Capítulo 3
LA JUNGLA DE LOS HOMbrES BLANCOS
I. El edificio de la Compagnie
Léopoldville parecía una ciudad disfrazada de Europa, como una actriz agotada que intentaba a toda costa que no se le desvaneciera el maquillaje bajo el sol ecuatorial.
Avenidas polvorientas y rectilíneas bordeadas por la fronda roja de los flamboyanes, mangos de sombra densa y jacarandas en flor; coches de marcas belgas con las carrocerías cubiertas de una fina capa de barro seco y tejados de zinc ondulatorio que reverberaban bajo un sol incandescente.
Las casas coloniales de los altos mandos se alzaban como fortalezas de paredes caladas en blanco en mitad de una naturaleza que pugnaba constantemente por devorarlo todo.
Sin embargo, bastaba con desviarse un par de manzanas de las avenidas principales para que la pintura blanca se resquebrajara: los mercados africanos zumbaran de miseria y moscas,
y los criados y trabajadores nativos se arrastraran por patios traseros donde las aguas estancadas hervían de larvas de mosquito.
Alexander Wexler caminaba con el paso tenso y medido de quien se sabe observado en territorio extraño.
Su traje claro de paño ligero —un corte de confección austriaca demasiado caluroso para aquel clima— había perdido toda su dignidad tras días de viaje, empapado en sudor a la altura de la espalda y los hombros.
Todavía conservaba una cierta rigidez académica centroeuropea, el porte erguido de un estudiante aplicado de Leoben que pugnaba por ocultar tras una máscara de serenidad su hambre voraz por hacerse un sitio en el mundo.
Frente a él, en la plaza principal de las oficinas coloniales, el edificio de la Compagnie Minière du Haut-Katanga se alzaba como un templo de burocracia tropical: columnas de hormigón manchadas por la humedad,
ventanas protegidas por persianas de madera verde desgastada y un cartel de bronce abollado y cubierto de verdín junto a la entrada principal.
Al cruzar la puerta de doble hoja, el aire se volvió pesado, saturado de una mezcla de papel húmedo, tinta, humo de tabaco negro y cera rancia.
Detrás de un mostrador de caoba, un empleado belga de mediana edad, con el cuello de la camisa abierto, las mangas arremangadas y las manos manchadas de tinta morada, ojeaba la documentación que Alexander acababa de entregarle.
—Alexander Wexler… austriaco —murmuró el funcionario leyendo en voz alta con un acento brusco y cansado—. De Leoben… ¿Dónde diablos queda eso?
—En Estiria —respondió Alexander, manteniendo la voz serena y baja—. Austria central. Una región minera.
El belga alzó la vista por encima de sus gafas de montura metálica. Sus ojos pequeños y enrojecidos por el alcohol examinaron el rostro de Alexander con indiscreción.
—¿Y Austria no es parte de Alemania ahora? —preguntó con una mueca burlona—. En los periódicos de Bruselas dicen que sus compatriotas están deseando entregarse en brazos del canciller Hitler.
—Todavía no —contestó Alexander, sin alterar el tono, pero apretando sutilmente la mandíbula.
—Hm. Bueno. Da igual —el hombre escupió una mota de tabaco al suelo y volvió a mirar la carta de contratación—.
Aquí nos da exactamente igual de qué imperio podrido venga cada cual.
En Katanga no le van a servir de nada los modales de Viena, ingénieur.
Allí solo se necesitan tres cosas: botas duras, cinismo para no hacer preguntas estúpidas y una paciencia infinita. El trabajo pesado lo ponen los negros.
—Vengo asignado directamente desde la representación técnica de Bruselas —insistió Alexander, señalando la hoja firmada—. Tengo esta carta oficial.
El belga tomó el papel entre sus dedos manchados y lo arrugó ligeramente por el borde sin molestarse en leer el cuerpo del texto.
—Todos llegan con cartas solemnes firmadas en despachos con calefacción —dijo con desdén—. Aquí lo único que cuenta es quién le firma a usted las órdenes de pago y los permisos de prospección sobre el terreno, no de qué despacho de Europa haya salido.
