Capítulo 17 Lo que no debía saber
El asentamiento olía a humo.
A la luz del día, los daños parecían peores.
Una casa había perdido parte del tejado. Dos construcciones menores estaban prácticamente destruidas y varias paredes seguían negras por el fuego. Cerca de los almacenes, hombres y mujeres retiraban madera quemada y separaban lo que todavía podía aprovecharse.
Annetha recorrió la zona antes de ir a ver a Naok.
No quería interrogarlo enfadada.
Seguía estándolo.
Pero quería entrar sabiendo qué había ocurrido.
Fredh la esperaba junto a una de las construcciones que habían utilizado para encerrar al prisionero. —¿Mharilya?
—Bien.
—¿Hakon?
—Dice que bien.
Fredh hizo una pausa.
—Así que probablemente le duele.
—Sí.
Annetha miró la puerta.
—¿Ha hablado?
—Solo para pedir que lo soltemos.
—Qué extraño.
Entraron.
Naok estaba sentado contra la pared, con las manos atadas delante.
Había dormido poco.
No parecía asustado.
Molesto, sí.
Annetha se quedó de pie.
—Buenos días.
Naok la miró.
—¿Lo son?
—Para algunas personas.
Fredh cerró la puerta.
Naok observó a ambos.
—Ya os dije que estáis cometiendo un error.
Annetha se apoyó contra la mesa.
—Entonces ayúdame a corregirlo.
—Soltándome.
—Otra opción.
Naok sonrió sin humor.
—No tengo nada que decir.
—Te encontraron huyendo de la zona donde había comenzado uno de los incendios. —Me estaba alejando del fuego.
—Con un cuchillo.
—Había caos.
—Y varios testigos te vieron cerca de un almacén poco antes de que ardiera. Naok dejó de sonreír.
—¿Quién?
—No importa.
—Importa si están mintiendo.
—Tendrás oportunidad de decirlo.
Annetha lo observó.
—¿Por qué estabas allí?
—Porque estaba en el asentamiento.
—Eso tampoco responde.
—No sabía que necesitaba permiso para caminar.
Fredh permanecía en silencio.
Naok lo miró.
—¿No vas a decir nada?
—Todavía no.
Naok volvió hacia Annetha.
—Me rechazaste. Ahora hay un incendio y decides que soy culpable. —No he decidido todavía qué eres.
—Parece que sí.
Annetha se acercó un paso.
—Si lo hubiera decidido, esta conversación sería mucho más corta.
Naok guardó silencio.
—¿Quién prendió los otros focos?
—No lo sé.
—¿Había más gente contigo?
—No había nadie conmigo.
—Entonces tuviste una noche muy ocupada.
Él apretó la mandíbula.
Annetha lo vio.
No era una confesión.
Pero tampoco la reacción de alguien sorprendido por la acusación.
—No podías provocar todos los fuegos solo —dijo.
Naok no respondió.
—Así que había más.
—Eso lo dices tú.
—Sí.
Annetha esperó.
Nada.
Fredh se movió por primera vez.
—No va a hablar.
—Ya lo sé.
Naok sonrió.
—Por fin uno de los dos entiende algo.
Annetha lo miró.
—Quizá.
Se apartó de la mesa.
—Lo dejamos aquí.
Naok levantó la cabeza.
—¿Eso es todo?
—Por ahora.
Annetha caminó hacia la puerta.
Fredh la siguió.
—Siempre puedes mandar hombres detrás de cualquiera que te moleste — dijo Naok. Annetha se detuvo.
—¿Qué?
—Eso hiciste ayer.
Ella se volvió.
Naok continuó:
—Unos cuantos hombres, una orden y ya tienes a quien culpar. Parece que has aprendido rápido. —No necesito hombres para culparte.
—No. Solo necesitas decidir que lo hiciste.
Fredh dio un paso.
Annetha levantó una mano.
—Déjalo.
Naok la miraba directamente.
—Quizá sea así como vas a gobernar. Si algo sale mal, encuentras a alguien y lo haces pagar. Annetha sostuvo su mirada.
