La sangre heredada Capítulo 1
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La sangre heredada

La sangre heredada

Por Sefa Gomis Rico

© inepub.com

Capítulo 1

ADIÓS A ESTIRIA

I. Leoben

Nevaba con lentitud sobre los tejados oscuros de Leoben, una ciudad de fundición y hollín acurrucada entre montañas dormidas.

A lo lejos, las cuencas mineras de Eisenerz se abrían como grietas viejas que aún sangraban óxido; entre castillos envejecidos y balnearios venidos a menos —vestigios de un pasado imperial que se oxidaba al mismo ritmo que las poleas de los pozos—, el invierno imponía su ley de silencio.

En la plaza del ayuntamiento, las farolas de gas reflejaban un cerco amarillo sobre el empedrado mojado, y el humo denso de las fábricas trazaba jirones grises sobre un cielo del color del plomo.

En el pequeño piso de la cuarta planta de un edificio obrero, la cena había transcurrido sin más ruido que el repicar de los cubiertos de alpaca contra la loza gastada.

Alexander Wexler esperó a que su madre recogiera las escudillas para hablar.

Afuera, la nieve amortiguaba los pasos de los pocos transeúntes; adentro, la estufa de hierro fundido escupía brasas cansadas, y el aire olía a sopa de cebada cocida con sal de roca y a papel amarillento.

—Me voy al Congo —dijo de pronto.

La frase cayó sobre la mesa de pino como un mineral pesado.

Su madre parpadeó, inmóvil, con la cuchara a medio camino entre el plato y la boca.

Su padre no alzó la vista del periódico —el Leobener Zeitung, cuyas páginas traían los últimos disturbios en Viena—, pero a Alexander no se le escapó cómo se le tensaron los nudillos sobre el papel.

—¿Al Congo? —repitió la madre, intentando componer una sonrisa que se le desarmó en los labios—. ¿Pero qué clase de idea es esa, Alex? ¿Qué se te ha perdido a ti allí?

—Me han contratado como ingeniero —respondió él, buscando mantener un tono desprovisto de todo dramatismo—. En la Union Minière du Haut-Katanga. Es una compañía belga. Trabajaré en la prospección de vetas.

—¿En la selva? —insistió ella, alzando la voz al borde del llanto

—¿Sabes lo que dicen de esos sitios? Que los blancos se vuelven locos o se mueren en tres meses. Que hay fiebres que te queman la sangre por dentro, insectos, tribus hostiles…

—Y aquí hay hambre, madre —la interrumpió él, con voz suave pero inapelable.

Su padre dejó finalmente el diario sobre la mesa con un gesto lento y pausado. La luz amarilla de la lámpara de petróleo le marcaba las arrugas profundas alrededor de los ojos, la sombra del cansancio y ese orgullo roto que arrastraba desde la derrota del 18.

—Estudiaste en la Montanistische Hochschule como yo —dijo el hombre, fijando en su hijo una mirada dura pero triste—. Tienes cabeza, Alexander. Tenías expediente para haber llegado a algo.

—He sido algo, papá. Un año entero dando clases particulares por cuatro peniques a hijos de comerciantes que apenas saben multiplicar, y otro año arreglando planos en despachos de arquitectura que terminan en quiebra a los tres meses.

Cada trabajo paga menos que el anterior.

No hay contratos estables para los que no llevamos un apellido de la alta aristocracia ni tenemos conexiones en la capital.

El padre bajó la cabeza y pasó los dedos por el borde desgastado de la mesa.

—Estiria ya no es lo que era —murmuró, casi para sí mismo, mirando hacia la ventana donde la nieve comenzaba a cuajar—.

Antes se necesitaban hombres que supieran leer el subsuelo, que entendieran cómo se comporta una veta de hierro a trescientos metros de profundidad.

Ahora solo importan los que saben gritar más fuerte en las plazas y leer los discursos del partido.

Alexander observó a su padre. Era el mismo hombre que, siendo él un niño de diez años, lo llevaba de la mano a las galerías altas de Eisenerz, el que le enseñó a sopesar en la palma un trozo de magnetita para distinguir su pureza entre la pizarra,

el que le hablaba con los ojos encendidos de los años dorados en que el acero de Leoben y Donawitz se exportaba en trenes interminables hasta la Rusia zarista y el Levante.

Un tiempo en que un ingeniero de minas era respetado como un arquitecto del imperio.

Un tiempo que ahora parecía tan distante como si perteneciera a otro siglo.

Ahora, su padre vivía de hacer traducciones técnicas del francés y del inglés para pequeñas empresas siderúrgicas de Alemania, trabajos precarios que llegaban a cuentagotas por piedad de antiguos compañeros de clase.

Mientras tanto, las calles de Leoben se habían convertido en un escenario de guerra no declarada.

Aquel invierno de 1934, la tensión en la cuenca minera rozaba el punto de ebullición.

Tras la ilegalización del partido nazi por el gobierno de Viena, los atentados con bombas caseras y los sabotajes en las líneas de tren se sucedían noche tras noche.

Los paramilitares de la Heimwehr, con sus uniformes grises y plumas de gallo en el sombrero, patrullaban la plaza del ayuntamiento con fusiles al hombro, mientras en los barracones obreros de Donawitz los socialistas escondían armas bajo el suelo esperando el inevitable estallido.

