La Sangre del Fiordo (Vayrkan nº 1) Capítulo 19 Vardek
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Capítulo 19 Vardek

La primera respuesta llegó de un puerto pequeño al sur.

No era una confesión.

Era un nombre.

Vardek.

Annetha lo escuchó en silencio.

El hombre que había traído la información era comerciante y conocía a Fredh desde hacía años. Había aceptado hablar porque recordaba algo que, en su momento, no le había parecido importante.

—Preguntaba por Vayrkan —dijo.

Annetha apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Cuándo?

—Poco antes de vuestra última expedición.

Fredh estaba a su lado.

—¿Qué preguntaba exactamente?

—Rutas. Días de salida. Por dónde solíais regresar.

Annetha sintió cómo se le tensaba la mandíbula.

—¿Dijo por qué?

—Comercio.

—¿Le creíste?

El hombre dudó.

—Entonces sí.

Annetha asintió.

No lo culpó.

Una pregunta sobre rutas no era extraña entre gente que vivía del mar.

Pero ahora ya no era solo una pregunta.

—¿Estaba solo?

—No siempre.

—¿Naok estaba con él?

El hombre la miró.

—Alguna vez.

Fredh cruzó los brazos.

—¿Los conocías?

—A Vardek de vista. A su hijo menos.

Annetha se incorporó.

—¿Algo más?

—No.

No era mucho.

Pero era suficiente para seguir.

Durante los días siguientes aparecieron otras piezas.

Un navegante recordó haber visto a Vardek hablar con hombres de distintas embarcaciones. Un comerciante confirmó que había preguntado por el movimiento de Vayrkan. Otro recordó a Naok cerca de uno de los lugares donde habían pasado antes de la emboscada. Nada por separado demostraba el plan entero.

Junto empezaba a hacerlo.

Annetha extendió sobre la mesa las notas que habían reunido.

—Nos siguieron sin seguirnos.

Fredh la miró.

—¿Qué quieres decir?

—No necesitaban una nave detrás. Solo saber dónde íbamos a estar.

Jhoserk señaló una de las rutas marcadas.

—Con suficiente información podían calcular por dónde regresaríamos.

—Y preparar el punto.

Fredh asintió.

Annetha miró el nombre escrito varias veces.

Vardek.

—Naok no organizó esto solo.

—No —dijo Fredh.

—Él participó.

—Sí.

—Pero alguien decidió hacerlo.

Jhoserk apoyó un dedo sobre la mesa.

—Y alguien consiguió hombres y barcos.

Annetha volvió a mirar el nombre.

—Vardek.

No sonaba a descubrimiento.

Sonaba a algo que llevaba semanas esperando tener forma.

Fredh se apoyó en el borde de la mesa.

—Hay otra parte.

Annetha levantó la vista.

—¿Cuál?

—Naok vino a casarse contigo.

—Eso ya lo sabemos.

—Ahora sabemos que no fue después de conocerte.

Annetha se quedó quieta.

Fredh continuó:

—La emboscada fue antes.

Ella entendió.

El plan había cambiado.

No había empezado con un matrimonio.

Había empezado con muertos.

—Debían matarnos a todos —dijo.

Jhoserk asintió.

—Y no lo consiguieron.

Annetha miró el broche.

—Entonces Naok vino aquí.

Fredh no respondió.

No hacía falta.

Annetha se levantó despacio.

—No quería casarse conmigo.

—No solo.

—Quería entrar en el señorío.

La frase le resultó repulsiva.

De pronto recordó cada palabra de Naok.

“Nuestras decisiones.”

“Podría ocuparme.”

“No sería uno más.”

No había sido arrogancia improvisada.

Era la forma en que pensaba.

—Y Vardek —dijo Annetha.

Fredh la miró.

—¿Qué pasa con él?

—Si Naok entraba por mí, Vardek necesitaba otro acceso. Jhoserk frunció el ceño.

—¿Mharilya?

Annetha sintió un golpe de rabia.

—Sí.

Fredh negó lentamente.

—¿Sabemos que pensaba hacerlo?

—Todavía no.

Annetha volvió a sentarse.

—Quiero saberlo.

La respuesta llegó al día siguiente.

Un hombre que había tratado con Vardek en otro asentamiento recordó una conversación posterior a la muerte de Gorghot.

Vardek había preguntado por Mharilya.

Si vivía sola.

Si seguía teniendo influencia.

Si continuaba cerca del gobierno.

No había llegado a acercarse.

No tuvo tiempo.

Naok fue rechazado.

Después llegó el incendio.

Annetha escuchó la información sin interrumpir.

Cuando el hombre terminó, Fredh le dio las gracias y lo acompañó fuera.

Annetha se quedó sola un momento.

Después entró Mharilya.

—Me han dicho que querías verme.

Annetha levantó la cabeza.

No sabía cómo explicarlo sin ensuciar algo.

—Vardek preguntó por ti.

Mharilya frunció el ceño.

—¿Quién?

—El padre de Naok.

Eso bastó.

Mharilya se sentó.

—¿Por qué?

Annetha no adornó la respuesta.

—Creemos que pensaba acercarse a ti después de la muerte de padre.

Mharilya permaneció en silencio.

No parecía asustada.

Parecía ofendida.

—¿Acercarse?

—Para conseguir influencia.

La boca de Mharilya se endureció.

—Qué hombre tan estúpido.

Annetha soltó aire.

No esperaba esa respuesta.

—Madre.

—¿Qué?

—Estamos hablando de alguien que ayudó a preparar la muerte de tu marido.

—Lo sé.

Mharilya la miró.

—Y después creyó que yo iba a dejarlo entrar en mi casa. Annetha vio la furia bajo aquella calma.

No añadió nada.

Mharilya se levantó.

—Encuéntralo.

—Lo haré.

—Y no por mí.

Annetha sostuvo su mirada.

—No.

Mharilya salió.

Fredh regresó poco después.

—¿Cómo está?

—Furiosa.

—Bien.

Annetha lo miró.

—¿Bien?

—Me preocuparía más si estuviera asustada.

Annetha casi sonrió.

No tuvo tiempo.

Un hombre entró sin anunciarse.

Venía del muelle.

—Señora.

Annetha se puso de pie.

—¿Qué ocurre?

—Han llegado noticias.

Fredh se volvió.

—¿De dónde?

El hombre respiró antes de hablar.

—Vardek sabe que Naok está preso.

Annetha sintió que todo encajaba.

—¿Cómo?

—No lo sabemos. Pero está reuniendo hombres. Moviendo cosas. —¿Hacia dónde?

—Todavía no está claro.

Fredh miró a Annetha.

—Va a marcharse.

—O a borrar lo que pueda antes.

Jhoserk entró detrás del mensajero.

Había oído lo suficiente.

—Si sabe que Naok puede hablar, no se quedará quieto. Annetha miró el nombre sobre la mesa.

Vardek.

Hasta ese momento había sido una pista.

Ahora se estaba moviendo.

Y eso significaba que también sabía que el tiempo se le acababa.