Con un movimiento rápido, abrió un cajón de la mesa, extrajo un sobre de papel de paja y lo arrojó sobre el mostrador.
—Pase de viaje y billete de ferrocarril hasta Elisabethville. Contrato provisional de prueba por seis meses. Le esperan en la delegación sur dentro de tres semanas. Y un consejo gratis: no se meta en líos políticos ni intente hacer de misionero con la mano de obra, ingénieur.
Agarró un tampón de tinta y estampó dos sellos con una violencia innecesaria que resonó en todo el vestíbulo. Luego, con un gesto indolente de la mano, señaló hacia una puerta de madera entornada al fondo del pasillo.
—Vaya a ver a la señorita Dubois. Ella es la secretaria de enlace técnico. Le entregará los mapas de la zona y le explicará cómo funcionan de verdad las cosas por aquí. ¡El siguiente!
El belga hizo una mueca de fastidio y volvió la cabeza.
Alexander recogió el sobre y sus documentos.
Empezaba a comprender la naturaleza del lugar: el Congo no era un destino al que se llegase con honores; era un filtro despiadado diseñado para triturar a los ingenuos y dejar solo a aquellos capaces de amoldarse a sus reglas.
II. Claire Dubois
Alexander caminó por el pasillo de baldosas desgastadas hasta la puerta indicada. Golpeó con los nudillos una sola vez y empujó la madera.
La estancia era pequeña y apenas estaba ventilada por un ventilador de pie cuyas palas giraban con un zumbido irregular.
Las persianas de listones mantenían el espacio en una penumbra dorada que amortiguaba el bochorno exterior.
El ambiente olía a mapas, queroseno, café amargo y a un perfume floral, sutil pero inconfundible, que destacaba sobre la pestilencia habitual de la ciudad.
Detrás de un escritorio abarrotado de planos enrollados, expedientes atados con cinta roja y tazas de loza con posos de café frío, una mujer levantó la vista con una lentitud perfectamente calculada.
Claire Dubois vestía una blusa blanca de lino fino que, a pesar del calor agobiante, conservaba un corte pulcro y elegante.
Tenía el cabello castaño recogido en un moño sencillo pero impecable del que escapaban algunos mechones cortos, y una tez pálida que contrastaba con el tono cobrizo que el sol solía imprimir a las europeas de la colonia.
Un cigarro fino humeaba en la comisura de un cenicero de bronce repleto de colillas.
Sus ojos, de un gris claro y frío, recorrieron a Alexander desde los zapatos cubiertos de polvo fino hasta el nudo apretado de su corbata.
—¿Usted es el nuevo reemplazo austriaco? —preguntó en un francés fluido, desprovisto de todo tono de bienvenida.
—Alexander Wexler. Ingeniero de minas —se presentó él, dando un paso al frente y quitándose el sombrero.
—Ya —Claire dejó caer el lapicero que sostenía entre los dedos sobre un mapa desplegado—. Otro diplomado europeo que piensa que venir a África es como hacer una excursión de campo para la universidad.
Se levantó de la silla. Era esbelta, de movimientos seguros y precisos, desprendiendo una firmeza que chocaba de lleno con la actitud sumisa o secundaria que la mayoría de los hombres de la administración esperaban de las pocas mujeres blancas destinadas en la colonia.
Se acercó a uno de los archivadores de madera, extrajo un plano topográfico doblado en cuatro y se lo tendió a Alexander sin amabilidad.
—Le han asignado provisionalmente a la prospección de las canteras de la zona de Kivu Sur antes de enviarle definitivamente a Katanga.
No hay carreteras pavimentadas, la infraestructura de transporte es prácticamente inexistente y no hay piedad para los que cometen errores de cálculo.
Tendrá que supervisar los frentes de extracción, gestionar las cuadrillas de trabajadores locales, redactar informes técnicos que probablemente nadie en Bruselas se molestará en leer y procurar no morir de disentería o fiebres en las primeras ocho semanas. ¿Tiene alguna objeción?
Alexander la miró directamente a los ojos, sosteniéndole la mirada sin pestañear.
—Ninguna —respondió con voz firme.
Claire pareció evaluar la respuesta durante un segundo. Un leve destello de satisfacción, casi imperceptible, cruzó sus rasgos antes de volver a su expresión distante.
—Bien —dijo, dando una pequeña calada a su cigarrillo y soltando el humo con parsimonia—.
En ese caso, un par de reglas básicas para que no me haga perder el tiempo teniendo que rellenar un expediente de repatriación: no se meta en asuntos que no le incumban,
aprenda el funcionamiento real de las líneas de suministro tan rápido como pueda y deje de vestir como si fuera a presentar sus respetos al gobernador imperial.
Aquí a nadie le importa el título que traiga colgado en la pared; lo único que importa es quién está dispuesto a respaldarle cuando las cosas se pongan feas.
Lo acompañó con el gesto hacia la puerta. Justo cuando Alexander ponía la mano sobre el pomo para salir, la voz de Claire lo detuvo:
—Ah, una cosa más, ingénieur.
Alexander se giró sobre sus talones.
—Si en algún momento necesita algo que no figure en los reglamentos oficiales de la compañía —dijo ella en voz más baja, inclinando ligeramente la cabeza—, busque a Élias. El libanés. No tiene ningún cargo formal en este edificio, pero sus manos están metidas en todos los cajones de esta colonia.
Alexander no parpadeó ni mostró sorpresa. Tampoco hizo el ademán de fingir indignación moral, como habrían hecho los jóvenes ingenieros belgas recién bajados del barco que llegaban dando lecciones de ética.
Claire lo observó a través del velo de humo de su cigarrillo.
Conocía bien la fauna de la colonia: los hombres débiles se quebraban en tres meses y los idealistas terminaban en una fosa común o de vuelta a Bruselas con el hígado destrozado.
Pero en los ojos de aquel muchacho austriaco no había ingenuidad.
Había una frialdad calculada, una ambición silenciosa y esa mirada hambrienta de quien no tiene nada a lo que regresar en Europa.
Vio en él a un superviviente, un trepador que sabía exactamente cuándo callar y cuándo observar.
Un hombre que, antes o después, necesitaría moverse en los márgenes.
—Le agradezco el consejo, mademoiselle —respondió Alexander con una leve inclinación de cabeza, entendiendo el mensaje implícito.
Salió al pasillo, donde el viejo ventilador del techo colgaba ladeado como el cadáver de un pájaro de metal.
III. Anotaciones en la penumbra
Esa misma noche, en el reducido cuarto de la pensión desvencijada donde compartía el tejado de zinc con un agrónomo portugués golpeado por la malaria y un médico militar belga retirado y alcohólico, Alexander encendió la pequeña lámpara de carburo de su mesa.
El aire en la habitación era asfixiante, pero fuera la noche africana bramaba con una mezcla sorda de tambores lejanos, el zumbido denso de los insectos y el rumor constante del río.
Abrió su cuaderno de cuero por la página donde, poco antes, había anotado sus primeras tres premisas. Sacó la pluma estilográfica y, justo debajo, trazó tres observaciones cortas y precisas:
Claire Dubois: Ocupa un puesto secundario en la oficina técnica, pero maneja la información crucial. Sabe más de lo que dice. Inteligente, observadora y peligrosa. Una enemiga letal si se la cruza.
Élias («el libanés»): Sin cargo oficial, pero con una red de influencia real en la colonia. Figura clave para conseguir lo que la burocracia deniega. Contactar de nuevo.
Compagnie Minière: Una fachada administrativa pesada e ineficiente. El verdadero poder y los negocios de fondo no se gestionan en los despachos oficiales.
Alexander cerró el cuaderno de un golpe seco, guardó la pluma en su estuche y apagó la llama de la lámpara.
La penumbra devolvió de inmediato la habitación a las entrañas de la selva.
Alexander Wexler se tendió sobre el catre con los ojos abiertos, fijando la mirada en los tirantes de madera del techo.
Aún no sabía con certeza hasta dónde estaba dispuesto a llegar en aquel mundo brutal y opaco, pero tenía claro que el Congo ya había comenzado a engullirlo.