La Sangre del Fiordo (Vayrkan nº 1) Capítulo 15 El hombre que se queda
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Capítulo 15 El hombre que se queda

Hakon dejó de preguntar dónde debía ponerse las cosas.

Annetha se dio cuenta cuando lo vio entrar en uno de los almacenes con un saco al hombro y salir sin que nadie tuviera que indicarle nada.

También sabía ya qué camino evitaba el barro cuando llovía, dónde se guardaban las herramientas de los muelles y a qué hora convenía acercarse a la zona de comida si quería encontrar algo caliente.

Pequeñas cosas.

Demasiado pequeñas para tener importancia.

Y, sin embargo, Annetha las notaba.

—Te estás acostumbrando —dijo.

Hakon dejó el saco sobre una mesa.

—A algunas cosas.

—Eso suena peligroso.

—Todavía puedo marcharme.

Annetha lo miró.

Él sonrió.

—Era una posibilidad, ¿no?

—Sigue siéndolo.

—Bien.

Hakon recogió otro saco.

Annetha siguió caminando antes de que la conversación se alargara.

No entendía por qué aquella respuesta le había molestado.

Hakon no había prometido quedarse.

Ella tampoco se lo había pedido.

Durante las semanas anteriores había dejado de intentar cansarlo.

No había decidido hacerlo.

Simplemente había ocurrido.

Ya no buscaba el trabajo más desagradable para asignárselo ni esperaba verlo fracasar en alguna tarea. Hakon trabajaba.

Eso era todo.

Algunos días en los muelles.

Otros ayudando en una embarcación.

En ocasiones salía con hombres que conocían mejor el bosque o participaba en tareas que necesitaban fuerza y varias manos.

No intentaba convertirse en imprescindible.

Eso hacía más difícil ignorarlo.

Annetha llegó a Vayrkan cerca del mediodía. Fredh estaba sobre cubierta.

Hakon también.

Los dos discutían junto a un escudo.

—No —decía Fredh.

—Sí.

—No tienes ni idea.

—Lo he visto.

Fredh señaló el borde.

—Eso ocurrió porque estaba mal sujeto. Hakon negó.

—O porque lo golpeaste contra la borda. —No lo golpeé.

Annetha subió.

—¿Qué habéis roto?

Los dos se volvieron.

—Nada —respondieron a la vez.

Annetha miró el escudo.

Había una marca reciente en un lado. —Claro.

Fredh señaló a Hakon.

—Dice que es mía.

—Porque lo es.

—No puedes demostrarlo.

—Te vi hacerlo.

—Entonces deja de mirarme tanto.

Hakon soltó una carcajada.

Annetha cruzó los brazos.

—¿Esto es lo que hacéis cuando no estoy? Fredh asintió.

—Trabajamos mucho mejor.

—Bájate de mi barco.

—Soy el segundo.

—Precisamente por eso deberías dar ejemplo. Fredh miró a Hakon.

—¿Ves cómo me trata?

—Empiezo a entender muchas cosas. Annetha señaló la marca.

—Arregladlo.

—No necesita arreglo —dijo Fredh.

—Ahora sí.

Fredh abrió la boca.

Annetha ya se marchaba.

Oyó a Hakon reír detrás.

Aquella amistad había aparecido casi sin que nadie la buscara. Al principio Fredh había observado a Hakon porque estaba cerca de Annetha. Ahora se buscaban incluso cuando ella no estaba.

Discutían.

Trabajaban juntos.

Se burlaban el uno del otro.

Annetha había esperado cierta competencia entre ambos.

No llegó.

Fredh no tenía nada que demostrar.

Hakon tampoco parecía interesado en hacerlo.

Le gustaba más así.

Aunque empezaban a resultar insoportables juntos.

Aquella tarde Annetha regresó a casa antes de que oscureciera. Mharilya estaba terminando una prenda junto a la ventana.

—Has vuelto pronto.

—No tanto.

—Todavía hay luz.

Annetha dejó las dagas sobre una superficie cercana.

—Estoy aprendiendo.

Mharilya levantó la mirada.

—¿A descansar?

—No exageres.

Annetha se sentó.

Su madre continuó trabajando.

—He visto a Hakon esta mañana.

Annetha cerró los ojos.

—No.

—¿No qué?

—No empieces.

—Solo he dicho que lo he visto.

—Te conozco.

Mharilya sonrió.

—Parecía ocupado.

—Lo estaba.

—Parece que ya conoce a bastante gente.

Annetha cogió una fruta de la mesa.

—Lleva semanas aquí.

—Sí.

Mordió la fruta.

Mharilya hizo dos puntadas.

—¿Sigue molestándote?

Annetha masticó.

—A veces.

—Eso no responde.

—Entonces la pregunta era mala.

Su madre la miró por encima de la tela.

Annetha suspiró.

—Me molesta menos.

—Ah.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Ese sonido.

Mharilya volvió a coser.

Fredh se limitó a sonreír.

Annetha pensó en Fredh.

—Últimamente todo el mundo dice eso.

La tarde terminó sin nada especial.

Cenaron.

Hablaron de asuntos pequeños.

Mharilya le contó que una de las mujeres del asentamiento necesitaba ayuda con unas prendas para sus hijos. Annetha mencionó una reparación que todavía quedaba pendiente cerca del muelle.

No hablaron de matrimonio.

Ni de candidatos.

Ni de Gorghot.

Durante un rato, la casa pareció simplemente una casa.

Annetha descubrió que echaba de menos eso.

Ya era de noche cuando salió un momento al exterior.

Necesitaba aire.

El asentamiento estaba tranquilo.

Algunas luces seguían encendidas.

Oyó voces cerca de los muelles.

Fredh y Hakon regresaban juntos.

Hakon llevaba algo bajo el brazo.

Fredh hablaba.

—Te digo que mañana estará arreglado.

—Eso dijiste esta mañana.

—Tengo otras responsabilidades.

—Romper escudos, principalmente.

Annetha sonrió antes de que la vieran.

—¿Seguís con eso?

Fredh levantó la cabeza.

—Él sigue.

—Porque tú sigues mintiendo.

Annetha miró a Hakon.

—Pensaba que ibas a cansarte.

—Yo también.

Hubo un instante de silencio.

Hakon pareció darse cuenta de lo que acababa de decir. Annetha también.

Fredh los miró a ambos.

—Voy a dejar esto aquí.

Annetha le señaló.

—Ni se te ocurra.

—¿Qué?

—Lo que estés pensando.

Fredh levantó las manos.

Fredh se limitó a sonreír.

Se alejó.

Hakon negó con la cabeza.

—Es buen amigo.

—Cuando duerme.

—No lo he visto dormir.

—Entonces aún no lo sabes.

Hakon sonrió.

Annetha lo miró un momento.

Había algo diferente.

No en él.

En la forma en que ella empezaba a verlo.

Ya no pensaba primero en el hombre que había llegado como candidato. Pensaba en Hakon.

Y eso era bastante peor.

Un grito cortó la noche.

Annetha giró la cabeza.

Otro llegó desde el centro del asentamiento.

Después alguien gritó una sola palabra.

—¡Fuego!

Annetha vio el resplandor aparecer detrás de los tejados.

Hakon ya estaba corriendo.

Ella salió tras él.