La Sangre del Fiordo (Vayrkan nº 1) Capítulo 11 Todavía no
33%

Capítulo 11 Todavía no

Hakon seguía allí cuatro días después.

Annetha empezó a considerarlo una provocación.

No porque hiciera nada especialmente molesto.

Ese era parte del problema.

Ayudaba donde hacía falta, comía con los demás y no parecía necesitar que nadie le recordara que estaba en un asentamiento ajeno. Había colaborado en la descarga de una embarcación, llevado madera hasta los talleres y pasado una mañana entera ayudando a reparar unas redes.

Sin quejarse.

Annetha lo encontró cerca de los muelles con una cuerda enrollada al hombro.

—Pensaba que habías venido a buscar esposa.

Hakon la miró.

—Eso me dijeron también de ti.

—Yo vivo aquí.

—Ventaja importante.

Annetha señaló la cuerda.

—¿Qué haces?

—La llevo al almacén.

—Ya veo eso.

—Entonces no entiendo la pregunta.

Ella apretó los labios.

—Podrías haberte quedado sentado esperando a que alguien decidiera si sirves como marido. —Podría.

—Pero no.

—Me aburriría.

Annetha echó a andar.

Hakon la siguió.

—¿Vienes?

—El almacén está en esta dirección.

—Claro.

Caminaron unos metros.

—Mañana saldrá gente al bosque —dijo Annetha—. Necesitan madera para varias reparaciones. —Bien.

—Es un trabajo pesado.

—También bien.

Annetha lo miró de reojo.

—Puede llover.

—He visto lluvia antes.

—El terreno estará mal.

—También he visto barro.

Annetha se detuvo.

Hakon hizo lo mismo.

—¿Tienes respuesta para todo?

—No.

—No lo parece.

—Pregúntame algo difícil.

Annetha estuvo a punto de hacerlo.

Se contuvo.

—Mañana vas con ellos.

—De acuerdo.

Hakon retomó el camino.

Annetha lo observó alejarse.

Fredh apareció detrás de ella.

—Muy sutil.

Annetha ni se volvió.

—No sé de qué hablas.

—Claro.

—Necesitan manos.

—Y casualmente has pensado en él.

Annetha lo miró.

—¿Quieres ir tú?

—No.

—Entonces deja de opinar.

Fredh sonrió.

—Solo intento ayudar.

—Ese argumento empieza a cansarme.

—No tanto como Hakon, por lo visto.

Annetha se marchó antes de contestar.

Al día siguiente llovió de verdad.

No demasiado.

Lo suficiente para convertir el camino del bosque en barro y hacer que el trabajo resultara más lento. Annetha fue también.

No por Hakon.

Al menos eso se dijo.

Necesitaba comprobar qué madera estaba disponible y hablar con quienes conocían mejor las zonas de corte. Después del error con las reparaciones de Vayrkan, había decidido preguntar antes de ordenar.

Hakon estaba ya allí cuando llegó.

Tenía barro hasta media pierna.

—Te queda bien —dijo Annetha.

Él miró sus botas.

—Estaba pensando lo mismo.

—Aún puedes volver.

—Tú también.

Annetha siguió andando.

Trabajaron durante horas.

No juntos todo el tiempo.

Eso le permitió observarlo sin tener que admitir que lo hacía.

Hakon no intentaba destacar.

Cuando alguien sabía más, escuchaba.

Cuando le pedían fuerza, la ponía.

Cuando no sabía hacer algo, preguntaba.

Annetha esperaba descubrir alguna grieta en aquella calma.

No apareció.

Al mediodía comieron sentados bajo una cubierta improvisada.

Hakon se dejó caer cerca de ella.

Annetha le miró las manos.

Tenía un corte pequeño en un nudillo.

—Estás herido.

Hakon observó la marca.

—Creo que sobreviviré.

—No estés tan seguro.

—¿Esperabas algo peor?

Annetha mordió un trozo de pan.

—Esperaba que te cansaras.

—Ah.

Ella lo miró.

Hakon sonreía.

—¿Qué?

—Nada.

—Di lo que estás pensando.

—Estás intentando que me marche.

Annetha dejó de masticar.

Hakon esperó.

—¿Y está funcionando?

Él miró el barro.

Luego la madera acumulada.

Después sus manos sucias.

—Todavía no.

Annetha soltó una risa antes de poder evitarlo.

Hakon la oyó.

Eso pareció divertirlo más.

—No te emociones.

—Tu cara sí.

—Me temo que no puedo controlar todo.

Annetha terminó el pan.

—Deberías aprender.

—¿Eso haces tú?

La pregunta llegó sin malicia.

Aun así, ella lo miró.

Hakon sostuvo la mirada.

—Estoy trabajando en ello —respondió Annetha.

Él asintió.

No hizo ninguna broma.

Aquello la sorprendió más que cualquier respuesta.

Por la tarde regresaron al asentamiento con la ropa húmeda y barro hasta las rodillas. Fredh estaba cerca del muelle cuando los vio.

—Bonita jornada.

Annetha pasó junto a él.

—Ni una palabra.

Fredh miró a Hakon.

—¿Qué ha pasado?

—Creo que sigo siendo candidato.

—Eso parece.

Annetha se volvió.

—Puedo arreglarlo ahora mismo.

Hakon levantó las manos.

—Por una vez.

Fredh se echó a reír.

Annetha continuó hacia casa.

A mitad de camino se dio cuenta de algo que le molestó más de lo que debería. Hakon llevaba varios días en el fiordo. Y todavía no tenía ganas de que se marchara.