Capítulo 31 Elegirse
Habían pasado meses.
No tantos como para borrar las cicatrices.
Sí los suficientes para que dejaran de dominar cada conversación.
Hakon volvía a entrenar con normalidad, aunque todavía se cuidaba el hombro en determinados movimientos. Vardek y Naok cumplían condena bajo vigilancia. Las reparaciones del incendio habían terminado en casi todo el asentamiento.
Y Annetha tenía una mesa llena de problemas.
—Esto no funciona.
Zhork levantó la vista.
—¿Qué parte?
Annetha señaló varias anotaciones.
—Que todos vengan a buscarme por separado.
Habían pasado la mañana revisando reservas, reparaciones de muelle, madera disponible y dos próximas expediciones.
Nada grave.
Precisamente por eso resultaba agotador.
—Uno pregunta por grano. Otro por madera. Después alguien necesita autorización para una compra que afecta a las dos cosas y nadie sabe qué se ha hablado antes.
Zhork observó los papeles.
—Entonces júntalos.
—¿A quiénes?
—A quienes tengan algo que aportar.
—Eso puede acabar con veinte personas hablando a la vez.
—No si decides quién necesita estar.
Annetha se quedó callada.
Aquello llevaba tiempo rondándole la cabeza.
No quería una asamblea permanente.
Ni entregar decisiones a otras personas.
Quería dejar de depender de conversaciones dispersas.
—Una mesa —dijo.
Zhork arqueó una ceja.
—Ya tienes una.
—Sabes perfectamente qué quiero decir.
Él sonrió.
—Sí.
Annetha empezó a ordenar las notas.
—Pocas personas. Solo cuando corresponda.
—Tiene sentido.
—Una para recursos. Otra para barcos. Jhoserk cuando haya rutas. Fredh para Vayrkan y defensa. Zhork no dijo nada.
Annetha levantó la vista.
—Y tú.
—¿Yo qué?
—Puedes dejar de hacerte el sorprendido.
—No me has preguntado nada.
—Ahora sí.
Zhork la observó unos segundos.
—Si crees que puedo ser útil.
—Lo eres.
No necesitaba decir más.
Zhork asintió.
—Entonces sí.
Annetha volvió a las notas.
—Las decisiones siguen siendo mías.
—Eso también tiene sentido.
—Y nadie va a traerme cada discusión doméstica porque haya una mesa. —Me alegra saberlo.
Annetha sonrió.
—Todavía no tiene nombre.
—No creo que sea urgente.
—Por fin alguien sensato.
Zhork soltó una risa.
Cuando salió, Annetha permaneció un momento mirando la mesa.
Había tardado meses en llegar a algo que Gorghot parecía haber entendido desde siempre. No necesitaba hacerlo todo.
Necesitaba que las cosas siguieran funcionando incluso cuando ella no estuviera delante. Navegando.
Enferma.
Herida.
O simplemente ocupada en otra parte.
La idea le produjo una tranquilidad inesperada.
Después pensó en Hakon.
Y la tranquilidad desapareció.
Lo encontró junto a la casa de sus padres.
Lidya y Mharilya estaban dentro.
Las oyó discutir antes de entrar.
—Eso está torcido —decía Lidya.
—No está torcido.
—Lo estoy viendo.
—Entonces estás mirando mal.
Hakon estaba sentado fuera.
—No entres.
Annetha se detuvo.
—¿Por qué?
—Llevan así desde esta mañana.
—Pensaba que eran amigas.
—Lo son.
Desde dentro llegó la voz de Mharilya:
—¡Te escuchamos!
Hakon cerró los ojos.
Annetha sonrió.
—Te está bien empleado.
Se sentó a su lado.
Hakon la miró.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Has venido con cara de algo.
—¿Otra vez las caras?
—Estoy aprendiendo de Fredh.
—Eso es preocupante.
Hakon esperó.
Annetha miró hacia el fiordo.
Había pensado mucho en aquella conversación.
Demasiado.
Durante semanas había esperado encontrar una razón para retrasarla. Ya no la encontraba.
—¿Sigues queriendo casarte conmigo?
Hakon se quedó inmóvil.
Annetha lo miró.
—Puedes responder.
—Estoy intentando asegurarme de haber oído bien.
—No voy a repetirlo.
—Entonces dame un momento.
Annetha soltó aire.
—Hakon.
Él sonrió.
—Sí.
Ella frunció el ceño.
