Capítulo 14 Otra manera de mandar
Vayrkan dejó atrás el fiordo con viento favorable.
Annetha permaneció cerca de popa mientras Jhoserk observaba la costa.
—¿Cuánto hasta el primer punto?
—Si el viento sigue así, unas horas.
—¿Y si cambia?
—Más.
—Eso ya lo había calculado yo.
Jhoserk sonrió apenas.
—Entonces vamos bien.
Fredh pasó junto a ellos.
—¿Ya estáis discutiendo?
—No —dijo Annetha.
—Todavía —añadió Jhoserk.
Annetha negó con la cabeza.
La salida no tenía nada de extraordinario.
Y eso era exactamente lo que necesitaba.
No había enemigos.
No había una tormenta acercándose.
No había hombres gritando ni madera rompiéndose.
Solo una nave que debía encontrar a otra.
Era la primera vez que Annetha llevaba Vayrkan al mar como capitana y no quería convertir aquello en algo más grande de lo que era.
Miró la vela.
Después la costa.
—Jhoserk.
—¿Sí?
—¿Mantendrías esta distancia?
El navegante tardó unos segundos.
—Por ahora.
—¿Por qué?
—Más cerca iríamos protegidos si cambia el viento, pero perderíamos velocidad.
Fredh se acercó.
—Y si la embarcación que buscamos está dañada, es más probable que la encontremos cerca de costa. Annetha miró a ambos.
—Entonces nos acercamos un poco.
Jhoserk asintió.
—No demasiado.
La maniobra fue sencilla.
Annetha dio la orden.
Vayrkan corrigió.
Nadie hizo un gesto especial.
Eso le gustó.
Había esperado sentir algo distinto al mandar.
Más peso.
Más ruido.
No ocurrió.
Daba una orden y la tripulación actuaba.
Como había hecho con Gorghot.
La diferencia era que ahora las decisiones terminaban en ella.
Pasó la mañana sin novedades.
Encontraron restos de una cuerda flotando cerca de la costa, pero Jhoserk descartó que fueran recientes. Más tarde vieron una pequeña embarcación de pesca.
No era la que buscaban.
Annetha empezó a impacientarse.
—Seguimos demasiado al norte.
Jhoserk negó.
—Todavía no.
—Llevamos horas.
—Eso no cambia la ruta.
Fredh la miró.
Annetha lo notó.
—¿Qué?
—Nada.
—Di algo.
—Jhoserk conoce mejor esta costa.
Annetha apretó la mandíbula.
—Ya lo sé.
—Entonces escucha.
La frase le molestó.
No porque fuera incorrecta.
Precisamente por eso.
Annetha miró hacia delante.
—Jhoserk.
—Aquí.
—¿Dónde buscarías tú ahora?
Él señaló una pequeña entrada entre roca y bosque.
—Ahí.
—¿Por qué?
—Si la nave tuvo problemas antes de regresar, ese es el mejor refugio en varias millas. Annetha observó la costa.
Desde mar abierto apenas se distinguía.
—Vamos.
Jhoserk levantó una ceja.
—¿Eso significa que tengo razón?
—Significa que vamos.
Fredh soltó una risa.
Annetha lo ignoró.
Se acercaron con cuidado.
La entrada resultó más estrecha de lo que parecía.
Annetha ordenó reducir velocidad.
—No necesitamos entrar demasiado —dijo Jhoserk.
—¿Se puede ver desde aquí?
—Todavía no.
Annetha esperó.
Un poco más.
Entonces apareció.
Una nave.
Inclinada hacia un lado.
No hundida.
Dañada.
—Ahí —dijo Fredh.
Annetha sintió alivio.
No satisfacción.
Habían tenido suerte.
—Acércanos.
Jhoserk negó.
—Despacio. Hay roca bajo el agua.
Annetha miró.
No veía nada.
—¿Seguro?
—Sí.
—Entonces tú marcas el paso.
Jhoserk empezó a dar indicaciones.
Annetha las convirtió en órdenes.
La tripulación respondió.
Llegaron lo bastante cerca para ver movimiento en la otra embarcación.
Hombres.
Vivos.
Uno levantó un brazo.
Fredh soltó aire.
—Parece que hemos venido a tiempo.
No había ataque.
No había tragedia.
Solo una embarcación dañada por una mala maniobra y varios hombres esperando ayuda. Annetha habló con ellos desde cubierta.
Habían golpeado una zona de roca oculta y abierto parte del casco. Habían logrado alcanzar refugio, pero no podían regresar sin reparación.
—Podemos llevarlos —dijo Fredh.
Annetha miró la nave.
—¿Y dejarla?
—Si el tiempo empeora, no podrán repararla ahora.
Jhoserk asintió.
—Conviene salir antes de que el viento cambie.
Annetha tomó la decisión.
—Que suban. Recogemos lo que puedan transportar y volvemos.
Los hombres obedecieron.
No hubo discusión.
Durante el regreso, el viento empezó a girar.
Jhoserk lo notó primero.
—Si seguimos pegados a costa, perderemos tiempo.
Annetha miró el cielo.
—¿Abrimos?
—Sí.
Fredh observó el mar.
—Habrá más movimiento.
—Pero llegaremos antes.
Annetha tomó unos segundos.
—Abrimos.
Vayrkan respondió.
El viaje de vuelta fue incómodo.
Nada más.
Algunos hombres terminaron empapados.
Uno vomitó.
Fredh se burló de él hasta que Annetha le recordó que la última vez había sido él.
—Eso fue distinto.
—Claro.
—Habíamos bebido.
—Mucho.
—Precisamente.
Hakon estaba cerca y soltó una risa.
Fredh lo miró.
—Tú no opines.
—No he dicho nada.
—Te estás riendo.
—Eso no requiere permiso.
Annetha los escuchó desde popa.
Por primera vez desde que Hakon había llegado, ambos parecían hablar como hombres que ya se conocían. No como extraños.
Ni como rivales.
Annetha volvió la mirada al mar.
El fiordo apareció antes del anochecer.
Cuando Vayrkan entró, nadie esperaba una celebración.
Habían salido a buscar una nave.
Habían encontrado a sus hombres.
Habían regresado.
Eso era todo.
Fredh se acercó mientras preparaban el atraque.
—No ha ido mal.
—¿Esperabas otra cosa?
—Esperaba que intentaras hacerlo todo tú.
—He dado todas las órdenes.
—No es lo mismo.
Annetha miró a Jhoserk, que seguía vigilando la maniobra.
Después a la tripulación.
—No.
Ya empezaba a entenderlo.
Mandar no consistía en saber más que todos.
Consistía en escuchar lo necesario y ser quien finalmente decidía. Vayrkan tocó el muelle.
Annetha dio la última orden.
Y esta vez no necesitó preguntarse si la tripulación la reconocía como capitana. Ya estaban actuando como si siempre lo hubiera sido.