La Sangre del Fiordo (Vayrkan nº 1) Capítulo 8 La condición
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Capítulo 8 La condición

Annetha dejó el cuenco sobre la mesa.

—No.

Mharilya siguió cosiendo.

—Todavía no he preguntado nada.

—Vas a hacerlo.

—Entonces ahórrame tiempo.

Annetha se recostó en el banco.

Había terminado tarde.

Otra vez.

El día había sido mejor que los anteriores. Había escuchado antes de decidir. Había dejado dos asuntos menores en manos de quienes podían resolverlos sin ella.

Aun así, seguía sintiendo que todo llegaba a la vez.

Mharilya cortó un hilo con los dientes.

—Han empezado a preguntar.

Annetha cerró los ojos.

—Claro.

—No demasiados.

—Eso no lo mejora.

—Algunos quieren saber cuándo recibirás candidatos.

Annetha abrió los ojos.

—Hace poco más de una semana que enterramos a mi padre.

—Lo sé.

—Parece que ellos no.

Mharilya dejó la prenda sobre sus piernas.

—Nadie está exigiendo que te cases mañana.

—Solo quieren saber cuándo pueden empezar a desfilar hombres delante de mí.

—Dicho así suena peor.

—Porque es peor.

Mharilya la observó.

—¿Qué es lo que te molesta realmente?

Annetha soltó una risa sin humor.

—¿Necesitas una lista?

—Tengo tiempo.

Annetha se levantó.

Fue hasta el fuego y movió una de las piezas de leña con la punta de una herramienta. —He visto lo que pasa cuando un marido decide que una mujer ya no necesita decidir por sí misma. Mharilya no respondió.

—He visto a una mujer dejar de trabajar porque a él no le gustaba. A otra tener que pedir permiso hasta para visitar a su hermana. Y otra que acabó viviendo pendiente del humor de su marido.

—Lo sé.

Annetha se volvió.

—Entonces entiendes que no me entusiasme.

—Entiendo que no quieras ninguno de esos matrimonios.

—¿Hay mucha diferencia?

Mharilya arqueó una ceja.

Annetha se arrepintió en cuanto lo dijo.

Miró la habitación.

La mesa que Gorghot había reparado hacía años seguía junto a la pared. La capa de Mharilya colgaba donde siempre. El lugar de su padre en la casa estaba vacío.

—Sí —dijo finalmente—. La hay.

Mharilya recogió de nuevo la prenda.

—Tu padre podía ser insoportable.

Annetha la miró.

—Eso no deberías decirlo ahora que está muerto.

—No pienso volverlo mejor porque haya muerto.

Annetha sonrió apenas.

—Era obstinado.

—Mucho.

—Tú tampoco cedías.

—Precisamente.

Mharilya hizo pasar la aguja por la tela.

—Nos queríamos. Eso no significaba que estuviéramos de acuerdo en todo.

Annetha regresó a la mesa.

—Él nunca intentó gobernarte.

—No tenía por qué.

—Hay hombres que no necesitan motivos.

Mharilya dejó la costura.

—Entonces no elijas a uno de esos.

Annetha la miró en silencio.

—La tradición dice que debo casarme.

—Sí.

—No que deba gustarme.

—No.

—Ni que tenga que aceptar al primero que aparezca. —Tampoco.

Annetha apoyó los antebrazos sobre la mesa. —¿Y si todos esperan tener alguna parte del señorío? —Los rechazas.

—¿Y si son diez?

—Rechazas a diez.

—¿Veinte?

—Espero que tengas paciencia.

Annetha soltó aire.

—No tengo tanta.

—Eso sí me preocupa.

Durante unos segundos solo se oyó el fuego. Mharilya volvió a hablar.

—Tu marido no será Señor.

—Lo sé.

—Ni tendrá autoridad porque se case contigo. —También lo sé.

—Entonces asegúrate de que él lo sepa.

Annetha bajó la vista.

Aquello era el verdadero problema.

No el matrimonio.

El hombre.

La posibilidad de elegir mal.

—No quiero alguien que vea el broche antes que a mí. Mharilya asintió.

—Entonces mira tú también antes de elegir. Annetha jugueteó con el borde del cuenco.

—¿Tú querías casarte con padre desde el principio? Mharilya sonrió.

—No.

Annetha levantó la cabeza.

—¿No?

—Me parecía demasiado seguro de sí mismo. —Lo era.

—Y hablaba como si todo tuviera solución. —También.

—Después descubrí que algunas veces tenía razón. —Qué decepción.

Mharilya sonrió.

—No decidí por lo que decía delante de otros. Decidí por cómo era cuando no necesitaba impresionar a nadie.

Annetha pensó en ello.

—¿Y si no quiero a ninguno?

—Entonces no eliges a ninguno. Por ahora.

Eso era lo máximo que la tradición le concedía.

Tiempo.

No libertad completa.

Pero tiempo.

Annetha se quedó callada un momento.

—Bien.

Mharilya esperó.

—¿Bien qué?

—Recibiré candidatos.

Su madre no sonrió.

Annetha agradeció que no lo hiciera.

—Cuando tú decidas.

—Dentro de unos días.

—Está bien.

—Y no quiero media aldea metida aquí mirando.

—Lo organizaré de forma sencilla.

Annetha frunció el ceño.

—No he dicho que lo organices tú.

Mharilya arqueó una ceja.

Annetha suspiró.

—Ayúdame.

—Eso suena mejor.

Annetha la señaló.

—No saques conclusiones.

Mharilya volvió a coser.

—Demasiado tarde.

Annetha se quedó allí, mirando el fuego.

No había cambiado de opinión sobre el matrimonio.

Seguía desconfiando.

Seguía odiando que una tradición pudiera condicionar algo tan íntimo.

Pero había una diferencia entre obedecer y elegir dentro de lo que no podía evitar.

Si tenía que recibir hombres, los recibiría.

Si alguno pretendía colocarse por delante de ella, no necesitaría mucho tiempo para verlo. Y después podría mostrarle la puerta.