La Sangre del Fiordo (Vayrkan nº 1) Capítulo 12 Espada y dagas
36%

Capítulo 12 Espada y dagas

Annetha odiaba la espada.

No porque no supiera usarla.

Porque siempre sentía que llegaba tarde con ella.

Paró el golpe de Hakon y retrocedió un paso.

—Otra vez.

Hakon bajó el arma.

—No.

Annetha frunció el ceño.

—¿No?

—Estás repitiendo lo mismo.

—Estoy entrenando.

—Estás entrenando el mismo error.

Annetha apoyó la punta de la espada de madera contra el suelo. —Ilumíname.

Hakon se acercó.

—Entras demasiado.

—Porque si me quedo fuera no llego.

—Con las dagas.

—¿Qué pasa con ellas?

—Que combates con la espada como si todavía las llevaras. Eso la hizo callar.

Hakon levantó su propia arma.

—Con esto tienes más alcance. No necesitas buscar siempre el cuerpo. —Ya sé que es más larga.

—No lo parece.

Annetha apretó los labios.

—Eres muy agradable enseñando.

—No estoy enseñando.

—¿Entonces qué haces?

—Intento que dejes de golpearme mal.

Annetha alzó la espada.

—Eso tiene solución.

Atacó.

Hakon bloqueó.

Esta vez ella no avanzó tanto.

El choque de madera sonó seco.

Hakon respondió con un golpe lateral.

Annetha retrocedió.

Otro.

Bloqueó.

—Mejor —dijo él.

—No hables.

Hakon sonrió.

Annetha atacó de nuevo.

Pasaron varios minutos.

Nada espectacular.

Golpes.

Correcciones.

Distancia.

La parte que más le costaba era no hacer lo que su cuerpo llevaba años acostumbrado a hacer. Entrar.

Cerrar espacio.

Buscar un ángulo corto.

La espada pedía otra cosa.

Hakon detuvo el siguiente intercambio.

—La postura.

—¿Qué tiene?

—Te estás preparando para moverte como con las dagas.

—Otra vez las dagas.

—Son tu problema.

—Mis dagas no tienen ningún problema.

—No. Tú sí.

Annetha le lanzó una mirada.

Hakon se colocó a su lado.

—Pon el pie así.

Ella corrigió.

—No tanto.

Hakon tocó con la punta del pie la posición del de ella.

—Ahí.

Annetha volvió a intentarlo.

Notó la diferencia.

La odiaba.

Porque funcionaba.

—Otra vez —dijo Hakon.

Entrenaron hasta que Annetha consiguió mantener mejor la distancia. Cuando terminó el último intercambio, respiraba más deprisa. Hakon también.

Annetha dejó caer el brazo.

—Bien.

—Eso significa que tenía razón.

—Significa que no ha sido una pérdida total de tiempo.

—Es casi lo mismo.

Annetha dejó la espada de entrenamiento.

Después desató las dos dagas de madera que llevaba a los lados. Hakon la observó.

—¿Qué haces?

Ella le tendió una.

—Tu turno.

Él miró el arma.

—No.

—¿No?

—Eso ha sonado a venganza.

—Claro que no.

Hakon la miró.

Annetha le tendió la segunda daga.

—Confía en mí.

—Eso lo empeora.

Aun así, las cogió.

Annetha recuperó la espada.

—Atácame.

Hakon observó las dagas.

Una era más larga y estrecha.

La otra, más corta y ancha.

—¿Cuál hace qué?

—Descúbrelo.

—Tú has recibido explicaciones.

—Porque las necesitaba.

Hakon soltó una risa.

Después avanzó.

Demasiado recto.

Annetha desvió la daga larga con la espada y dio un paso atrás. —Mal.

—Ha sido un golpe.

—Ha sido una invitación a que te atraviese.

Hakon volvió a colocarse.

—Entonces dime qué hago.

—Acércate.

—¿A una espada?

—Ahora empiezas a entender.

Él probó otra vez.

Annetha mantuvo la distancia.

Hakon intentó entrar.

Ella retrocedió.

—No llegas.

—Me he dado cuenta.

—Pues haz algo.

Hakon amagó con una daga y entró con la otra.

Annetha consiguió apartarse.

—Mejor.

—Gracias.

—Sigues muerto.

—Qué ánimo das.

Annetha sonrió.

Repitieron.

Esta vez Hakon empezó a entender cómo usar la daga corta para desviar la espada y ganar espacio. No lo hacía con naturalidad.

Pero aprendía rápido.

En uno de los intercambios consiguió entrar demasiado cerca.

Annetha levantó la espada, pero ya no tenía espacio para usarla bien.

Hakon frenó la daga larga junto a su costado.

—Ahora estás muerta tú.

Annetha miró el arma.

Después a él.

—No.

—Creo que sí.

Annetha soltó la espada.

Antes de que Hakon reaccionara, agarró su muñeca, giró sobre sí misma y le hizo perder el equilibrio. Hakon cayó de espaldas.

Annetha quedó encima de él, sujetándole la muñeca contra el suelo.

—Ahora estás en el suelo.

Hakon la miró.

—Eso no formaba parte del ejercicio.

—El suelo suele formar parte de una pelea.

—Conveniente.

Annetha iba a contestar.

No lo hizo.

Habían quedado demasiado cerca.

Lo notó de golpe.

La respiración de Hakon todavía estaba acelerada por el entrenamiento. La de ella también.

Annetha podía ver con demasiada claridad el azul de sus ojos. Hakon dejó de sonreír.

No apartó la mirada.

Annetha tampoco.

Durante un instante ninguno se movió.

Después ella soltó su muñeca y se levantó.

—Has bajado la guardia.

Hakon se incorporó.

—Creo que tú también.

Annetha recogió la espada.

—No.

—Claro.

Le quitó las dagas de las manos.

Hakon se puso en pie.

—Tengo una conclusión.

—No te la he pedido.

—Con espada eres impaciente.

Annetha ajustó las dagas en su cintura.

—Y tú con dagas ocupas demasiado espacio.

—Soy más grande.

—Ese es tu problema.

Hakon sonrió.

—Entonces tendremos que seguir practicando.

Annetha negó.

—No.

—¿No?

—Ya has tenido suficiente humillación por hoy.

—Pensaba que había terminado encima.

Annetha lo miró.

Hakon tardó apenas un instante en darse cuenta de cómo había sonado. Fredh apareció en ese momento al borde del espacio de entrenamiento. —¿He llegado en mal momento?

Annetha cerró los ojos.

—Sí.

Fredh miró primero a Hakon.

Después a ella.

—Entonces vuelvo más tarde.

—Fredh.

Él levantó las manos.

Fredh sonrió y decidió no añadir nada.

Annetha recogió sus cosas.

Hakon seguía sonriendo.

—Tú tampoco digas nada.

—No pensaba hacerlo.

—Bien.

Annetha se marchó.

Había aprendido dos cosas aquella tarde.

La primera era que Hakon tenía razón sobre la espada.

La segunda le resultaba bastante más incómoda.

Estar demasiado cerca de él ya no le parecía una buena idea.