Capítulo 26 Primero la nave
—¡Más afuera!
Jhoserk corrigió el rumbo mientras varios hombres recuperaban remos y aseguraban el aparejo dañado. Annetha permaneció de pie.
No miraba hacia Hakon.
Se obligaba a no hacerlo.
—¿La roca?
—La dejamos atrás —respondió Jhoserk.
—¿Seguro?
—Sí.
Annetha respiró.
—Fredh.
Él apareció desde la nave de Vardek.
—Aquí.
—¿Prisioneros?
—Controlados.
—¿Vardek?
—Atado.
—¿Armas?
—Retiradas.
Annetha asintió.
—Que nadie quede sin vigilancia.
Fredh la observó un instante.
Sabía exactamente qué estaba haciendo.
No dijo nada.
Annetha miró la cubierta.
Había heridos.
Dos hombres trabajaban en la zona del aparejo.
Otro reforzaba una cuerda.
La nave enemiga permanecía sujeta a distancia segura.
—¿Podemos regresar?
Jhoserk comprobó viento y posición.
—Sí.
—Entonces ponemos rumbo al fiordo.
La orden se propagó.
Solo después Annetha se permitió mirar.
Hakon seguía tumbado.
Un hombre estaba arrodillado junto a él.
Annetha cruzó la cubierta.
No corrió.
Le costó no hacerlo.
—¿Cómo está?
El hombre levantó la vista.
—Vivo.
—Eso ya lo sé.
—El golpe fue fuerte.
Habían retirado la pieza de madera y colocado a Hakon de lado con cuidado. Tenía sangre en el cabello.
Demasiada.
Annetha se arrodilló.
—¿Está consciente?
—A ratos.
Hakon abrió los ojos.
Annetha sintió que el pecho se le aflojaba.
—Hola —dijo él.
La voz era débil.
—No hables.
—Eso dices mucho.
Annetha lo miró.
—Y tú obedeces poco.
Hakon intentó sonreír.
No le salió bien.
Annetha tomó su mano.
—¿Te duele?
—Sí.
—Bien.
Hakon frunció el ceño.
—¿Bien?
—Significa que sigues aquí.
Él cerró los ojos.
Annetha apretó sus dedos.
Durante unos segundos pensó que había perdido el conocimiento. Después volvió a hablar.
—Fredh.
—Está bien.
—¿Seguro?
—Sí.
Hakon respiró despacio.
—Entonces valió la pena.
Annetha apretó la mandíbula.
—No.
Él abrió los ojos.
—¿No?
—No vuelvas a decir eso.
Hakon la miró sin entender.
—Casi te mata.
—Pero no lo hizo.
—Ese no es el argumento que crees.
Hakon guardó silencio.
Annetha bajó la voz.
—No puedes seguir entrando delante de todo lo que pueda hacer daño a alguien. —No hago eso.
Ella lo miró.
Hakon cerró los ojos otra vez.
—A veces.
—Demasiadas.
Annetha notó que su mano temblaba.
La retiró.
Hakon la agarró antes.
Poca fuerza.
Pero suficiente.
—Estoy aquí.
Annetha tragó saliva.
—Por poco.
Esta vez él no respondió.
El hombre que lo atendía se acercó.
—Necesito revisar otra vez la herida de la cabeza.
Annetha se apartó.
—Hazlo.
Se puso de pie.
Dio dos pasos.
Se detuvo.
—Fredh.
Él estaba cerca.
—Sí.
—¿Vardek sigue asegurado?
—Sí.
—Bien.
Fredh miró a Hakon.
—¿Cómo está?
Annetha tardó un momento.
—No lo sé.
La respuesta salió peor que cualquier otra. Fredh apoyó una mano en su hombro. No dijo que todo iría bien.
Ella agradeció que no mintiera.
—Vamos a llevarlo a casa —dijo. Annetha miró hacia el mar.
El fiordo quedaba lejos.
Otra vez.
Un herido grave sobre Vayrkan.
Otra carrera de regreso.
La comparación llegó sola.
Gorghot tumbado en cubierta.
La lanza.
Las telas empapadas.
Annetha cerró los ojos.
No.
No era lo mismo.
Hakon estaba vivo.
Los sanadores todavía podían hacer algo. Y ella seguía al mando.
—Quiero velocidad —dijo.
Jhoserk la oyó.
—La tendremos.
Annetha volvió junto a Hakon.
Se sentó a su lado.
Esta vez no habló.
Tampoco él.
Solo mantuvo su mano entre las suyas. Más tarde Hakon volvió a abrir los ojos.
—¿Sigues aquí?
—Sí.
—Pensaba que tendrías cosas más importantes.
Annetha sostuvo su mirada.
—Ya las he hecho.
Hakon entendió.
Miró hacia la cubierta.
—La nave primero.
Annetha asintió.
—La nave primero.
Él cerró los ojos.
Annetha siguió allí.
Y entonces lo supo.
No porque hubiera estado a punto de perderlo.
Eso solo había arrancado la última excusa.
No quería que Hakon se quedara porque necesitara marido. Ni porque hubiera demostrado ser útil.
Ni porque la hiciera reír.
Lo quería allí porque lo amaba.
La certeza no trajo alivio.
Solo miedo.
Annetha apretó su mano.
Hakon seguía respirando.
Por ahora, eso bastaba.