Capítulo 13 Capitana
Vayrkan estaba lista.
No perfecta.
Nunca lo estaba.
Habían sustituido parte de la borda, reparado el daño del casco y cambiado los remos que no pudieron salvarse. Aún se distinguía madera nueva junto a la antigua, más oscura por los años de agua y sal.
Annetha pasó la mano por una de las tablas.
—Aguantará —dijo el carpintero.
—No he preguntado.
—Llevas un rato mirándola.
Annetha retiró la mano.
—Entonces sí he preguntado.
El hombre sonrió y regresó a su trabajo.
Habían pasado varias semanas desde la muerte de Gorghot.
Las suficientes para que Vayrkan volviera a flotar preparada.
No las suficientes para que Annetha dejara de buscar a su padre sobre cubierta de vez en cuando. Fredh apareció desde popa.
—Tenemos un problema.
—Eso es una forma agradable de empezar el día.
—Una embarcación no ha regresado.
Annetha dejó de mirar la borda.
—¿Cuál?
—La que salió hacia el norte con herramientas y grano para intercambio.
—¿Cuándo debía volver?
—Ayer.
Annetha frunció el ceño.
Un día no significaba necesariamente peligro.
El tiempo podía retrasar una travesía.
Una reparación.
Una corriente mal calculada.
—¿Noticias?
—Ninguna.
—¿El tiempo?
—Jhoserk dice que empeorará mañana.
Eso sí cambiaba las cosas.
—¿Dónde está?
—Esperándote.
Jhoserk estaba junto a la casa de gobierno con una pequeña representación de la costa trazada sobre madera y marcas hechas con carbón.
Annetha se inclinó sobre ella.
—¿Ruta prevista?
Jhoserk señaló.
—Aquí. Bordearían esta zona y después regresarían.
—¿Dónde podría haberlos retrasado el viento?
Él indicó dos puntos.
—Si tuvieron un problema antes de llegar aquí, podrían haberse refugiado. Si fue después, estarán más expuestos.
Fredh cruzó los brazos.
—Podemos mandar una nave pequeña.
Jhoserk negó.
—Si el tiempo empeora, prefiero algo que aguante mejor.
Los tres callaron.
Annetha sabía qué nave.
No hacía falta pronunciar el nombre.
—Vayrkan —dijo.
Fredh la miró.
—Sí.
Annetha volvió la vista al dibujo.
—¿Cuánto tardamos en estar fuera?
—Poco —respondió Fredh—. Agua y comida para una salida corta. La tripulación necesaria. —Armas.
—También.
—No sabemos qué ha ocurrido.
—Precisamente.
Annetha asintió.
—Prepárala.
Fredh no se movió.
Ella levantó la cabeza.
—¿Qué?
—¿Quién manda?
La pregunta no sonó como un desafío.
Eso la hizo más difícil.
Annetha miró hacia los muelles.
Desde la muerte de Gorghot, Fredh había sostenido cuanto había sido necesario alrededor de Vayrkan. Reparaciones. Organización. Hombres. Preparativos.
Sin llamarse capitán.
Sin comportarse como si lo fuera.
—Tú eres el segundo —dijo Annetha.
—Sí.
—Eso no ha cambiado.
—No.
Jhoserk permaneció callado.
Annetha entendió lo que Fredh estaba haciendo.
No quería el puesto.
Pero tampoco podía dejarlo vacío para siempre.
—Podrías llevarla hoy —dijo Annetha.
Fredh negó.
—Podría hacerlo si hiciera falta.
—Entonces hazlo.
—No es lo mismo.
Annetha lo miró.
Fredh señaló hacia Vayrkan.
—Gorghot ha muerto. La nave necesita capitán.
La palabra cayó entre ellos.
Annetha bajó la vista hacia el mapa.
—Ser Señora no me convierte en capitana.
—No.
—Ser su hija tampoco.
—No.
Fredh no estaba facilitándoselo.
Annetha agradeció que no lo hiciera.
—He navegado en ella toda mi vida.
—También otros.
—He trabajado como cualquiera.
—Sí.
—Y nunca la he mandado.
—Hasta que lo hagas.
Annetha levantó la mirada.
Fredh sostuvo la suya.
No había ceremonia.
Ni una tripulación esperando una proclamación.
Solo una nave que necesitaba salir y una decisión que alguien tenía que tomar. Annetha respiró.
—Prepara Vayrkan.
Fredh esperó.
—Yo la capitanearé.
Él asintió.
Nada más.
Jhoserk recogió la tablilla.
—Entonces conviene que salgamos antes de que el viento gire.
—¿Vas a empezar ya?
—Si eres capitana, voy a decirte cuando tomes demasiado tiempo en tierra.
Fredh sonrió.
—Se acostumbra rápido.
Annetha salió hacia los muelles.
La noticia no necesitó anunciarse.
La tripulación empezó a reunirse.
Algunos hombres la miraron cuando subió a bordo.
No con sorpresa.
Con atención.
Annetha conocía esas caras.
Había remado junto a ellos.
Había comido con ellos.
Había sangrado sobre aquella misma cubierta.
Eso no significaba que le debieran obediencia como capitana.
Ahora tenía que ganarla de otra manera.
Fredh subió detrás.
—Agua preparada.
—¿Comida?
—También.
—¿Armas?
—Revisadas.
Annetha miró a Jhoserk.
—Ruta.
Él explicó la primera parte del trayecto y el punto donde tendrían que decidir si continuar bordeando costa o abrirse más al mar.
Annetha escuchó.
—Tomamos costa mientras podamos.
Jhoserk asintió.
—Eso haría yo.
—Por eso te he preguntado.
Fredh pasó junto a ella.
—Empieza bien.
Annetha le dio una mirada.
—No abuses de tu puesto.
—Mi puesto consiste en molestarte cuando hace falta. —Eso lo hacías antes.
—Tengo experiencia.
Los últimos hombres subieron.
Vayrkan se separó del muelle.
Annetha ocupó su lugar.
No el de Gorghot.
El suyo.
Eso era importante.
Miró hacia delante.
La entrada del fiordo esperaba a lo lejos.
—Soltad.
Las cuerdas fueron recogidas.
La vela empezó a elevarse.
El viento la tomó.
Vayrkan respondió.
Annetha sintió el movimiento bajo los pies. Conocido.
Distinto.
Fredh estaba a su lado, pero medio paso atrás. Jhoserk observaba el agua.
Nadie preguntó quién daba la siguiente orden. Annetha señaló hacia la salida.
—Al mar.
Vayrkan empezó a avanzar.
Y por primera vez, lo hizo bajo su mando.
PARTE III
FUEGO EN EL FIORDO