La Sangre del Fiordo (Vayrkan nº 1) Capítulo 9 ¿Qué más?
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Capítulo 9 ¿Qué más?

Al tercer candidato, Annetha dejó de fingir interés.

—¿Qué más?

El hombre parpadeó.

Mharilya, sentada a un lado de la estancia, bajó la vista para ocultar una sonrisa.

—Tengo tierras —dijo él.

—Ya lo has dicho.

—Ganado.

—También.

El hombre pareció buscar algo nuevo.

—Sé combatir.

Annetha apoyó la barbilla en una mano.

—Eso no es raro aquí.

Fredh estaba junto a la pared, demasiado callado.

Annetha sabía por qué.

Si abría la boca, probablemente ella lo echaría.

El candidato siguió hablando de su familia, de sus posesiones y de la buena impresión que, según él, causaría una unión entre ambos.

Annetha escuchó lo suficiente.

Cuando terminó, se incorporó.

—Gracias por venir.

El hombre entendió.

No pareció contento, pero se marchó sin discutir.

En cuanto la puerta se cerró, Fredh habló.

—Ha ido bien.

Annetha lo miró.

—Di una palabra más.

—No he dicho nada malo.

—Todavía.

Mharilya acomodó la tela que estaba cosiendo.

—Quedan dos.

Annetha dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Dijiste que serían pocos.

—Son pocos.

—Tu concepto de pocos necesita revisión.

Fredh se acercó a la mesa.

—Podrían haber venido veinte.

—No les des ideas.

La puerta volvió a abrirse.

Entró otro hombre.

Annetha enderezó la espalda.

No porque quisiera impresionarlo.

Porque ya estaba allí.

La conversación fue casi igual que las anteriores.

Familia.

Trabajo.

Propiedades.

Capacidad para defender una casa.

Buenas intenciones.

Annetha hizo preguntas.

El hombre respondió.

No había nada especialmente malo en él.

Tampoco nada que la hiciera querer seguir escuchando.

Cuando se marchó, Annetha miró a Mharilya.

—¿Qué más?

Fredh soltó una risa.

—Ahora sí lo has dicho con sentimiento.

Annetha cogió una nuez de la mesa y se la lanzó.

Fredh la atrapó.

—Gracias.

—No era un regalo.

—Lo es ahora.

Mharilya negó con la cabeza.

—Queda uno.

Annetha se dejó caer contra el respaldo.

—Que pase.

La puerta se abrió.

El hombre que entró no parecía incómodo.

Eso fue lo primero que Annetha notó.

Lo segundo fue el cabello negro.

Lo llevaba recogido sin demasiado cuidado. Era alto, fuerte sin resultar desproporcionado y se movía como alguien acostumbrado a barcos, trabajo y armas.

Después levantó la vista.

Ojos azules.

Annetha se incorporó.

No mucho.

Lo suficiente.

Fredh lo vio.

Mharilya también.

Eso le molestó de inmediato.

El hombre se detuvo a una distancia prudente.

—Hakon.

Annetha esperó.

—¿Solo Hakon?

—Por ahora.

Fredh tosió.

Annetha no lo miró.

—Siéntate.

Hakon lo hizo.

No parecía impresionado por el broche.

Ni por la casa.

Ni especialmente por ella.

Eso también le molestó.

—¿Sabes por qué estás aquí? —preguntó Annetha.

—Sí.

—Bien. Nos ahorra tiempo.

—Eso esperaba.

Annetha entrecerró los ojos.

—¿De dónde vienes?

Hakon explicó que procedía de un asentamiento costero a varios días por mar. Había trabajado en expediciones comerciales, protección de cargamentos y navegación.

Annetha escuchó.

—¿Tienes tierras?

—Mi familia tiene lo suficiente.

—¿Ganado?

—Algo.

—¿Sabes combatir?

Hakon la miró.

—Sí.

Annetha esperó.

—¿Nada más?

—¿Quieres que haga una lista?

Fredh giró la cabeza hacia la pared.

Annetha lo vio de reojo.

—Los anteriores la hicieron.

—Entonces ya habrás oído suficientes.

Ella apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Por qué has venido?