—¿Como cuando atacaron Vayrkan?
Algo pasó por la cara de Naok.
Demasiado rápido.
Pero Annetha lo vio.
—Aquello fue diferente —dijo él.
Fredh dejó de moverse.
Annetha mantuvo la voz tranquila.
—¿Diferente cómo?
Naok se encogió de hombros.
—Os atacaron en el mar.
—Eso lo sabe todo el mundo.
—Y sobrevivisteis.
—También.
Naok sonrió.
—Por poco.
Annetha esperó.
Él debería haberse detenido.
No lo hizo.
—Si la otra nave hubiera cerrado antes cuando fingisteis virar hacia ella, no habríais conseguido pasar entre las dos.
El silencio fue inmediato.
Naok lo notó.
Demasiado tarde.
Fredh lo miró sin pestañear.
Annetha sintió que algo se le endurecía dentro del pecho.
—¿Qué has dicho?
Naok apartó la vista.
—Nada.
—Repítelo.
—He dicho que escapasteis.
—No.
Annetha se acercó.
—Has dicho cómo.
Naok no respondió.
Fredh habló por primera vez.
—Eso nunca se contó.
Naok levantó los ojos.
—Se habla en los puertos.
—No de eso —dijo Fredh.
Su voz había cambiado.
Ya no había ninguna ligereza.
—Ni siquiera aquí.
Annetha recordó el momento.
Gorghot herido.
Jhoserk buscando una salida.
El giro hacia la nave enemiga.
La corrección.
El hueco.
Los remos entrando en el agua.
Aquello lo habían visto los hombres de Vayrkan. Y quienes intentaban matarlos.
Nadie más.
Annetha se agachó delante de Naok.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo habrá contado alguien.
—¿Quién?
—No sé.
—Dame un nombre.
Naok calló.
—Un puerto.
Nada.
—Una persona.
Nada.
Fredh respiró despacio.
—Annetha.
Ella levantó una mano.
Todavía no.
Miró a Naok.
—Estuviste allí.
—No.
La respuesta llegó demasiado deprisa.
—Sabes exactamente cómo salimos.
—He oído historias.
—No esa.
—No puedes demostrarlo.
Annetha se levantó.
Ahora estaba enfadada.
Pero ya no era el incendio.
Era otra cosa.
Más antigua.
—No queríais nuestra carga.
Naok no dijo nada.
—No queríais Vayrkan.
Silencio.
—Queríais matarnos.
Naok sostuvo su mirada.
No confesó.
Tampoco necesitaba hacerlo.
Annetha dio un paso atrás.
—Que siga vigilado.
Fredh asintió.
Abrieron la puerta.
Naok habló antes de que salieran.
—No sabes nada.
Annetha se volvió.
—Sé que acabas de decirme algo que no podías saber. Y salió.
Fredh cerró detrás de ellos.
Durante unos segundos caminaron sin hablar. El asentamiento seguía trabajando.
Martillos.
Madera.
Cubos.
Personas reparando lo que el fuego había dejado. Annetha se detuvo.
—Fredh.
Él ya sabía.
—Sí.
—No fue una emboscada cualquiera.
Fredh miró hacia los muelles.
Vayrkan estaba allí.
Reparada.
Viva.
—No.
Annetha sintió que volvía a ver a Gorghot con la lanza clavada en el costado. Aquellos hombres no habían aparecido por casualidad.
Los habían esperado.
Habían preparado el lugar.
Y Naok conocía la maniobra con la que habían conseguido escapar. —También iban a matarnos a nosotros —dijo Fredh.
Annetha lo miró.
Fredh no hablaba solo de ella.
Hablaba de él.
De Jhoserk.
De cada hombre que había estado sobre aquella cubierta.
Annetha volvió la vista hacia la puerta donde Naok seguía preso. La muerte de Gorghot acababa de cambiar.
Ya no era solamente la consecuencia de un ataque.
Alguien la había planeado.