven con un chasquido limpio y automático, levantando una nube de polvo rojo de su piel.

El chico ni siquiera gritó; solo apretó los puños y volvió a cargar.

Nadie se giró. Nadie intervino. Alexander apretó los dientes hasta sentir un chasquido en la mandíbula, mantuvo la vista fija en el plato de la balanza de precisión y tampoco dijo una sola palabra.

Buscando aire, se alejó del taller de análisis y caminó sin rumbo fijo, dejando atrás el polvo asfixiante de la cantera a cielo abierto.

Atravesó las callejuelas de tierra batida del campamento de los trabajadores, donde los barracones de madera y paja se apelotonaban bajo el calor.

Pasó junto a un niño de piernas flacas que ofrecía mangos pasados en un cesto de mimbre infestado de moscas, y al lado de una mujer sentada en el suelo con unos ojos vacíos que miraban fijamente a la nada.

Más adelante, las ruinas de una choza humeaban en silencio ante la mirada indiferente de un grupo de vecinos.

Dejó atrás el perímetro del poblado y comenzó a subir por la pista elevada que conectaba la zona industrial con el asentamiento residencial europeo, una franja de arboleda arbolada que la compañía mantenía pulcra para marcar la frontera entre ambos mundos.

Allí arriba, al final del camino y alzándose tras una empalizada de madera calada, el muro blanco e impecable del Club Européen se erigía como una isla de privilegio en mitad de aquella fiebre tropical.

Desde el jardín interior llegaba el eco amortiguado de risas femeninas, el tintineo de hielos en las copas y las notas melancólicas de un vals interpretado por un gramófono.

El contraste entre la miseria de la cantera y el lujo impostado del club resultaba obsceno y, al mismo tiempo, extrañamente seductor.

Alexander se apoyó contra el tronco rugoso de un flamboyán y encendió un cigarrillo.

A su lado, un letrero de madera carcomida advertía en francés: Propriété privée.

Défense d'entrer. Lo irónico era que nadie del lado de abajo tenía la menor intención de cruzar aquel límite.

Los ojos de Alexander se perdieron en la línea del horizonte, donde la selva se tragaba las colinas.

A lo lejos, sofocado por la distancia, sonó el chasquido seco de un disparo de fusil.

Tal vez una partida de caza de algún oficial. Tal vez no.

—En este país todo se compra —recordó las palabras que Claire le había dicho apenas veinticuatro horas atrás en la penumbra de su despacho—. Hasta la sangre. Lo único que necesitas saber es cuál es la cotización del día y cuánto estás dispuesto a pagar.

Alexander tiró la colilla al polvo rojo, la aplastó con la suela de la bota y emprendió el camino de regreso. Tenía que entregar en la oficina de administración las fichas de densidad del mineral que había estado catalogando esa mañana.

II. El Nervio de la Guerra

La oficina de Claire Dubois en la delegación de la mina era un espacio reducido, con las paredes de yeso agrietadas por la humedad y una ventana alta de guillotina que apenas dejaba circular una brisa caliente.

Sobre una mesa de pino abarrotada de planos topográficos, partes de extracción y densos catálogos de mineralogía, Claire escribía con trazo pausado y elegante.

El ventilador de techo giraba con un chirrido perezoso, desplazando el aire sofocante de un rincón a otro de la estancia.

Alexander cruzó el umbral y dejó sobre la esquina del escritorio los informes técnicos recién firmados.

No dijo nada; se limitó a quedarse de pie junto al marco de la puerta, observándola en silencio.

Claire llevaba las mangas de la blusa de lino remangadas hasta los codos, la falda de dril manchada por el polvo del camino y un cigarrillo encendido que dejaba escapar una hebra fina de humo desde un cenicero metálico.

Había en ella una autoridad natural, la actitud intacta de alguien acostumbrada a tomar decisiones sin necesidad de alzar la voz.

Sin levantar la pluma del papel mientras trazaba una marca con lápiz rojo sobre un plano, habló de pronto:

—¿Tienes alguna idea de por qué te han mandado precisamente a este sector, Alexander?

—Técnicamente, para supervisar los rendimientos de extracción de las canteras y proponer mejoras en el lavado de la grava —respondió él, señalando con la barbilla los papeles que acababa de depositar, con un matiz de fina ironía.

Claire dejó escapar una risita seca por la nariz. Dejó la pluma sobre la mesa, se reclinó sobre el respaldo de la silla de mimbre y lo miró fijamente.

—Eso es lo que les contamos a los idealistas que salen de la universidad y a los idiotas que envía el ministerio desde Bruselas —hizo una pausa deliberada, entornando los ojos grises—. Y tú no me pareces ni lo uno ni lo otro.

Alexander dio un par de pasos hacia la mesa, movido por la curiosidad. Entre los papeles descubrió una piedra densa, de color gris oscuro, casi opaca y con destellos metálicos. La tomó entre los dedos; era sorprendentemente pesada para su tamaño.

—Esto es wolframita —dijo él, reconociendo el peso específico al instante—. Wolframio.

Claire asintió lentamente. Se levantó de la silla, caminó hacia un armario de chapa oxidado situado al fondo del despacho, introdujo una pequeña llave y extrajo un bloque rectangular, denso y pesado, tallado a partir de una muestra de ensayo.

—Esto es lo que verdaderamente importa en este momento —dijo, ponéndoselo en las manos—.

Wolframio de alta ley. Duro como el demonio, con un punto de fusión al que ningún otro metal se acerca.

Si mezclas un porcentaje mínimo de esto con el acero tradicional, obtienes una aleación casi indestructible.

Resistente al desgaste, al calor de los cañones y al impacto de los proyectiles perforantes.

Alexander sopesó la muestra. El mineral estaba frío al tacto a pesar del calor sofocante del cuarto.

—En los manuales de Leoben se le considera un mineral secundario, asociado a la casiterita y al estaño.

Claire se acercó a la ventana abierta, apoyó un codo en el marco, encendió un nuevo cigarrillo y expulsó el humo hacia el exterior.

—En los manuales de tu universidad no previeron lo que se está preparando en Europa —dijo, dándose la vuelta para mirarlo—.

El wolframio no es abrumadoramente abundante, y los yacimientos de esta pureza son rarísimos.

Se esconde en la roca madre como una promesa de poder absoluto.

Requiere una enorme cantidad de trabajo, infraestructura…

y una voluntad de hierro para apoderarte de él antes de que te lo quiten los demás.

—¿Quiénes son esos demás? —preguntó Alexander.

Los ojos grises de Claire parecieron oscurecerse por un instante.

—Los alemanes lo necesitan desesperadamente para su industria rearmada; las factorías de Krupp devoran toneladas cada mes.

Los británicos están comprando todo lo que sale al mercado solo para evitar que Berlín le ponga las manos encima.

Y los americanos juegan a la neutralidad mientras firman contratos de suministro en la sombra.

Y resulta que aquí, en esta franja de la meseta, tenemos uno de los filones más puros del planeta.

Con este metal se forjan los blindajes de los tanques y el alma de los proyectiles.

Son las fauces del nuevo Reich. Sin esto no hay guerra moderna posible, Alexander.

Y sin guerra… hay gente muy importante en Europa que perdería fortunas astronómicas.

Alexander permaneció en silencio, sintiendo el peso denso del mineral entre las palmas. En el espacio cerrado de la habitación, las motas de polvo flotaban suspendidas en el haz de luz solar como un enjambre de insectos dorados.

Claire dio un par de pasos hacia él.

—En esta colonia nadie es inocente, ingénieur —dijo con voz baja y tajante—. El que se empeña en no elegir un bando termina sirviendo por la fuerza al que más detesta, a menudo sin darse cuenta.

—¿Y tú a quién sirves? —preguntó él mirándola de frente.