En la Montanistische Hochschule, donde Alexander había estudiado, ya no se debatía sobre mineralogía: las aulas estaban fracturadas por registros policiales, palizas nocturnas entre estudiantes y listas negras de profesores.

Austria entera parecía caminar como un sonámbulo hacia una catástrofe inevitable, y Estiria —rica en mineral, fronteriza, de lengua germana, pero con las venas mezcladas con sangre eslovena— se había convertido en un polvorín listo para saltar por los aires.

En los cafés ya no se hablaba de cosechas ni de dividendos, sino en voz baja y mirando de reojo hacia la puerta: de los registros de la policía en busca de panfletos prohibidos, de las purgas políticas en las minas, de los vecinos eslovenos que empezaban a ser mirados con sospecha,

de los comerciantes judíos que malvendían sus tiendas antes de que las cerraran por la fuerza, y de los jóvenes que aparecían apaleados en los callejones tras proclamar lealtad a banderas clandestinas.

¿Por qué funciona tan bien este añadido?

En los cafés ya no se hablaban de cosechas ni de dividendos, sino en voz baja: de la debilidad del gobierno de Viena, de las purgas políticas en las universidades, de los eslovenos de las fronteras que empezaban a ser mirados con sospecha,

de los comerciantes judíos que malvendían sus tiendas antes de que fuera tarde, y de los jóvenes uniformados que juraban lealtad a banderas extranjeras en las mismas plazas donde antes se celebraba la feria del ganado.

—Por favor, Alex… —su madre le tomó la mano por encima del mantel; la mano de ella estaba fría y áspera por el jabón de lavar—.

Podrías esperar un poco más. Buscar otra cosa…

Tal vez en la escuela técnica de Kapfenberg necesiten a alguien para el curso de primavera.

¿Por qué arriesgarlo todo e irte a la otra punta del mundo?

—Porque aquí no me queda nada por arriesgar —respondió él, sin acritud, pero dejando claro que la decisión estaba tomada desde hacía semanas.

El silencio que siguió fue largo y denso, roto solo por el chisporroteo de una brizna de carbón en la estufa.

Luego vino un abrazo torpe por parte de su padre, el roce apresurado de los labios de su madre en su mejilla y una despedida contenida, sin lágrimas, como si los tres supieran que las lágrimas no tenían ningún valor en aquella cocina.

II. El Tren hacia el Sur

Dos días después, Alexander atravesaba la estación de Leoben cargando la maleta de cuero que había pertenecido a su abuelo —con las esquinas reforzadas en latón gastado— y vistiendo un abrigo de paño que resultaba ridículamente fino para encarar el viento helado que bajaba de los Alpes.

En el bolsillo interior llevaba una carta de contratación redactada en un francés impecable y frío, un pasaporte austriaco sellado a toda prisa en Graz y un billete de tercera clase con destino a Marsella.

El tren avanzó hacia el sur haciendo crujir los raíles congelados.

En la ventanilla empañada por su propio aliento, el reflejo del rostro de Alexander —joven, de pómulos marcados y mirada seria— se desdibujaba cada vez que el convoy se internaba en las entrañas de un túnel.

Austria se alejaba a sus espaldas convertida en un paisaje de sombras y recuerdos que se borraban.

Las estaciones pasaban como postales sumergidas en la niebla: Klagenfurt, la revisión de pasaportes en el paso fronterizo de Tarvisio —donde los aduaneros italianos miraron su documentación con aburrimiento—, las llanuras del Véneto, Verona, Milán, Génova…

Conforme el tren dejaba atrás los Alpes, el paisaje fue cambiando de piel: del blanco monocromo de la nieve a los tonos ocres y pardos de la tierra italiana, de los abetos tupidos a los campos desgastados de olivos.

Compartía el compartimento de madera con un relojero suizo de ancianas manos temblorosas que dormía arropado con una bufanda de lana hasta la nariz, y con una monja francesa que pasaba las horas desgranando cuentas de madera entre los dedos mientras murmuraba letanías en voz baja.

Nadie cruzó una sola palabra durante horas.

Todos parecían viajeros de tránsito atrapados en su propio silencio, hombres y mujeres que viajaban hacia un destino incierto o que, simplemente, intentaban huir de sí mismos antes de que Europa saltara por los aires.

III. El puerto de Marsella y el Touareg

Llegó a Marsella al atardecer del cuarto día.

El puerto olía a una mezcla densa de sal, carbón mineral, pescado podrido y un aroma especiado e indescifrable que traían los barcos del Norte de África.

Era un hormiguero caótico de estibadores argelinos con el torso desnudo y brillante de sudor, soldados coloniales franceses vestidos con uniformes de dril caqui arrugado,

marineros bretones borrachos y mujeres jovenes con la boca pintada de rojo oscuro que olían a jabón barato de lavanda y al abordaje fácil.

En la dársena de la Compagnie des Messageries Maritimes, amarrado entre dos cargueros de carbón, aguardaba el Touareg.

Era un buque de vapor de casco ennegrecido y chimenea ancha que escupía un hilo constante de humo gris.

Un barco diseñado para la batalla contra las olas del Atlántico, no para el confort de quienes viajaban a bordo.