Capítulo 23 Antes de que desaparezca
La noticia llegó al amanecer.
Vardek estaba retirando hombres y provisiones de uno de los puntos desde los que solía operar. Annetha escuchó el informe sin interrumpir.
—¿Cuántos? —preguntó al final.
—No lo sabemos con exactitud.
—¿Barcos?
—Al menos dos preparados para salir.
Fredh estaba junto a la mesa.
Jhoserk, al otro lado.
Annetha miró el pequeño trazado de costa que habían extendido entre ellos.
—Quiere marcharse.
Fredh negó.
—O aparentarlo.
—¿Para qué?
—Ganar tiempo. Mover pruebas. Separar hombres. Hacer que sigamos la dirección equivocada. Annetha observó el mapa.
Unas semanas atrás ya habría dado la orden de preparar Vayrkan.
Ahora no.
—Jhoserk.
El navegante levantó la vista.
—Si quisiera desaparecer por mar, ¿qué harías?
—Depende de lo que tuviera preparado.
—Supongamos que sabe que lo buscamos.
Jhoserk señaló dos rutas.
—Evitaría los puertos grandes. Aquí puede avanzar siguiendo costa y cambiar de dirección con facilidad. Aquí tendría más mar abierto, pero sería más fácil verlo.
—¿Y si divide los barcos?
—Entonces ya no intentamos seguir a todos.
Fredh apoyó una mano sobre la mesa.
—Buscamos a Vardek.
Annetha asintió.
—Exacto.
Miró las marcas que habían reunido durante la investigación.
Vardek había preguntado por Vayrkan.
Había conseguido información sobre sus movimientos.
Había tenido hombres y embarcaciones suficientes para preparar la emboscada.
No era alguien que improvisara mal bajo presión.
—¿Cuánta gente necesitamos? —preguntó.
Fredh respondió:
—La suficiente para abordar si hace falta. Pero si llenas Vayrkan demasiado, perderemos velocidad. —No quiero medio asentamiento detrás de él.
—Bien.
Annetha miró a Jhoserk.
—¿Cuánto tardamos en alcanzarlo si sale hoy?
—Si sabemos por dónde va, poco.
—¿Y si no?
—Podemos perderlo.
Annetha se quedó callada.
Fredh esperaba.
Jhoserk también.
Nadie intentó decidir por ella.
Eso le permitió pensar.
—No salimos hasta tener una dirección.
Fredh levantó ligeramente las cejas.
—¿Seguro?
—Si Vardek quiere que corramos detrás de la primera nave que veamos, no pienso ayudarlo. Fredh asintió.
—Bien.
Annetha señaló el mapa.
—Quiero ojos en los pasos de costa y en los embarcaderos cercanos. Si mueve hombres por tierra, también quiero saberlo.
—Lo organizaré.
—Y nadie se acerca lo suficiente para que los descubran.
Fredh salió.
Jhoserk empezó a recoger algunas de las piezas.
Annetha lo detuvo.
—Espera.
Él levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Si tuvieras que apostar.
Jhoserk miró otra vez el trazado.
—Por mar.
—¿Por qué?
—Porque en tierra deja demasiadas personas detrás que pueden verlo.
Annetha asintió.
—Eso pensaba.
Jhoserk sonrió apenas.
—Entonces no me necesitabas.
—Necesitaba saber si pensabas lo mismo.
—Eso es distinto.
Annetha lo dejó marcharse.
Horas después llegó una segunda noticia.
Uno de los barcos de Vardek había salido.
El otro continuaba allí.
Annetha frunció el ceño.
Fredh estaba de vuelta.
—¿Señuelo?
—Puede.
—¿Quién iba a bordo?
—No lo saben.
Annetha golpeó una vez la mesa con los dedos.
—No seguimos todavía.
Fredh la miró.
—Hace meses habría tenido que sujetarte.
—Hace meses no sabía que me irritabas tanto.
—Eso ya lo sabías.
Annetha casi sonrió.
No había tiempo.
Un tercer mensajero llegó antes del mediodía.
Esta vez sí traía algo útil.
Vardek había sido visto cerca del segundo barco.
No cargaban mercancías normales.
Habían sacado cofres pequeños, sacos y paquetes desde una construcción que después quedó vacía. —Está limpiando el lugar —dijo Fredh.
Annetha asintió.
—Y piensa irse.
—Ahora sí.
Annetha se levantó.
—Ahora sí.
Fredh la siguió hacia la puerta.
—¿Vayrkan?
—Vayrkan.
Jhoserk apareció en el exterior.
—¿Tenemos rumbo?
Annetha se lo indicó.
—Quiero interceptarlo antes de que alcance mar abierto. —Entonces tenemos que salir pronto.
—Eso haremos.
Caminaron hacia los muelles.
Hakon estaba allí.
Annetha lo vio antes de que él hablara.
Llevaba espada.
—No.
Hakon frunció el ceño.
—Todavía no he preguntado.
—Sé qué vas a preguntar.
—Entonces ahorramos tiempo.
Fredh siguió caminando.
—Voy a fingir que no estoy aquí.
Annetha miró a Hakon.
—No tienes puesto en Vayrkan.
—Lo sé.
—Ni obligación de venir.
—También.
—Y sigues recuperándote del hombro.
Hakon movió el brazo.
—Está bien.
—Eso ha sido una demostración bastante mala. —Puedo luchar.
—No he dicho que no puedas.
Hakon se quedó serio.
—Entonces déjame ir.
Annetha pensó en decir que no.
Pensó también en por qué quería hacerlo.
Miedo.
No criterio.
Eso era distinto.
—Fredh.
Él se volvió.
—¿Sí?
—¿Tenemos sitio?
Fredh miró a Hakon.
—Sí.
—¿Lo llevarías?
—Si puede trabajar como cualquiera.
Hakon respondió antes que Annetha.
—Puedo.
Ella sostuvo su mirada.
—Entonces vienes como uno más.
—Bien.
—Obedeces órdenes.
—Sí.
—Y si te digo que retrocedas, retrocedes.
Hakon tardó una fracción demasiado larga.
—Sí.
Annetha lo señaló.
—Esa pausa no me ha gustado.
—Lo mejoraré.
—Hazlo.
Subieron a Vayrkan.
La tripulación comenzó los preparativos.
Agua.
Armas.
Cuerdas.
Revisión rápida del casco.
Nada ceremonial.
Annetha observó cómo cada persona ocupaba su lugar. Fredh llegó hasta ella.
—¿Lista?
Annetha miró hacia la salida del fiordo.
—Sí.
—Hace unas semanas ya habríamos salido hace horas. —Y quizá estaríamos siguiendo el barco equivocado. Fredh sonrió.
—Eso también.
Annetha dio la orden.
Vayrkan empezó a separarse del muelle.
Vardek ya había cometido su primer error.
Había esperado que Naok permaneciera libre.
El segundo había sido moverse demasiado deprisa al saberlo preso. Annetha no pensaba darle tiempo para cometer un tercero. Tenía que alcanzarlo antes de que desapareciera.