EPÍLOGO
La casa estaba en silencio.
Annetha dejó las dagas sobre la mesa y se quitó el broche antes de sentarse. Durante meses había dormido con la sensación de que debía estar preparada para levantarse a cualquier hora: por una nave, un incendio, un prisionero, una mala noticia.
Aquella noche no había nada esperando detrás de la puerta.
Hakon estaba junto al fuego, revisando una correa. Levantó la vista cuando ella dejó el broche sobre la madera.
—¿Día largo?
—Normal.
—Eso suena bien.
Annetha miró el cuervo grabado en el metal.
Una vez había pertenecido a Gorghot. Durante un tiempo, llevarlo le había parecido cargar con una vida que no era la suya.
Ahora seguía recordándole a su padre.
Pero ya no le pedía que lo imitara.
Hakon dejó la correa.
—¿En qué piensas?
—En nada que tengas que arreglar.
—Qué decepción.
Annetha sonrió y se acercó al fuego.
Fuera, el fiordo estaba oscuro. Desde la casa no podía ver Vayrkan, pero sabía dónde estaba amarrada.
Fredh habría revisado las cuerdas antes de marcharse.
Jhoserk habría encontrado alguna razón para comprobar el tiempo de la mañana.
En otra casa, Mharilya y Lidya probablemente seguirían discutiendo sobre una costura que nadie más era capaz de distinguir.
Zhork tendría alguna observación útil que fingiría no haber pensado demasiado.
La vida había vuelto a llenarse de cosas pequeñas.
Annetha había creído que hacerse cargo significaba permanecer siempre de pie delante de todos. Había aprendido otra cosa.
También significaba saber cuándo escuchar, cuándo delegar, cuándo quedarse y cuándo partir. Hakon le tendió una mano.
Annetha la tomó.
—Mañana saldrás temprano —dijo él.
—Sí.
—Entonces deberías dormir.
—Eso ha sonado a orden.
—Ha sido un error.
Ella se inclinó y lo besó.
Después recogió el broche de la mesa y lo dejó junto a sus dagas.
No necesitaba llevarlo mientras dormía.
Gorghot seguía siendo su padre aunque el metal no estuviera sobre su ropa. Vayrkan seguía siendo su nave aunque estuviera amarrada.
Y el fiordo seguía siendo hogar aunque al amanecer volviera a dejarlo atrás. Annetha apagó la última lámpara.
Por primera vez en mucho tiempo, no tuvo nada que vigilar.
NOTA DE LA AUTORA
VAYRKAN nació alrededor de una imagen muy sencilla: una nave regresando a un fiordo. A partir de ahí apareció Annetha.
No quise escribir la historia de una mujer destinada desde el principio a convertirse en una gran líder.
Me interesaba más acompañar a alguien que pierde demasiado pronto a la persona que siempre había ocupado ese lugar y que, de pronto, tiene que descubrir qué significa asumir una responsabilidad que hasta entonces había observado desde fuera.
Por eso esta novela habla de heredar, pero no únicamente de recibir un título, una nave o un nombre. Habla de decidir qué hacemos con aquello que otros dejan en nuestras manos.
Annetha ama profundamente a su padre, pero su camino no consiste en convertirse en Gorghot. Tiene que encontrar su propia manera de gobernar, de capitanear Vayrkan, de aceptar ayuda sin sentir que pierde independencia y de comprender que querer a alguien tampoco significa pertenecerle.
También quería que el mundo de los Whalfaye se sintiera habitado por personas antes que por guerreros. Que hubiera barcos y combate, pero también trabajo, comida, madera que reparar, familias, discusiones, pérdidas, amistad y días en los que no sucede nada extraordinario.
Porque una vida no se construye únicamente en sus grandes momentos.
Vayrkan tampoco es solo un barco.
Es memoria, trabajo, regreso y continuidad.
A lo largo de esta historia, Annetha parte muchas veces: hacia el mar, hacia el dolor, hacia responsabilidades que no había pedido y hacia una vida que no podía prever.
Pero siempre existe un lugar al que regresar.
El fiordo.
Y quizá esa sea la idea que mejor resume esta novela:
Partimos del fiordo.
Regresamos al fiordo.
Gracias por haber navegado con ellos.
Sandra Castellanos San Esteban