—¿Sí qué?
—Sí, sigo queriendo casarme contigo.
Annetha asintió.
—Bien.
Hakon esperó.
—¿Eso es todo?
—No.
Annetha volvió a mirar el agua.
—Quiero casarme contigo.
Hakon dejó de sonreír.
No porque no le gustara.
Porque entendió que esta vez ella hablaba en serio.
—¿Porque tienes que hacerlo?
Annetha negó.
—No.
—¿Por el señorío?
—No.
—¿Entonces?
Ella lo miró.
—Porque te elijo.
Hakon permaneció callado.
Annetha sostuvo su mirada.
—No necesito que gobiernes conmigo.
—Lo sé.
—No vas a recibir autoridad por ser mi marido.
—También lo sé.
—Y cuando yo mande en Vayrkan—
—Mandarás tú.
Annetha entrecerró los ojos.
—Déjame terminar.
—Perdón.
—No lo sientes.
—No mucho.
Ella sonrió.
Hakon se acercó.
—Yo también te elijo.
Annetha sintió algo distinto a todas las veces que habían hablado de matrimonio antes. No presión.
No obligación.
No un candidato sentado frente a ella.
Hakon.
Solo él.
—Entonces habrá que hacerlo —dijo.
—Eso parece.
—Sin demasiada ceremonia.
—Habla con nuestras madres.
Annetha miró hacia la casa.
—Buen argumento.
La boda se celebró semanas después.
No hubo coronas.
Ni promesas interminables.
Ni una solemnidad que no perteneciera a los Whalfaye.
Hubo comida.
Mucha.
Bebida.
Más de la necesaria.
Música.
Familias.
Tripulantes.
Gente que había trabajado junto a Annetha desde niña.
Mharilya había ayudado a preparar su ropa junto a Lidya, aunque ambas discutieron hasta el último momento sobre algún detalle que nadie más veía.
Fredh apareció vestido mejor de lo habitual.
Annetha lo miró de arriba abajo.
—No sabía que tenías esa ropa.
—Tengo una reputación que mantener.
—¿De qué?
—De hombre elegante.
Hakon apareció detrás.
—Nadie tiene esa impresión.
Fredh lo miró.
—Tú cállate. Hoy no puedes arruinarme el humor.
Annetha sonrió.
Aquello era lo que quería recordar.
No una ceremonia perfecta.
Eso.
Mharilya acercándose para arreglarle una parte de la ropa que no necesitaba arreglo.
Lidya diciéndole que dejara de tocarla.
Zhork observando a su hijo con una mezcla de orgullo y diversión.
Jhoserk aceptando una bebida y asegurando que sería la única.
Nadie le creyó.
Annetha y Hakon se colocaron uno frente al otro.
No había nada que negociar. La parte importante ya había ocurrido durante los meses anteriores: en el trabajo, en los muelles, en Vayrkan, en el fuego y en todas las veces que habían podido marcharse y habían elegido quedarse.
Ante sus familias y los Whalfaye dijeron, sin fórmulas largas, que se elegían como esposos y que compartirían casa y vida mientras ambos quisieran sostener aquella elección.
No hubo juramento de obediencia ni entrega de autoridad. Hakon no recibió ningún lugar en el gobierno por casarse con ella, y Annetha no cedió ninguno.
Después llegaron las felicitaciones, la comida, la bebida y la música. Cuando terminaron, alguien gritó desde detrás:
—¡Ahora bésala!
Annetha reconoció la voz.
Fredh.
Cerró los ojos.
Hakon sonrió.
—¿Obedecemos?
—Nunca.
Lo besó igualmente.
Las risas y los golpes sobre las mesas llegaron alrededor.
Annetha se separó.
—No saques conclusiones.
—Creo que ya es tarde.
La celebración continuó hasta bien entrada la noche.
Annetha bailó.
Bebió.
Se dejó arrastrar por Mharilya hacia una conversación que no quería tener. Vio a Lidya reír con ella.
A Zhork discutir amistosamente con Jhoserk.
A Fredh intentar convencer a alguien de que todavía podía beber más. Hakon acabó a su lado otra vez.
—¿Te arrepientes?
—Todavía no.
Él sonrió.
Ella apoyó la cabeza un instante contra su hombro.
No había heredero.
No había embarazo.
No había ninguna promesa de que todo lo que viniera sería sencillo. Solo una elección.
Suya.
De él.
Y por una vez, eso era suficiente.