Capítulo 2
LA ENTRADA AL INFIERNO
I. El puerto de Matadi
El aire olía a óxido caliente, aceite de máquina quemado y fruta fermentada cuando Alexander bajó por la pasarela de madera del Touareg.
El puerto de Matadi se extendía ante él como una cicatriz ardiente escavada entre colinas de tierra roja y rocas desgastadas por las crecidas.
Grúas herrumbrosas que chirriaban con un lamento metálico, almacenes con tejados de zinc que reverberaban bajo el sol cenital, barriles de petróleo y sacos de caucho apilados al descubierto…
Todo envuelto en una humedad densa y pegajosa que parecía colarse por los poros de la ropa, lenta y viscosa como el alquitrán.
Al fondo, emergiendo entre la bruma del vapor de agua que subía de las colinas, un letrero de madera despintado rezaba en letras mayúsculas: PORT DE MATADI – CONGO BELGE.
Más abajo, en los muelles de carga, decenas de porteadores africanos, con los torsos desnudos y brillantes de sudor, transportaban sobre los hombros sacos pesados de mineral y cajones de suministros sin descanso.
A lo largo del muelle, oficiales de la administración colonial vestida con impecables uniformes caqui y salacots blancos vigilaban el flujo de mercancías con fustas de cuero en las manos y una indiferencia acostumbrada.
Alexander se limpió el sudor que le caía por la frente con un pañuelo de hilo ya raído.
Su maleta de cuero agrietado le pesaba en el brazo más por lo que simbolizaba que por su contenido real.
Dentro solo llevaba su título doblado de ingeniero de minas otorgado por la Montanistische Hochschule de Leoben, tres camisas de algodón de repuesto, una libreta de tapas duras y la carta de contratación provisional firmada por el señor De Vos,
director adjunto de la Compagnie Minière du Haut-Katanga.
Las condiciones del contrato eran draconianas: le ofrecían alojamiento compartido en los barracones de la empresa, raciones básicas de intendencia y un sueldo que apenas superaba al de un oficial panadero en Viena.
Pero allí, frente a la inmensidad de aquel continente abrasador, Alexander sabía que las reglas europeas no aplicaban.
Había miles de kilómetros de tierra indómita y, bajo la capa de arcilla y selva, una riqueza mineral que Europa necesitaba desesperadamente.
Caminó por el muelle entre cajas de dinamita etiquetadas en francés, barriles de aceite de palma e hileras de ratas que huían de los montones de basura en descomposición.
En la garita de aduanas, un funcionario belga obeso, con las axilas marcadas por grandes Cercos de sudor y gafas ahumadas sobre la nariz, examinó su pasaporte austriaco con parsimonia, estampó un sello violeta sin dirigirle la palabra y le devolvió los papeles con un gesto indolente de la mano.
Al salir de la caseta, entre el barullo de los motores y los gritos en lingala, Alexander creyó divisar a lo lejos la silueta enjuta del hombre del sombrero panamá, el viajero que le había hablado de espejos en la cubierta del barco.
El hombre caminaba despacio hacia los vagones de pasajeros con un maletín de cuero en la mano.
Alexander levantó la mano para saludarlo, pero el desconocido ni siquiera se giró; subió al vagón de primera clase y desapareció en la sombra.
II. El Tren de las Cataratas
Alexander se apresuró a subir al convoy de tercera clase que aguardaba en la estación de Matadi. El tren de trocha angosta, que salvaba el infranqueable tramo de cañones y rápidos del río Congo hasta llegar a Léopoldville, era una mole de hierro y hollín que parecía sostenida por puro milagro.
El vagón olía a sudor acumulado, queroseno, humo de carbón y bananas podridas.
Alexander se acomodó en un banco de madera dura junto a la ventanilla.
Mientras la locomotora lanzaba un silbido agudo y comenzaba a subir con esfuerzo la pendiente de la colina, bordeando los desfiladeros del río, observó cómo el paisaje cambiaba de manera salvaje: la selva densa y sofocante lo devoraba todo,
con lianas gruesas como serpientes que colgaban de los árboles gigantescos, chozas de barro y paja encaramadas al borde de los barrancos y niños desnudos con ojos enormes y vientres hinchados que miraban pasar el tren en silencio.
Aquello no era Europa. No había códigos civiles, ni burocracia académica, ni las normas sociales que ordenaban las calles de Leoben o Viena.
Era una naturaleza aplastante regida por la fuerza, la extracción brutal y el calor.
Y, para su propia sorpresa, Alexander sintió una extraña sacudida de alivio en el pecho.
Allá donde no había reglas fijas, las oportunidades estaban abiertas para quien tuviera la cabeza fría.
