Capítulo 16 Fuego
El primer tejado ya ardía cuando Annetha llegó.
El segundo empezó a prender mientras cruzaba la calle.
No era un accidente.
Había demasiada distancia entre ambos focos.
—¡Agua al almacén! —gritó—. ¡No dejéis que llegue a las reservas!
La gente corría en todas direcciones.
Annetha agarró a un hombre por el brazo.
—Tú, al muelle. Que preparen cubos y mantengan libre el acceso a Vayrkan.
Él asintió y salió corriendo.
Hakon apareció a su lado.
—¿Qué hago?
Annetha señaló las casas más cercanas al fuego.
—Saca a la gente. Después vuelve.
No preguntó nada.
Se marchó.
Fredh llegó desde otra calle.
—Hay otro foco junto a los talleres.
Annetha apretó la mandíbula.
—Eso confirma que es provocado.
—Sí.
—Divide gente. Primero personas, después almacenes y barcos. Las casas que ya estén perdidas se dejan. Fredh asintió.
—Entendido.
Una ráfaga levantó chispas.
El fuego saltó a una estructura pequeña.
Alguien gritó.
Annetha corrió hacia allí.
Dos mujeres intentaban sacar sacos de una construcción próxima.
—¡Dejad eso!
—Hay comida dentro.
—Habrá comida para nadie si os quemáis.
Las apartó y llamó a dos hombres.
—Tirad agua sobre esa pared. No intentéis entrar.
El calor empezaba a cerrar el paso.
Annetha volvió a mirar alrededor.
Demasiada gente.
Demasiado ruido.
Necesitaba orden.
—¡Escuchad!
Varias cabezas se volvieron.
—Los que tengan cubos, al pozo y al agua. Los demás, sacad personas y animales de las zonas cercanas. Nadie entra solo en una casa en llamas.
La instrucción empezó a propagarse.
No solucionaba el incendio.
Pero detenía el caos.
Annetha buscó a Mharilya.
No la vio.
Se volvió hacia una mujer que venía con un cubo vacío.
—¿Has visto a mi madre?
—Estaba ayudando cerca del almacén pequeño.
Annetha miró hacia allí.
El fuego había alcanzado ya parte de la calle.
—Mierda.
Echó a correr.
Hakon apareció desde el otro lado.
—¿Qué pasa?
—Mi madre está allí.
Fue suficiente.
Los dos aceleraron.
Encontraron a Mharilya junto a una casa donde varias personas trataban de sacar a una mujer mayor. —¡Madre!
Mharilya se volvió.
—Estoy bien.
Una viga ardiente cayó detrás de ella.
La salida quedó medio bloqueada.
Annetha frenó.
—¡No os mováis!
Hakon miró el fuego.
—Hay paso por el lateral.
—Es estrecho.
—Pero hay paso.
Annetha lo agarró del brazo antes de que avanzara.
—No hagas ninguna estupidez.
—No pensaba hacerlo.
Mintió mal.
Hakon rodeó la estructura.
Annetha se movió hacia el otro lado intentando encontrar una segunda entrada. No había.
El humo empeoraba.
—¡Hakon!
No respondió.
Un instante después apareció dentro del espacio cercado por el fuego. Agarró a la mujer mayor por debajo de los brazos.
—Mharilya, detrás de mí.
—Puedo caminar.
—Entonces camina.
El techo crujió.
Annetha vio caer brasas.
—¡Ahora!
Hakon empujó primero a la mujer hacia el paso.
Mharilya la ayudó.
Una parte de madera se desprendió.
Hakon levantó un brazo para protegerse.
La pieza le golpeó el hombro y lo obligó a caer de rodillas.
—¡Hakon!
Se levantó.
Demasiado rápido.
Agarró a Mharilya y la empujó hacia la salida.
Annetha alcanzó a su madre.
Después ayudó a sacar a la otra mujer.
Hakon salió último.
Tenía la manga quemada.
Annetha lo agarró.
—Te dije que no hicieras ninguna estupidez.
—Y no la he hecho.
—Te ha caído media casa encima.
—Una parte pequeña.
Mharilya lo miró.
—Está sangrando.
Hakon observó su hombro.
—No mucho.
Annetha estaba a punto de responder cuando oyó un grito diferente.
—¡Aquí!
Fredh.
Venía corriendo con dos hombres.
—Hemos visto a alguien cerca del almacén antes de que prendiera.
—¿Quién?
—No lo sé. Ha salido hacia las casas del este.
Annetha miró a Hakon.
Él ya estaba en movimiento.
—No uses ese hombro —dijo ella mientras echaba a correr.
—Eso sí puedo prometerlo.
Fredh salió tras ellos con dos hombres.
Encontraron al desconocido detrás de una construcción, alejándose del fuego en lugar de ayudar a contenerlo.
Uno de los Whalfaye intentó cortarle el paso. El hombre sacó un cuchillo.
Annetha reconoció la cara.
Naok.
Él reaccionó primero. Empujó al hombre que tenía delante y corrió.
—¡Naok!
Fredh tomó una calle lateral. Annetha y Hakon siguieron de frente.
Naok alcanzó un paso estrecho entre dos casas. Hakon se adelantó lo suficiente para cerrarle la salida sin cargar el hombro herido.
Naok frenó. Al volverse encontró a Annetha detrás y a Fredh entrando por el lateral.
Quedó encerrado.
Sacó el cuchillo.
—Apartaos.
Annetha desenvainó las dagas.
—Suéltalo.
Naok respiraba deprisa.
—No sabes qué está pasando.
—Sé que huyes de un incendio con un arma en la mano.
—Eso no prueba nada.
Fredh se colocó a su izquierda.
—Entonces te encantará explicarlo.
Naok miró las salidas.
No tenía ninguna.
Naok amagó con avanzar. Hakon le golpeó la muñeca con la mano sana y el cuchillo cayó al suelo. Fredh lo apartó de una patada.
Dos hombres sujetaron a Naok.
—Llevadlo a un lugar seguro —ordenó Annetha—. Atado. Vigilado. Naok la miró.
—Te estás equivocando.
Annetha sostuvo su mirada.
—Ya veremos.
No tenía tiempo para más.
Se volvió hacia el asentamiento.
El fuego seguía activo.
Naok quedó atrás.
No era el momento de interrogarlo.
Primero había que salvar lo que todavía podía salvarse.
Annetha regresó corriendo.
Horas después, el último foco quedó bajo control.
No habían salvado todas las casas.
Ni todos los recursos.
Pero el fuego no había llegado a Vayrkan.
Los almacenes principales seguían en pie.
Y nadie había muerto.
Annetha estaba cubierta de hollín.
Hakon tenía el hombro vendado.
Mharilya se había negado a marcharse hasta que todo terminó. Fredh se acercó.
—Naok sigue preso.
Annetha miró los restos humeantes.
—Bien.
—¿Lo interrogamos ahora?
Ella negó.
—Al amanecer.
Fredh asintió.
Annetha observó los distintos puntos donde había empezado el fuego. Demasiados.
Demasiado separados.
Demasiado bien elegidos.
Aquella noche nadie había intentado destruir una casa.
Habían intentado desorganizar todo el asentamiento.
Y Naok estaba en medio de aquello.