Capítulo 29 Los que llegan
Hakon ya podía sentarse sin ayuda.
Eso no significaba que estuviera bien.
Annetha lo descubría cada vez que intentaba levantarse demasiado rápido y él fingía que el gesto de dolor no había ocurrido.
—Te he visto.
Hakon se quedó quieto.
—¿Qué?
—Eso.
—No sé de qué hablas.
—Claro.
Annetha dejó el cuenco sobre la mesa.
—Si vuelves a intentar levantarte sin apoyo, llamaré al sanador.
—Eso suena a amenaza.
—Lo es.
Hakon sonrió.
Habían pasado varios días desde el regreso de Vayrkan.
La herida de la cabeza evolucionaba bien y el golpe más fuerte había quedado en el costado y el hombro, donde todavía tenía hematomas oscuros.
Seguía vivo.
Annetha procuraba no pensar demasiado en lo cerca que había estado de no estarlo.
Unos golpes sonaron en la puerta.
Hakon levantó la cabeza.
Annetha fue a abrir.
La mujer que esperaba fuera tenía el cabello recogido y una expresión que cambió en cuanto vio a Hakon detrás de ella.
—Hijo.
Hakon cerró los ojos.
—Madre.
Lidya entró sin esperar invitación.
Detrás venía un hombre de hombros anchos, barba entrecana y mirada tranquila.
Zhork.
Annetha apenas tuvo tiempo de apartarse.
Lidya cruzó la estancia y abrazó a Hakon con cuidado.
—Estoy bien.
—Eso decidiré yo.
—Ya ha empezado —murmuró él.
Zhork se acercó más despacio.
Miró a su hijo.
Después a Annetha.
—Gracias por traerlo de vuelta.
Annetha negó.
—Volvió porque aguantó.
Zhork miró de nuevo a Hakon.
—Eso también.
No hubo discurso.
A Annetha le cayó bien por ello.
Mharilya apareció poco después.
Lidya se volvió hacia ella.
—Tú debes de ser Mharilya.
—Y tú Lidya.
Se miraron un instante.
Después Lidya señaló una prenda doblada sobre una silla.
—Ese remate lo has hecho tú.
Mharilya levantó las cejas.
—Sí.
—Está bien trabajado.
—Gracias.
Annetha miró a Hakon.
Él sonrió.
—Ya está.
—¿Qué?
—Las hemos perdido.
Mharilya oyó.
—Os escucho.
Lidya sonrió.
No tardaron mucho en hablar de telas, costuras, reparaciones y maneras distintas de reforzar prendas para el trabajo.
Annetha dejó de seguir la conversación.
No entendía ni la mitad.
Zhork sí parecía escuchar.
Hasta que Hakon intentó levantarse otra vez.
—Siéntate —dijo Zhork.
Hakon lo miró.
—Estoy bien.
—Ya.
Se sentó.
Annetha ocultó una sonrisa.
Zhork la vio.
—¿Siempre es así?
—Desde que llegó.
—Entonces no ha mejorado.
—Nada.
Hakon negó con la cabeza.
—Me alegra que os llevéis bien.
La tarde transcurrió sin nada especial.
Eso resultó agradable.
Por primera vez en mucho tiempo, Annetha compartió una mesa sin hablar de prisioneros, rutas o reparaciones.
Zhork contó poco de su asentamiento.
Lidya preguntó por Hakon.
Mharilya respondió más de lo necesario.
Hakon protestó.
Nadie le hizo caso.
Al día siguiente, Zhork acompañó a Annetha hasta los muelles.
No porque ella se lo hubiera pedido.
Iba a ayudar a descargar algunas pertenencias.
—¿Os quedaréis mucho? —preguntó Annetha.
—Lo que haga falta.
—No tenéis obligación.
Zhork la miró.
—Es nuestro hijo.
Annetha asintió.
—Claro.
Pasaron junto a uno de los almacenes.
Dos hombres discutían sobre dónde guardar una carga recién llegada.
Annetha escuchó apenas unas palabras.
—Ahí no —dijo uno—. Luego habrá que moverlo todo otra vez.
—Aquí estorba.
Annetha se detuvo.
Estaba a punto de intervenir.
Zhork miró la carga.
—¿Van a usarla pronto?
Ella lo miró.
—Parte.
—Entonces quizá tenga más sentido separar ahora lo que vaya a salir primero. Annetha observó los sacos.
Era simple.
Demasiado simple para que nadie lo hubiera pensado aún.
Se volvió hacia los hombres.
—Separad lo que se necesite primero. Lo demás al fondo.
Ambos asintieron.
Continuaron caminando.
Zhork no comentó nada.
Eso hizo que Annetha fuera quien hablara.
—¿Siempre haces eso?
—¿Qué?
—Decir algo útil y luego actuar como si no hubieras dicho nada. Zhork sonrió.
—No sabía que necesitara celebrarlo.
Annetha lo estudió.
—No.
—Entonces mejor.
Siguieron hacia el muelle.
Annetha pensó en Gorghot.
No porque Zhork se pareciera a él.
No se parecía.
Quizá por eso la comparación desapareció rápido.
Al regresar, encontró a Lidya y Mharilya sentadas juntas.
Habían extendido una prenda entre ambas y discutían sobre una costura. —Eso va a tirar aquí —decía Lidya.
—Solo si lo haces demasiado estrecho.
—No lo hago demasiado estrecho.
—Lo estás haciendo.
Annetha se quedó en la puerta.
Hakon estaba sentado cerca.
—Llevan así una hora —murmuró.
—¿Quién gana?
—Nadie.
—Entonces se llevarán bien.
Hakon la miró.
—¿Y mi padre?
Annetha entró.
—Tiene buen criterio.
—Eso suena peligroso.
—¿Por qué?
—Porque ahora empezará a opinar.
Zhork apareció detrás de ellos.
—Solo cuando preguntan.
Hakon cerró los ojos.
—Estamos rodeados.
Annetha sonrió.
No sabía cuánto tiempo se quedarían.
Ni qué lugar terminarían ocupando en el fiordo.
No necesitaba decidirlo todavía.
Por ahora eran los padres de Hakon.
Dos personas que habían llegado porque su hijo había estado a punto de morir. Eso bastaba.
Lo demás tendría tiempo de crecer.