Capítulo 21 ¿Lo deseas a él?
Mharilya estaba despierta cuando Annetha llegó a casa.
No cosía.
Eso fue lo primero que le llamó la atención.
Estaba sentada junto al fuego con las manos vacías sobre el regazo.
—Fredh ha venido —dijo.
Annetha dejó las dagas sobre la mesa.
—¿Para qué?
—A decirme que quizá salgáis pronto.
—Todavía no está decidido.
Mharilya la miró.
Annetha suspiró.
—Está casi decidido.
—Eso imaginaba.
Se sentó frente a ella.
Habían pasado días difíciles desde el incendio. Había reparaciones en marcha, Naok seguía preso y cada nueva información sobre Vardek parecía abrir otra parte de algo que ninguno había sabido ver a tiempo.
Annetha debería haber estado pensando en eso.
En cambio llevaba toda la tarde pensando en Hakon.
—Madre.
—¿Sí?
Annetha abrió la boca.
La cerró.
Mharilya esperó.
—Necesito preguntarte algo.
—Pregunta.
—No sé cómo.
—Entonces empieza mal y luego lo arreglamos.
Annetha bajó la mirada.
Aquello habría sido más fácil con Fredh.
O quizá no.
Con Fredh podía hablar de muchas cosas.
Esto era distinto.
—Cuando era más joven...
Mharilya no dijo nada.
—Conocí a una mujer.
Su madre siguió esperando.
Annetha jugueteó con una pequeña marca de la mesa. —Una tabernera.
Mharilya ladeó la cabeza.
—¿La de los rizos dorados?
Annetha levantó la vista.
—¿Qué?
—La recuerdo.
—¿Cómo puedes recordarla?
—Porque cada vez que entrábamos allí tú dejabas de escucharme. Annetha se quedó mirándola.
Mharilya sonrió apenas.
—No sabía por qué.
—Eso espero.
—Ahora sí.
Annetha sintió calor en la cara.
—No te rías.
—No me estoy riendo.
—Por dentro sí.
—Un poco.
Annetha negó con la cabeza.
Por un momento la vergüenza alivió algo.
Después volvió lo importante.
—Estuve con ella.
Mharilya dejó de sonreír.
No por rechazo.
Solo porque entendió lo que Annetha estaba diciendo. —Más de una vez —continuó ella—. No fue... una historia. —No hace falta que me expliques lo que no fue.
Annetha asintió.
—Me gustaban las mujeres.
Se corrigió:
—Me gustan.
Mharilya la observó.
—¿Tu padre lo sabía?
—No.
Aquella respuesta dolió de una manera que no esperaba. —Nunca se lo dije.
Mharilya bajó la mirada un instante.
—¿Por miedo?
—A decepcionaros.
—Annetha...
—Ya sé que ahora parece absurdo.
—No he dicho eso.
Annetha respiró.
—No sabía qué ibais a pensar.
—¿Y qué pensabas tú?
La pregunta la hizo callar.
—Que era asunto mío.
—Lo era.
—Y lo sigue siendo.
—Sí.
Annetha apoyó los brazos sobre las piernas.
—El problema es Hakon.
Mharilya no pareció sorprendida.
Eso fue irritante.
—No pongas esa cara.
—Estoy sentada.
—Sabes perfectamente qué cara.
—Continúa.
Annetha miró al fuego.
—Nunca había deseado a un hombre.
La frase quedó ahí.
—Hasta él.
Mharilya asintió con calma.
Annetha la miró.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que haga?
—No sé.
—Yo tampoco.
Annetha soltó aire.
—Pensé que quizá significaba que antes estaba equivocada. Mharilya frunció el ceño.
—¿Equivocada sobre qué?
—Sobre mí.
Su madre tardó muy poco en responder.
—¿Aquella mujer te gustaba?
—Sí.
—¿Deseabas estar con ella?
Annetha sintió otra vez la vergüenza.
—Sí.
—Entonces no estabas equivocada.
Annetha guardó silencio.
—¿Y Hakon? —preguntó Mharilya.
Annetha la miró.
Su madre no dio vueltas.
—¿Lo deseas a él?
Annetha abrió la boca.
No respondió.
Mharilya esperó.
—Sí.
Esta vez no hubo duda.
Solo reconocerlo.
—Mucho —añadió Annetha.
Mharilya sonrió.
—Eso parecía.
—Madre.
—Lo siento.
—No lo sientes.
—No demasiado.
Annetha se tapó la cara un instante con las manos. —Esto es horrible.
—He visto cosas peores.
—Yo también. No ayuda.
Mharilya se inclinó un poco hacia ella.
—No tienes que borrar una parte de tu vida para aceptar otra. Annetha bajó las manos.
—¿Y si no lo entiendo?
—No necesitas entenderlo todo hoy.
—Eso suena demasiado sencillo.
—A veces lo es.
Annetha pensó en Hakon.
En el entrenamiento.
En la forma en que había dejado de ser un extraño.
En cómo le había molestado escuchar que podía marcharse. —No sé qué hacer con él.
—Eso es otra pregunta.
—¿Cuál?
—Una cosa es desearlo.
Mharilya la miró con atención.
—Otra es decidir si quieres compartir tu vida con él.
Annetha asintió.
Eso sí lo entendía.
—No quiero elegirlo porque necesito marido.
—Entonces no lo hagas.
—Pero podría marcharse.
—También.
Annetha sintió de nuevo aquel malestar.
Mharilya lo vio.
—No puedes pedirle que espere para siempre mientras tú decides. —Lo sé.
—Y él tampoco puede exigirte una respuesta antes de que la tengas. Annetha apoyó la espalda contra el banco.
—Padre nunca te obligó a nada.
Mharilya quedó quieta.
—No.
—Ni siquiera cuando estabais casados.
Su madre entendió a qué se refería.
—Nunca.
Annetha bajó la mirada.
Mharilya tomó su mano.
—La intimidad no es una deuda.
—Ya.
—Ni por matrimonio. Ni por amor. Ni porque alguien haya esperado. Annetha apretó sus dedos.
—Lo sé.
—Bien.
Permanecieron en silencio.
Annetha pensó que se sentiría diferente después de decirlo.
No más segura.
No más decidida.
Solo más ligera.
Ya no tenía que pelear también contra aquello.
Se levantó.
—Tengo que dormir.
—Sí.
Annetha recogió sus dagas.
Mharilya volvió a hablar.
—Annetha.
Ella se giró.
—¿Qué?
—Tu padre te quería.
Annetha no respondió.
—No sé qué habría dicho si se lo hubieras contado —continuó Mharilya—. No voy a inventarlo ahora. Pero te quería.
Annetha bajó la vista.
—Lo sé.
Y esta vez era verdad.
Caminó hacia su habitación.
Antes de entrar, Mharilya añadió:
—Y Hakon es bastante guapo.
Annetha se volvió.
—Buenas noches, madre.
Mharilya sonrió.
—Buenas noches.
Annetha cerró la puerta.
Por primera vez desde que Hakon había llegado al fiordo, dejó de preguntarse por qué lo deseaba. Lo deseaba.
Eso ya estaba claro.
Lo que todavía no sabía era qué iba a hacer al respecto.