La Sangre del Fiordo (Vayrkan nº 1) Capítulo 20 ¿Marcharse?
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Capítulo 20 ¿Marcharse?

Hakon encontró a Annetha junto a los muelles.

Ella estaba hablando con uno de los hombres que supervisaban la reparación de una cubierta cuando lo vio esperar a unos pasos.

No interrumpió.

Eso ya era raro.

Annetha terminó la conversación y se acercó.

—¿Qué pasa?

Hakon miró hacia Vayrkan antes de responder.

—Tengo que hablar contigo.

—Eso suele significar que no me va a gustar.

—Probablemente.

Annetha cruzó los brazos.

—Habla.

Hakon tardó un instante.

—No puedo quedarme aquí indefinidamente.

La respuesta salió antes de que ella pudiera pensarla.

—¿Por qué no?

Hakon levantó una ceja.

Annetha se dio cuenta demasiado tarde.

—Quiero decir...

—Ya sé lo que quieres decir.

Eso la irritó.

—No sabes nada.

—Bien.

Hakon miró hacia el agua.

—Vine como candidato. Llevo aquí bastante más de lo que esperaba.

—Nadie te ha echado.

—No.

—Entonces no entiendo el problema.

Hakon volvió la vista hacia ella.

—Tengo una vida fuera de este fiordo.

Annetha sintió una molestia absurda.

Por supuesto que la tenía.

Padres.

Trabajo.

Un asentamiento propio.

No había llegado al mundo el día que entró en su casa.

—Puedes volver cuando quieras —dijo.

La frase le supo mal en cuanto salió.

Hakon la observó.

—Eso pensaba.

Annetha apretó la mandíbula.

—No necesito darte permiso.

—No lo estaba pidiendo.

—Bien.

—Entonces estamos de acuerdo.

Se quedaron mirándose.

Aquella conversación había empezado mal y empeoraba con rapidez. Hakon soltó aire.

—No quiero irme enfadado contigo.

—No estoy enfadada.

—Claro.

Annetha señaló hacia él.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Decidir por mí lo que siento.

Hakon asintió.

—Tienes razón.

La respuesta la desarmó más que una discusión.

Él continuó:

—Solo digo que tengo que decidir qué hago.

—Ya lo has decidido.

—No.

Annetha lo miró.

Hakon sostuvo su mirada.

—Todavía no.

La frase le recordó otra conversación.

Barro.

Trabajo.

Él diciéndole que todavía no había conseguido hacerlo marchar. Ahora era distinto.

—¿Cuándo? —preguntó Annetha.

—Pronto.

—Eso no es una fecha.

—No tengo una.

Ella desvió la vista.

No podía pedirle que se quedara.

No así.

No cuando todavía no sabía qué quería de él.

Hakon dio un paso atrás.

—No hace falta decidirlo ahora.

Annetha levantó la cabeza.

—Tú tampoco.

Él sonrió apenas.

—Eso intento.

Se marchó antes de que ella encontrara algo mejor que decir. Annetha permaneció junto al muelle.

Fredh apareció poco después.

Miró primero a Hakon alejándose.

Después a ella.

—No.

Fredh frunció el ceño.

No necesitaba responder; la expresión bastó.

—Lo ibas a hacer.

—Solo iba a preguntar qué pasa.

—Nada.

Fredh esperó.

Annetha echó a andar.

Él la siguió.

—Hakon va a marcharse.

Fredh tardó medio segundo.

—Ah.

—No hagas ese sonido.

—¿Cuál?

—Ese.

—Solo he dicho «ah».

Annetha aceleró el paso.

Fredh siguió a su lado.

—¿Y tú quieres que se marche?

—No importa.

—No te he preguntado eso.

Annetha se detuvo.

—No.

Fredh también.

—¿No qué?

—No quiero que se marche.

La frase quedó entre ambos.

Annetha sintió el impulso de retirarla.

No lo hizo.

Fredh no sonrió.

Eso ayudó.

—Entonces tendrás que hacer algo con esa información.

—No sé qué.

—Eso ya es otro problema.

Annetha volvió a caminar.

—No estoy diciendo que quiera casarme con él.

—No he dicho que lo hagas.

—Ni que esté enamorada.

—Tampoco.

—Entonces deja de mirarme así.

Fredh suspiró.

—Sigo sin saber qué cara pongo.

Annetha estuvo a punto de sonreír.

No lo hizo.

Llegaron a la casa de gobierno.

Dentro había trabajo esperando.

Naok seguía preso.

Vardek seguía siendo una amenaza.

Eso debería haber ocupado toda su cabeza.

No Hakon.

Pero la idea de que pudiera desaparecer del fiordo se le había quedado dentro como algo incómodo. Horas después, cuando ya había conseguido concentrarse en otros asuntos, alguien entró con prisas. —Señora.

Annetha levantó la vista.

El hombre respiraba agitado.

Fredh estaba al otro lado de la mesa.

—¿Qué ocurre?

—Noticias de Vardek.

Annetha se puso de pie.

—Habla.

—Está moviendo hombres y provisiones. Parece que abandona su posición. Fredh se acercó.

—¿Hacia dónde?

—Todavía no está claro.

Annetha sintió cómo todo lo demás desaparecía.

—¿Cuándo?

—Ya.

No después.

No mañana.

Ahora.

Annetha miró a Fredh.

—Entonces también nos movemos nosotros.

Él asintió.

La conversación con Hakon quedó atrás.

No resuelta.

Pero ya no había tiempo.

Vardek estaba intentando desaparecer.

PARTE IV

LA SANGRE DEL FIORDO