La sangre heredada Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

En sus bodegas se amontonaban cajas de maquinaria pesada, sacos de cemento, rieles de acero y cajones de madera sin marcas que transportaban munición.

Mientras subía por la estrecha pasarela de madera que oscilaba sobre el agua sucia del puerto, Alexander no se giró ni una sola vez para mirar la ciudad.

En el bolsillo interior de su chaqueta llevaba el título doblado de la Montanistische Hochschule y una libreta de tapas duras con las páginas en blanco.

Lo demás —su nombre completo, los fracasos de los últimos años, la sombra de su padre y la culpa de haber abandonado a su madre— quedaba flotando en el muelle como los desperdicios del mar.

El Touareg soltó amarras al caer la noche con un bramido grave de su sirena que hizo vibrar los cristales de las grúas de la dársena.

A Alexander le habían asignado una litera de tubo de hierro en la tercera cubierta, un espacio sofocante situado bajo la línea de flotación que compartía con otros cinco hombres: dos funcionarios menores de la administración colonial belga que no paraban de fumar tabaco picado negro,

un comerciante de telas de Lyon que olía a vino peleón y dos capataces de obras públicas contratados para trabajar en el ferrocarril.

El aire allí abajo era espeso, impregnado de sudor, grasa de máquinas y un pánico no confesado a la travesía.

Durante los primeros días en el Mediterráneo y al cruzar el estrecho de Gibraltar, Alexander apenas pisó el camarote.

Pasaba las horas junto a la barandilla de popa, viendo cómo la hélice batía el agua.

Escribía notas breves en su libreta, repasaba diagramas de geología estratigráfica sobre el suelo del Katanga o se quedaba mirando la línea infinita del horizonte, preguntándose en qué punto exacto su vida razonable de académico había saltado por los aires.

IV. El Espejo de África

Fue al cruzar el trópico de Cáncer, cuando el Atlántico se volvió más calmado y el aire empezó a sentirse pesado y húmedo como un paño caliente, y conoció al hombre del panamá.

Alexander estaba apoyado en la barandilla de estribor, observando las manchas de sargazo que flotaban en la superficie, cuando sintió el olor a tabaco de pipa a su lado.

Era un hombre de unos cincuenta años, enjuto, con un traje de lino blanco que había visto tiempos mejores y un sombrero de paja panamá con la cinta manchada de sudor.

Sus ojos, pequeños y hundidos entre arrugas quemadas por el sol, lo examinaban con una mezcla de curiosidad y desencanto.

—Austriaco, ¿no es verdad? —dijo el hombre en un francés correcto, pero con un rasgo valón muy marcado—. Se le nota en la postura. Tienen ustedes una forma muy particular de guardar silencio, como si pidieran disculpas por ocupar espacio.

Alexander lo miró de reojo, sin cambiar de posición.

—De Estiria —asintió.

—¿Es su primera bajada al continente?

—Sí.

—¿Destino?

—Katanga. Las minas de la Union Minière. Tengo que enlazar trenes y navegación fluvial desde el estuario del Congo hasta el sur.

El hombre dejó escapar una risita seca, más parecida a una tos.

—Ah, la gran Union Minière. Todos llegan igual. Con un título universitario bien enrollado en el equipaje, una regla de cálculo y la convicción absoluta de que África es simplemente un problema de ingeniería que se resuelve aplicando la fórmula adecuada. Déjeme decirle algo, joven: no lo es.

Alexander se giró del todo para encararlo.

—¿Y qué es entonces según usted?

—Un espejo —respondió el hombre, dándole una pitada pausada a la pipa y mirando hacia la inmensidad del océano—.

Un espejo enorme y despiadado. África no cambia a nadie; simplemente saca a la luz lo peor y lo mejor que cada cual lleva dentro, amplificado por el calor que no te deja dormir, el silencio de la selva y la codicia.

Nadie cruza la línea del ecuador y regresa a Europa siendo la misma persona.

—¿Y usted quién es? —preguntó Alexander.

El hombre se acomodó el ala del sombrero panamá, tapándose la mitad del rostro.

—Alguien que lleva veinte años en el río y que ha aprendido que la única herramienta útil allí abajo es saber cuándo hay que callar.

Sin añadir una palabra más, se dio la vuelta y caminó hacia las escaleras que subían a la cubierta de primera clase, dejando tras de sí una estela de humo azulado.

V. La Desembocadura

Días más tarde, el Touareg se adentró en el golfo de Guinea envuelto en una bruma pegajosa y densa que no se disipaba ni al mediodía.

El cielo tomó un color amarillo enfermizo, como el de una herida infectada, y sobre la superficie plana del mar comenzaron a verse peces voladores que huían del casco del buque.

Por las noches, el agua se encendía con ráfagas de fosforescencia verde y fantasmal al paso de la hélice.

Un mediodía, mientras Alexander observaba desde cubierta cómo la línea de la costa africana empezaba a recortarse como una franja verde y baja, el contramaestre del barco —un marsellés con el brazo derecho cubierto de tatuajes descoloridos— se detuvo a su lado y escupió un chorro de saliva negra al

agua.

—Es el Congo, ¿lo nota? —dijo el marinero, soltando una risotada rasposa—. Ya empieza a respirar. ¿Oye ese zumbido que viene del aire? ¿Ese hedor a barro y vegetación podrida? Ya lo tenemos encima. El río ya le está tomando la medida a sus pulmones, austriaco.

Cuando el barco echó finalmente las anclas frente a los muelles de Matadi, bajo un sol abrasador que hacía hervir la pintura de las barandillas de hierro, el choque térmico golpeó a Alexander como un puñetazo en el pecho.

El aire olía a barro cocido, a vapor de agua, a madera húmeda y a aceite de palma.

Al bajar por la escala de gato hacia el muelle de madera, vio las vías paralelas del ferrocarril de trocha angosta que se internaban hacia la sombra densa de la vegetación.

Sabía que por delante le aguardaban miles de kilómetros de trenes lentos, barcazas fluviales impulsadas por ruedas de paletas y jornadas sofocantes a través de la selva antes de alcanzar las altas mesetas de Katanga.

Alexander ajustó el agarre de su maleta de cuero. Miró las vías que se perdían entre los árboles gigantescos y sintió una punzada de incertidumbre en el estómago. No sabía si él había llegado finalmente al Congo, o si el Congo, en su inmensidad silenciosa, ya se cobraba la primera parte de su alma.