—Porque me dijeron que la nueva Señora de los Whalfaye debe considerar matrimonio. —Eso explica cómo te enteraste. No por qué viniste.

Hakon tardó un instante.

—Curiosidad.

Annetha arqueó una ceja.

—¿Has navegado varios días por curiosidad?

—También necesitaba viajar.

—Conveniente.

—Mucho.

Annetha lo estudió.

No parecía nervioso.

Tampoco arrogante.

Eso era más difícil de manejar.

—¿Y esperas volver casado?

—No.

La respuesta llegó tan rápido que Fredh dejó de mirar la pared. Annetha frunció el ceño.

—¿No?

—No te conozco.

—Has venido como candidato.

—Sí.

—Eso suele significar que quieres casarte.

—Significa que estoy dispuesto a considerar la posibilidad. Annetha se quedó en silencio.

Hakon continuó:

—Supongo que tú haces lo mismo.

—Yo no he navegado hasta tu casa.

—No.

—Entonces no estamos en la misma situación.

—No exactamente.

Fredh tenía ya una mano tapándole la boca.

Annetha decidió ignorarlo.

—Explícate.

Hakon apoyó los antebrazos sobre las piernas.

—Si vamos a hablar de matrimonio, prefiero saber con quién sería. —¿Y qué pensabas hacer? ¿Examinarme?

—Conocerte.

—No es lo mismo.

—Depende de cómo lo hagamos.

Annetha sintió una irritación extraña.

No desagradable.

Peor.

Interesante.

—¿Y si no te gusto?

—Me marcharé.

Fredh dejó escapar un ruido ahogado.

Annetha giró la cabeza.

—¿Tienes algún problema?

—Ninguno.

—Pues respira más bajo.

Fredh asintió solemnemente.

Mharilya no estaba ayudando.

Miraba su costura con demasiada atención.

Annetha volvió hacia Hakon.

—¿Y si tú no me gustas?

—Imagino que harás lo mismo.

—Yo no puedo marcharme.

—Puedes decirme que lo haga yo.

Eso era cierto.

Annetha lo odiaba un poco por ello.

—¿Siempre respondes así?

—Solo cuando me preguntan.

—Podrías intentar ser más agradable.

Hakon pensó la respuesta.

—Podría.

Annetha esperó.

No añadió nada.

Fredh se dio la vuelta del todo.

Annetha estuvo a punto de echarlo.

—¿Cuánto tiempo piensas quedarte?

—No lo sé.

—¿No has pensado nada antes de venir?

—Sí. He pensado que quedarme un rato sería más útil que sentarme aquí a explicarte por qué seríamos una buena pareja sin conocerte.

Annetha miró a Mharilya.

Su madre seguía cosiendo.

Traición absoluta.

—¿Y qué quieres hacer mientras tanto?

—Lo mismo que haría si no estuviera aquí por esto. Trabajar. Conocer el lugar. No estorbar demasiado. —Eso último me interesa.

—Lo intentaré.

Annetha se quedó mirándolo.

Hakon sostuvo la mirada sin desafío.

Sin bajar los ojos tampoco.

Era distinto.

No sabía todavía si para bien.

—Puedes quedarte unos días.

—Bien.

—No significa nada.

—No pensaba que significara algo.

Annetha apretó los labios.

—Fredh.

—¿Sí?

—Busca dónde puede alojarse.

Fredh se apartó de la pared.

—Claro.

Hakon se levantó.

—Señora.

Annetha hizo un gesto con la cabeza.

Él salió con Fredh.

La puerta se cerró.

Mharilya dio tres puntadas antes de hablar.

—Te has incorporado.

Annetha la miró.

—¿Qué?

—Cuando entró.

—Estaba mal sentada.

—Llevabas dos horas mal sentada.

Annetha abrió la boca.

No encontró respuesta.

Mharilya sonrió.

Annetha señaló la costura.

—Sigue con eso.

—Eso hago.

Annetha miró la puerta.

Los otros hombres habían llegado explicándole por qué ella debía escogerlos.

Hakon había venido a decidir si él quería escogerla.

No sabía qué hacer con aquello.

Lo único que tenía claro era que, por primera vez en toda la mañana, no había tenido ganas de preguntar: