La Sangre del Fiordo (Vayrkan nº 1) Capítulo 28 La sentencia
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Capítulo 28 La sentencia

La casa comunal estaba llena.

No abarrotada.

Lo suficiente.

Habían acudido quienes debían escuchar, quienes habían perdido a alguien en la emboscada, quienes habían sufrido el incendio y quienes necesitaban saber qué iba a ocurrir con los dos hombres que habían intentado destruir el asentamiento desde fuera y desde dentro.

Vardek y Naok estaban en el centro.

Atados.

Vigilados.

Separados lo bastante para que no pudieran hablar entre ellos.

Annetha permanecía frente a ambos.

Fredh estaba cerca.

Jhoserk también.

Mharilya se había quedado entre la gente.

No junto a su hija.

Aquello no era un asunto familiar.

Era una sentencia.

Annetha esperó a que el murmullo desapareciera.

—Ya conocemos los hechos.

No necesitó elevar mucho la voz.

—Vayrkan fue atacada de forma deliberada. No buscaban carga ni rendición. Buscaban destruir la nave y matar a toda su tripulación.

Vardek mantuvo la mirada al frente.

Naok no.

Miraba alrededor como si aún esperara encontrar una salida.

—Gorghot murió a consecuencia de aquella emboscada.

El nombre de su padre tensó algo en la sala.

Annetha continuó.

—Naok conocía detalles del ataque que nunca fueron públicos. Después participó en el incendio del asentamiento y fue capturado mientras huía de uno de los focos.

Naok levantó la cabeza.

—Eso no demuestra—

—Todavía no he terminado.

Él calló.

Annetha volvió hacia Vardek.

—Las averiguaciones posteriores demostraron que habías buscado información sobre las rutas de Vayrkan, sus movimientos y sus tiempos de regreso.

Vardek no respondió.

—Cuando la emboscada fracasó y yo sobreviví, cambiasteis de estrategia.

Annetha miró a Naok.

—Tú intentaste entrar en el señorío mediante matrimonio.

Después volvió hacia Vardek.

—Y tú buscaste información sobre mi madre.

Mharilya no se movió.

—No llegaste a ejecutar esa parte del plan. No hace falta. Lo que sí hiciste basta.

Hubo un silencio.

Annetha miró a las personas reunidas.

—La asamblea conoce los hechos.

El hombre mayor que había presidido el reconocimiento de Annetha como Señora asintió desde un lado. —Los conocemos.

No hubo votación.

No tenía que haberla.

Annetha volvió hacia los prisioneros.

Naok habló.

—¿Qué quieres hacer?

Ella lo miró.

—No es cuestión de lo que quiero.

La frase salió sola.

Annetha se detuvo.

No.

No era del todo cierto.

También era cuestión de eso.

Fredh la observó.

Mharilya también.

Annetha respiró.

—En realidad, sí.

La sala quedó quieta.

—Quiero justicia para los Whalfaye.

Miró a Vardek.

—Y también quiero que paguéis por mi padre.

Nadie habló.

Annetha no intentó suavizarlo.

—No voy a fingir que ambas cosas están separadas dentro de mí. Vardek sonrió apenas.

—Entonces mátanos.

Naok giró la cabeza hacia él.

Annetha no respondió de inmediato.

Vardek continuó:

—Eso es lo que quieres.

Annetha lo miró.

Había pensado en ello.

Más de una vez.

En el barco.

En tierra.

Mientras Hakon estaba herido.

Mientras veía la casa de su padre vacía.

—No.

La sonrisa de Vardek desapareció.

—¿No?

—Morir sería rápido.

Naok dejó de mirar a su padre.

Annetha continuó:

—Vosotros intentasteis destruir Vayrkan.

Vardek comprendió antes que Naok.

Su expresión cambió.

Muy poco.

Annetha lo vio.

—Vais a servir en ella.

Un murmullo recorrió la sala.

Naok frunció el ceño.

—¿Qué?

—Remos.

Annetha sostuvo su mirada.

—Trabajaréis en los remos de Vayrkan.

Naok soltó una risa incrédula.

—¿Eso es todo?

Fredh lo miró.

—No has entendido.

Annetha continuó:

—Estaréis vigilados. Asegurados cuando corresponda. Sin acceso a armas, timón, aparejos ni ninguna zona desde la que podáis poner en peligro la nave o a la tripulación.

Naok perdió la sonrisa.

—No puedes obligarnos a remar toda la vida.

—Puedo condenaros a hacerlo.

—Mátanos.

Esta vez fue Naok.

Annetha no respondió.

—¡Mátanos!

La voz resonó en la estancia.

Vardek cerró los ojos un instante.

Quizá porque entendía mejor que su hijo.

Annetha habló con calma.

—No.

Naok tiró de las ataduras.

Los hombres que lo vigilaban se acercaron.

—Vais a vivir con lo que hicisteis.

Naok la miró con odio.

—Esto no es justicia.

Annetha sostuvo su mirada.

—No toda.

La respuesta hizo callar incluso a Fredh.

Annetha no la retiró.

Ahí estaba la parte que no podía fingir.

Venganza.

No toda la sentencia.

Pero sí parte.

—También es mía.

Vardek levantó la vista.

Annetha se acercó un paso.

—Intentasteis convertir Vayrkan en el lugar donde moríamos.

Ahora su voz era baja.

—Será el lugar donde pagaréis.

No hubo celebración.

Nadie gritó aprobación.

Tampoco rechazo.

La sentencia quedó dicha.

Annetha miró a Fredh.

—Que los retiren.

Él asintió.

Los prisioneros fueron sacados.

Naok continuó protestando.

Vardek no.

Cuando la puerta se cerró, la estancia siguió en silencio.

Annetha miró a la asamblea.

—Si alguna vez su presencia pone en riesgo Vayrkan, la tripulación o una maniobra, su castigo queda por debajo de la seguridad de la nave.

El hombre mayor asintió.

—Así debe ser.

Annetha continuó:

—No tendrán trato especial. Ni acceso a decisiones. Ni oportunidad de convertir la condena en otro peligro para nosotros.

Varias personas mostraron acuerdo.

Eso era suficiente.

La reunión terminó poco después.

La gente empezó a salir.

Fredh se quedó.

Annetha recogió una de las notas de la mesa.

—Di lo que tengas que decir.

—No sé si tengo que decir algo.

—Eso nunca te detiene.

Fredh apoyó una mano sobre la mesa.

—¿Estás segura?

Annetha sabía a qué se refería.

—Sí.

—Podías haberlos ejecutado.

—Lo sé.

—Algunos lo habrían entendido.

—También lo sé.

Fredh esperó.

Annetha dejó la nota.

—Quería que vivieran.

No intentó justificarlo.

—Quería que recordaran cada vez que cogieran un remo por qué estaban allí.

Fredh la observó.

—Eso es venganza.

—Sí.

La palabra no le gustó.

Pero era cierta.

Fredh asintió.

—Bien.

Annetha frunció el ceño.

—¿Bien?

—Bien que lo sepas.

Ella bajó la mirada.

Quizá esa era la diferencia.

No quería convertirse en una mujer que llamara justicia a todo lo que hacía solo porque tenía autoridad para hacerlo.

—No estoy orgullosa de esa parte.

Fredh se encogió de hombros.

—No hace falta.

Annetha lo miró.

—Eres un consejero bastante malo.

—No soy consejero.

—Gracias a los dioses que no tenemos.

Fredh sonrió.

Ella también.

Muy poco.

Al salir encontró a Mharilya esperando fuera.

—¿Qué piensas? —preguntó Annetha.

Su madre tardó en responder.

—Que tu padre no habría dictado exactamente la misma sentencia.

Annetha sintió una punzada.

Mharilya continuó:

—Porque no era tú.

Annetha la miró.

—¿Eso es bueno?

—Es tuyo.

Mharilya le tocó el brazo.

—Tendrás que vivir con ello.

Annetha asintió.

—Lo sé.

Caminaron juntas hacia casa.

La muerte de Vardek y Naok habría cerrado algo con rapidez. Annetha había elegido otra cosa.

No sabía todavía si algún día dejaría de sentir rabia cuando los viera. Quizá no.

Pero una sentencia no necesitaba convertirla en mejor persona. Solo debía ser una decisión que estuviera dispuesta a sostener. Y aquella lo era.