Capítulo 30 No he dicho nada
Hakon había vuelto a caminar sin que nadie lo vigilara.
Eso no significaba que Annetha hubiera dejado de hacerlo.
Lo observó desde la entrada del muelle mientras él ayudaba a Fredh con una cuerda.
El movimiento del hombro era todavía un poco más lento.
Casi imperceptible.
Pero estaba.
Hakon terminó el nudo y levantó la vista.
La descubrió mirándolo.
—Otra vez.
Annetha se acercó.
—¿Qué?
—Vigilarme.
—No te estaba vigilando.
—Claro.
Fredh soltó la cuerda.
—Yo me voy.
—Nadie te ha echado.
—Precisamente.
Fredh se marchó antes de que pudiera detenerlo.
Hakon sonrió.
—Es muy considerado.
—Es insoportable.
—También.
Habían pasado semanas desde que había salido de la cama.
Primero paseos cortos.
Después trabajo ligero.
Luego más.
Los sanadores habían dejado de protestar cada vez que aparecía por los muelles, aunque todavía le habían prohibido combatir en serio.
Hakon decía que no tenía ninguna intención.
Annetha no le creía.
—¿Te duele? —preguntó.
—Poco.
—Eso no es no.
—Tampoco es mucho.
Annetha lo miró.
Hakon levantó las manos.
—Estoy mejor.
—Lo sé.
Y lo sabía.
Eso era lo que había cambiado.
Ya no esperaba que empeorara de un momento a otro.
Podía verlo caminar y no imaginarlo otra vez inconsciente sobre la cubierta de Vayrkan. Casi siempre.
Hakon se apoyó contra la borda.
—¿Has venido por algo?
Annetha pensó en responder que sí.
No encontró una mentira útil.
—No.
Él levantó las cejas.
—Eso sí es nuevo.
—No te acostumbres.
Se quedaron allí.
El día había sido largo, pero tranquilo.
Desde la captura de Vardek y la sentencia, el asentamiento empezaba a recuperar una rutina reconocible. Las reparaciones del incendio avanzaban.
Los almacenes volvían a estar ordenados.
Vayrkan estaba preparada otra vez.
La vida seguía.
Hakon la miró de lado.
—Sigues sin decir nada.
—No tengo nada que decir.
—Has venido hasta aquí para no decir nada.
Annetha se volvió hacia él.
—¿Te molesta?
—No.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Hakon sonrió.
Después se inclinó hacia ella.
Annetha lo vio venir.
Esta vez sí.
El beso fue breve.
Juguetón.
Casi una provocación.
Hakon empezó a apartarse.
Annetha lo agarró de la ropa.
Él se detuvo.
—¿Qué?
—No he dicho que hubieras terminado.
Hakon dejó de sonreír.
Annetha tiró de él.
El segundo beso no se pareció al primero.
Ni al que había ocurrido semanas atrás.
No hubo sorpresa.
Ni duda.
Annetha lo besó porque quería hacerlo.
Hakon respondió igual.
Ella notó una mano en su cintura.
No para retenerla.
Solo para acercarla.
Cuando se separaron, ninguno habló de inmediato. Hakon respiraba cerca de su cara.
—Eso ha sido bastante claro.
Annetha seguía agarrando su ropa.
—No he dicho nada.
Hakon sonrió.
Ella volvió a besarlo.
Esta vez más despacio.
Sin prisa.
Sin miedo a que desapareciera al terminar.
Cuando se separaron, Hakon apoyó la frente contra la suya. —Podría acostumbrarme a esto.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Annetha soltó su ropa.
Miró alrededor.
—Aquí no.
Hakon siguió su mirada.
—Buena observación.
Ella empezó a caminar.
Hakon la alcanzó.
—¿Adónde vamos?
—¿Necesitas que te lo explique?
Él tardó un instante.
Después negó.
—No.
Caminaron hacia la casa de Annetha.
Mharilya no estaba.
Había pasado la tarde con Lidya.
Annetha cerró la puerta.
El silencio cambió.
Hasta entonces siempre había habido algo entre ellos.
Fredh.
Trabajo.
La cubierta.
Una conversación.
Una salida fácil.
Ahora no.
Hakon se quedó a unos pasos.
Annetha notó que esperaba.
Eso le gustó.
—¿Estás segura? —preguntó él.
—Sí.
—Annetha.
—Hakon.
Él sonrió apenas.
—Solo quiero saberlo.
Ella se acercó.
—Lo sabes.
Lo besó.
Esta vez no hubo humor.
Tampoco prisa.
Las manos de Hakon se detuvieron un instante sobre su cintura antes de continuar. Annetha notó cada pausa.
Cada oportunidad que él le daba para apartarse.
No lo hizo.
Le quitó la camisa con más impaciencia de la que pretendía.
Hakon soltó una risa baja.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás pensando algo.
—Que sigues siendo poco paciente.
Annetha lo empujó hacia atrás.
—Puedo dejarte esperando.
—Retiro lo dicho.
Ella sonrió.
La ligereza duró poco.
Después quedó deseo.
Y confianza.
Annetha recorrió con los dedos las marcas que aún quedaban en su cuerpo. Hakon se quedó quieto cuando llegó cerca de la zona que había recibido el golpe. —¿Duele?
—No.
Ella levantó la mirada.
—Verdad.
—Poco.
Annetha apartó la mano.
Hakon la recuperó.
—Puedes tocarme.
—No quiero hacerte daño.
—No me lo haces.
Aquello bastó.
Se besaron otra vez.
Más tarde, cuando ya no quedó distancia entre ambos, no hubo promesas. Ni conversaciones sobre matrimonio.
Ni obligaciones.
Solo dos personas que habían dejado de fingir que aquello no existía. Annetha había temido durante semanas que elegir a Hakon significara ceder algo. Descubrió lo contrario.
Nada de aquello le había sido pedido.
Nada se le debía.
Estaba allí porque quería.
Y él también.
Después permanecieron juntos en silencio.
Hakon estaba tumbado a su lado.
Annetha tenía una mano sobre su pecho.
—Sigues vivo —dijo.
Él abrió un ojo.
—Eso parece.
—Bien.
—Pensaba que después de todo esto dirías algo más romántico. Annetha levantó la cabeza.
—Puedo marcharme.
Hakon la rodeó con un brazo.
—No hace falta.
Ella sonrió.
Volvió a acomodarse.
Durante un rato escuchó su respiración.
Regular.
Firme.
Vivo.
Hakon habló de nuevo.
—Annetha.
—¿Qué?
—No pienso marcharme mañana.
Ella levantó la cabeza.
Él la miró.
No dijo para siempre.
No prometió cosas que todavía no habían decidido. Solo eso.
Mañana.
Annetha apoyó otra vez la cabeza sobre él.
—Bien.
Esta vez no necesitó decir nada más.