Capítulo 32 Regresamos al fiordo
Vardek y Naok remaban en silencio.
Annetha los vio al subir a Vayrkan.
Estaban asegurados en sus puestos y vigilados. No podían alcanzar armas, aparejos ni timón. Naok levantó la vista cuando ella pasó.
Vardek no.
Annetha tampoco se detuvo.
Ya no eran el centro de nada.
—Capitana.
Fredh la esperaba cerca de popa.
—Segundo.
—Eso ha sonado amenazante.
—Era la intención.
Fredh sonrió.
Jhoserk apareció detrás de él.
—Si habéis terminado, me gustaría salir con la marea adecuada.
—¿Alguna vez saludas antes de quejarte?
—Cuando hay tiempo.
—Hoy lo hay.
—Entonces buenos días.
Fredh soltó una risa.
Annetha negó con la cabeza.
Vayrkan estaba preparada.
Había pasado tiempo desde la boda.
El suficiente para que la vida volviera a llenar los espacios que durante meses habían ocupado la muerte, el fuego y la persecución.
No todo había desaparecido.
Tampoco tenía que hacerlo.
Algunas tablas de Vayrkan seguían mostrando reparaciones recientes.
Hakon conservaba una molestia ocasional en el hombro.
Mharilya seguía teniendo días en que el nombre de Gorghot cambiaba su expresión.
Annetha también.
Pero seguían adelante.
Hakon subió a bordo con la espada al costado.
Ya no era un candidato.
Ni un visitante.
Ni simplemente el marido de Annetha.
Fredh lo llamó.
—Ven.
Hakon se acercó.
Annetha esperó.
Fredh esperó a que Hakon se acercara.
—Annetha ha decidido que, durante combate o defensa de Vayrkan, coordinarás conmigo a los hombres que cubran abordajes y protección de cubierta.
Hakon dejó de bromear. Miró a Annetha.
—¿Un cargo?
—Una función —respondió ella—. El nombre puede esperar.
—¿Puedo rechazarla?
—Puedes.
—No.
La respuesta fue inmediata.
Annetha asintió.
—Fredh sigue siendo segundo. Jhoserk, navegante. Y yo sigo mandando.
—Eso nunca lo he dudado.
Fredh le dio una palmada breve en el brazo sano.
—Te lo has ganado.
No hubo ceremonia.
No hacía falta.
Había protegido a Vayrkan cuando todavía no tenía ningún lugar propio en ella.
Ahora lo tenía.
—No te emociones —dijo Annetha.
Hakon ajustó el cuero en su muñeca.
—Estoy casado contigo. Ya conozco la frase.
Fredh se echó a reír.
Annetha lo señaló.
—Y tú cállate.
Fredh guardó silencio, aunque la cara lo delataba.
—Eso ya no engaña a nadie.
Jhoserk levantó la voz desde popa.
—¿Podemos navegar antes del invierno?
Annetha se volvió.
—Sí.
Era una salida ordinaria.
Comercio.
Revisión de una ruta.
Nada que fuera a cambiar el destino de los Whalfaye.
Eso también le gustaba.
No todas las veces que Vayrkan abandonara el fiordo tenían que terminar con sangre. Annetha comprobó la cubierta.
Los hombres estaban en sus puestos.
Hakon también.
Más allá del muelle vio a Mharilya y Lidya hablando juntas.
Lidya gesticulaba hacia una prenda que llevaba entre las manos.
Mharilya negó con la cabeza.
Probablemente discutían.
Otra vez.
Zhork estaba cerca.
Cuando vio a Annetha, levantó una mano.
Ella respondió.
No necesitaba convertir aquello en algo más.
Con el tiempo quizá Zhork acabara ocupando un lugar importante junto a ella. Todavía no.
Por ahora confiaba en su criterio.
Era suficiente.
Annetha miró hacia la casa de gobierno.
Habían empezado a reunir de forma regular a las personas necesarias para revisar recursos, rutas, reparaciones y gastos.
La mesa aún no tenía un nombre definitivo.
Tampoco lo necesitaba.
Funcionaba.
Eso importaba más.
Fredh se acercó.
—¿En qué piensas?
—En que deberías estar trabajando.
—Eso no responde.
—Entonces deja de preguntar.
—Ahora sí suenas como Gorghot.
Annetha lo miró.
Esta vez el nombre no dolió de la misma manera.
Dolía.
Pero podía quedarse ahí.
—No —dijo.
Fredh esperó.
Annetha miró la cubierta.
—Sueno como yo.
Fredh asintió.
—Sí.
Y se marchó.
Annetha se quedó junto al timón.
Durante un instante tocó el broche que llevaba prendido en la ropa. El cuervo.
Había pertenecido a Gorghot.
Ahora era suyo.
No porque hubiera sustituido a su padre.
Porque el tiempo había seguido adelante.
Hakon se acercó.
—¿Lista?
Annetha miró hacia él.
—Siempre preguntas eso cuando ya sabes la respuesta. —Me gusta confirmar.
—Jhoserk te está contagiando.
—Hay cosas peores.
Annetha miró hacia proa.
El cuervo de Vayrkan apuntaba hacia la abertura del fiordo. Más allá estaba el mar.
—Soltad amarras.
Las cuerdas quedaron libres.
La tripulación empezó a trabajar.
La vela subió.
El viento entró en ella.
Vayrkan se movió.
Annetha tomó el mando.
—A estribor.
La proa corrigió.
El muelle empezó a quedar atrás.
Mharilya levantó una mano desde tierra.
Annetha respondió.
Lidya hizo lo mismo.
Zhork permaneció junto a ellas.
El asentamiento se hizo más pequeño.
Las casas.
Los talleres.
Los muelles.
El lugar donde Gorghot había vivido.
El lugar donde había muerto.
Su hogar.
Annetha volvió la vista hacia delante.
Fredh estaba donde debía.
Jhoserk vigilaba el rumbo.
Hakon ocupaba ya su propio lugar.
Los remos entraron en el agua.
Vardek y Naok también remaron.
No significaban nada más que eso.
Trabajo.
Condena.
Pasado.
Vayrkan avanzó hacia la salida.
Las montañas se abrieron poco a poco.
Annetha sintió el viento del mar antes de verlo completo. Recordó una frase que había escuchado desde niña.
Una idea más vieja que cualquiera de ellos.
Partían del fiordo.
Y regresarían al fiordo.
Pero no eran las mismas personas que habían salido meses atrás. Annetha miró el mar abierto.
—Mantened rumbo.
Vayrkan obedeció.
El fiordo quedó detrás.
El mar se abrió delante.
Y Annetha navegó hacia él.