Capítulo 7 Demasiadas manos
Annetha llevaba toda la mañana resolviendo asuntos que podían haber esperado.
Lo sabía.
Siguió haciéndolo.
Había revisado dos veces las reservas de grano, discutido la reparación de una parte del muelle, preguntado por las redes que necesitaban sustituirse antes del invierno y terminado en uno de los almacenes comprobando personalmente unas cuentas que ya habían pasado por otras manos.
Cuando salió, Fredh estaba apoyado contra la pared.
—¿Qué haces aquí?
—Esperarte.
—¿Desde cuándo?
—Desde que entrabas.
—Podías haberte ido.
—Podía.
—Entonces no te quejes.
Fredh se separó de la pared.
—No me quejo. Estoy intentando comprender por qué la Señora de los Whalfaye necesita contar sacos. —No los estaba contando.
—Claro.
Annetha echó a andar.
Fredh la siguió.
—Estaba comprobando una diferencia.
—¿Y?
—Faltaban dos.
—¿Los encontraste?
—Estaban en el almacén pequeño.
—Entonces hemos salvado el fiordo.
Annetha se detuvo.
—¿Tienes algo útil que decir?
—Sí.
—Sorpréndeme.
Fredh señaló hacia los muelles.
—Vayrkan necesita una decisión sobre la madera de reparación.
—Ya la tomé.
—Eso me han dicho.
Annetha siguió caminando.
—Entonces no hay problema.
Fredh tardó un momento en responder.
—Puede que sí.
Ella volvió la cabeza.
—¿Qué ocurre?
—Has pedido usar primero la madera más seca del almacén grande.
—Es la mejor.
—Para ciertas piezas.
—Precisamente.
Fredh negó.
—No para todas.
Annetha frunció el ceño.
—¿Quién lo dice?
—El carpintero que lleva veinte años reparando barcos.
Eso la hizo callar.
Fredh continuó:
—Dice que la necesita para una parte concreta del casco. Si la gastamos ahora en reparaciones menores, tendrá que usar otra peor cuando llegue a esa zona.
Annetha apretó la mandíbula.
—Podía habérmelo dicho.
—Lo intentó.
—No habló conmigo.
—Habló con el hombre al que tú dijiste que siguiera tus instrucciones.
Annetha lo miró.
Fredh mantuvo la expresión seria.
No había burla esta vez.
—Vamos.
Llegaron al muelle poco después.
Vayrkan seguía rodeada de actividad. Habían sustituido una parte de la borda dañada y desmontado varias piezas que necesitaban reparación.
El carpintero estaba arrodillado junto a unas tablas.
Annetha se acercó.
—Me han dicho que hay un problema con la madera.
El hombre levantó la cabeza.
—No un problema todavía.
—Explícamelo.
Él dejó la herramienta.
Señaló dos grupos de tablas.
—Estas pueden servir para la borda. No son perfectas, pero aguantarán bien. Después señaló las otras.
—Estas las necesito para el casco.
Annetha observó ambas.
No veía una diferencia suficiente.
—¿Por qué?
El hombre empezó a explicarlo.
Humedad.
Veta.
Dureza.
La forma en que cada pieza trabajaría con el resto del casco.
Annetha escuchó.
A mitad de la explicación ya sabía que él tenía razón.
Eso no mejoró su humor.
—Entonces usa las que necesitas.
El carpintero asintió.
—Eso haré.
Annetha no se movió.
—La próxima vez que una orden mía te parezca mala, ven a decírmelo. El hombre la miró.
—Lo haré.
—Directamente.
—Sí, Señora.
Annetha se apartó.
Fredh caminó a su lado unos pasos.
—Ha sido doloroso.
—Cállate.
—No para mí.
Annetha siguió avanzando.
—Tomé una decisión con la información que tenía.
—Ese es el problema.
Ella se detuvo.
—¿Qué quieres decir?
Fredh la miró.
—Que no tenías toda la información.
—No puedo saberlo todo.
—Exactamente.
Annetha abrió la boca.
La cerró.
Fredh esperó.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa de estar disfrutando.
—Estoy intentando ser respetuoso.
—Te sale fatal.
Fredh sonrió apenas.
Después volvió a ponerse serio.
—Gorghot preguntaba mucho.
Annetha miró hacia Vayrkan.
—Lo sé.
—No, creo que no.
Ella giró la cabeza.
Fredh continuó:
—Sabías que preguntaba. Pero no sé si entendías cuánto.
Annetha no respondió.
—A Jhoserk sobre rutas. Al carpintero sobre madera. A gente de los campos sobre cosechas. A quien correspondiera. Luego decidía él.
Annetha bajó la vista un instante.
Había visto aquello cientos de veces.
También había pensado que su padre sabía siempre qué hacer.
Tal vez no fuera exactamente eso.
—No quiero que cada asunto termine en una discusión interminable.
—Entonces no lo permitas.
—Ni que la gente piense que puede decidir por mí.
—Preguntar no es entregar el mando.
—Hablas demasiado desde que murió mi padre.
Fredh tardó un momento en contestar.
—Alguien tiene que hacerlo.
La respuesta fue más suave de lo que esperaba.
Annetha siguió andando.
Pasaron junto a dos hombres que descargaban herramientas.
Más allá, una mujer discutía con otro hombre sobre un cercado roto.
Annetha aminoró el paso.
—¿Eso también es asunto mío?
Fredh miró.
—No.
—Bien.
—A menos que quieras pasar la tarde decidiendo dónde deben poner cada poste. Annetha lo fulminó con la mirada.
—Ya he entendido.
—No estoy seguro.
Ella siguió hacia la casa de gobierno.
Tenía tres asuntos esperando.
Uno sobre reservas.
Otro sobre un pequeño desacuerdo de tierras.
Otro sobre una próxima salida de pesca.
Hasta aquella mañana habría intentado resolverlos todos nada más llegar. Esta vez se detuvo antes de entrar.
—Fredh.
—¿Sí?
—Busca a la persona que lleva las reservas.
—¿Para qué?
—Quiero que me explique qué necesitamos revisar de verdad.
Fredh asintió.
—Y para lo de las tierras, quiero escuchar primero a quienes trabajan esa zona. —Bien.
Annetha lo miró.
—No pongas esa cara.
—Sigo sin saber qué cara es.
—La de pensar que tenías razón.
Fredh sonrió.
—No hace falta pensarla.
Annetha entró antes de responder.
Había empezado el día intentando tener las manos en todo.
Al menos ahora sabía una cosa.
Gobernar no consistía en hacerlo todo.
Consistía en saber qué debía decidir ella.