El viaje fue una tortura de más de treinta horas de traqueteo insoportable.
El tren se detenía constantemente en estaciones perdidas en mitad de la nada, donde soldados de la Force Publique —con feces rojos y fusiles Mauser al hombro— vigilaban a los trabajadores africanos como si fueran ganado en tránsito.
Alexander apenas pudo dormir; cada sacudida de las maderas del vagón y cada parada nocturna en la penumbra de la selva le recordaban que había quemado las naves y que no existía retorno posible.
Para distraer el hambre y el cansancio, sacó su libreta y dibujó de memoria los esquemas geológicos del sur del país que había estudiado durante la travesía: las cuencas de Katanga, las formaciones de pizarra, las vetas de cobre, la casiterita para el estaño y, sobre todo,
las anomalías de wolframio, ese metal denso y codiciado que las industrias de armamento europeas empezaban a disputarse en secreto.
III. Léopoldville
Cuando el tren alcanzó finalmente las llanuras estables y divisaron las luces lejanas de Léopoldville reflejadas sobre la inmensidad del río Congo, pareció como si un espejismo se materializara tras cientos de kilómetros de vegetación impenetrable.
Léopoldville era una ciudad de contrastes violentos: una mancha blanca de arquitectura colonial levantada sobre la tierra negra de África.
El puerto fluvial era un hormiguero de actividad infinitamente más organizado que Matadi.
En las dársenas atracaban imponentes barcos de vapor con grandes ruedas de paletas a los lados y barcazas cargueras que se preparaban para remontar el curso del río hacia el interior del continente.
Había depósitos de mercancías de ladrillo rojo, oficinas de aduana bien custodiadas y patrullas de la policía colonial marchando en orden.
A lo lejos, en las colinas más altas y ventiladas por la brisa del río, se alineaban las residencias de los altos funcionarios y los directivos de las compañías mineras: casas de madera y ladrillo pintadas de blanco, con amplios porches de balaustradas,
jardines de vegetación exuberante y caminos de grava limpia.
En las avenidas principales del centro administrativo, el calor no detenía el movimiento de los blancos vestidos con trajes de lino impecable, funcionarios con bigotes encerados y damas europeas cubiertas con pamelas y sombrillas que paseaban mientras detrás de ellas caminaban criadas negras
cargando con los recados.
Por el suelo de tierra de las calles secundarias, en cambio, los africanos transitaban descalzos, transportando sobre las cabezas o en carros de madera barriles de aceite, sacos de café y muebles para los colonos, con rostros marcados por la resignación.
IV. Élias Mansour
Alexander caminó con su maleta al hombro subiendo por la calle principal hasta dar con la pensión para empleados técnicos y subalternos que le habían indicado en las oficinas de la compañía.
El establecimiento estaba gestionado por Madame Van der Meer, una viuda flamenca de mirada afilada como la de un ave de rapiña y maneras secas.
La pensión olía a almidón de plancha, humedad y cera de suelo.
Le asignaron un cuarto estrecho en la planta baja: una cama de hierro con una mosquitera amarillenta y llena de agujeros, una palangana de loza muescada con una jarra de agua tibia y un espejo rajado de arriba a abajo.
Lo único utilizable era un ventilador de techo con palas de latón que giraba con un zumbido perezoso.
Alexander aun no había terminado de dejar la maleta sobre el jergón cuando la puerta de madera de la habitación, que estaba entreabierta para dejar circular el aire, se abrió del todo.
—¿Eres tú el nuevo ingénieur que han traído de Europa?
El hombre que estaba de pie en el umbral era bajo, de espaldas anchas y piel curtida por el sol hasta adquirir el tono del cuero viejo.
Llevaba una camisa de lino amarillo desabotonada en el pecho, pantalones caqui manchados de grasa y un cigarro consumido entre los dedos.
Tenía ojos oscuros, vivos y penetrantes como los de un roedor.
Se presentó sin esperar invitación, dando un paso al frente y extendiendo una mano callosa:
—Élias Mansour. Comerciante. Vendo lo que nadie en esta colonia quiere vender y compro lo que todos intentan esconder —soltó una risa corta y torcida que dejó al descubierto un diente de oro en la parte superior—. ¿Y tú? ¿Vienes de la universidad a sacar piedras del suelo o vienes a hacerte rico?
Alexander dudó un instante antes de estrecharle la mano. El agarre del comerciante era firme y seco.
—Vengo a trabajar —respondió Alexander con cautela—. Soy ingeniero.
—Ah —dijo Élias, dando una calada a su cigarro y soltando el humo por la nariz—. Entonces es que todavía no has entendido nada de cómo funciona este sitio.
Alexander frunció el ceño. Había algo en la desenvoltura de aquel hombre que resultaba incómodo, pero al mismo tiempo transmitía la seguridad de quien conoce hasta el último rincón de la selva. Élias olía a tabaco barato de picado, comino y sudor.
—Aquí no hay ingenieros, muchacho —continuó Mansour, apoyando el hombro contra el marco de la puerta—.
Aquí solo hay dos tipos de blancos: los que vienen a dejarse los pulmones y la cabeza por un sueldo de miseria para que los jefes de Bruselas se compren palacetes, y los que sabemos leer entre líneas.
Sé quién es corrupto en la aduana de Matadi, sé qué oficial de la Union Minière acepta sobres por alterar los informes de pureza de la casiterita, quién trafica con marfil en la frontera con el Congo Francés, quién vende quinina de contrabando y quién paga muy bien por mantener la boca cerrada.
Alexander lo escuchó en silencio, evaluando las palabras del levantino.
—Aquí el tiempo no es dinero como en tus ciudades de Europa, amigo mío —añadió Élias con tono casi pedagógico, señalando hacia la ventana por donde entraba el sonido estridente de los insectos de la noche—.
Aquí el tiempo es fiebre de aguas negras, malaria o una crecida del río que te deja aislado tres meses sin suministros.
Si no tienes un plan propio desde el primer día, el Congo te traga y escupe tus huesos antes de que te des cuenta.
Alexander no respondió de inmediato. Dejó la maleta sobre el jergón y caminó despacio hacia el pequeño lavabo de loza agrietada, observando el reflejo de Élias en el espejo sucio.
No sintió rechazo ni escándalo ante la confesión descarada del comerciante; al contrario, registró cada palabra con la precisión de un contable.
Aquel libanés de camisa manchada y diente de oro no era una amenaza, sino un mapa.
En una tierra sin leyes donde las instituciones de Bruselas eran una ficción lejana, hombres como Mansour no eran la podredumbre del sistema: eran el sistema mismo.
—Agradezco la advertencia, señor Mansour —dijo Alexander, volviéndose despacio con una sonrisa impenetrable—. Es bueno saber con qué moneda se paga en este sitio antes de empezar a contar las piedras.
Élias lo observó unos segundos en silencio, evaluando la frialdad del muchacho. Luego, la risa corta volvió a asomar tras el diente de oro.
—Ya veremos cuánto te dura la firmeza cuando empiece la estación de lluvias, ingénieur —murmuró el libanés, dando media vuelta hacia el pasillo.
V. La noche en la galería
Esa misma noche, Alexander salió a la galería de madera de la pensión huyendo del sofocante calor de la habitación. Se sentó en una silla de mimbre a tomar una taza de café flojo y amargo mientras observaba cómo la oscuridad se tragaba los contornos de las palmeras.
En mitad del silencio, roto solo por el crepitar del ventilador de la sala contigua, una joven criada congoleña se le acercó sin hacer el menor ruido.
Llevaba un cuenco de barro con agua caliente y una toalla limpia doblada sobre el brazo.
Caminaba con la cabeza baja, evitando cuidadosamente la mirada del blanco.
—Deja el agua sobre la mesa, por favor —dijo Alexander en un francés suave.
La muchacha colocó el cuenco con sumo cuidado, sin rozar la madera. Cuando se disponía a retirarse dando pasos cortos hacia atrás, Alexander la detuvo con una pregunta:
—¿Cómo te llamas?
La joven se congeló en el sitio. Alzó levemente los ojos, mostrándose sorprendida por el hecho de que un recién llegado le dirigiera una pregunta que no fuera una orden.
—Aminata —murmuró con una voz apenas audible, casi como un suspiro.
—Gracias, Aminata.
Ella lo miró fijamente durante un segundo, con una mezcla de desconcierto y desconfianza grabada en los rasgos, y luego se dio la vuelta y desapareció rápidamente en la penumbra del pasillo.
Alexander apoyó la cabeza contra la pared de listones de madera de la galería.
Cerró los ojos por un momento y en su mente cruzó una ráfaga de imágenes desordenadas: la nieve cayendo en silencio sobre los tejados de Leoben, la cara arrugada de su madre junto a la estufa de hierro fundido,
la mirada rota de su padre y el murmullo incomprensible del río que corría a pocos metros de allí.
Sacó la libreta de cuero de su bolsillo interior, abrió la primera página en blanco y, bajo la tenue luz de una lámpara de carburo, escribió con trazo firme tres palabras:
Escuchar. Ver. Esperar.