La Sangre del Fiordo (Vayrkan nº 1) Capítulo 6 El broche
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Capítulo 6 El broche

Una semana después del funeral, Annetha volvió a ponerse las dagas.

No las necesitaba.

Aun así, las ajustó a ambos lados de la cintura antes de salir de casa.

Mharilya la esperaba junto a la puerta.

—No vas a combatir.

—Ya lo sé.

—Entonces deja de tocar las empuñaduras.

Annetha apartó las manos.

No se había dado cuenta.

Su madre llevaba ropa oscura y sencilla. No había adornos nuevos ni nada que intentara convertir aquel día en una celebración.

Annetha agradecía eso.

—¿Estás preparada? —preguntó Mharilya.

—No.

—Bien.

Annetha la miró.

—¿Bien?

—Habría empezado a preocuparme si hubieras dicho que sí.

Salieron juntas.

La gente ya se reunía en el espacio comunal.

No había tarima elevada.

Ni corona.

Ni sacerdotes.

Solo hombres y mujeres Whalfaye formando un amplio semicírculo, algunos hablando en voz baja, otros esperando.

Fredh estaba entre ellos.

Jhoserk también.

Annetha reconoció rostros de los muelles, de los talleres, de los campos, de casas que conocía desde niña. Eso lo hizo peor.

No eran desconocidos ante los que pudiera representar un papel.

Eran su gente.

Y ahora esperaban algo de ella.

Fredh se acercó.

—Llegas tarde.

Annetha miró alrededor.

—No han empezado.

—Porque te estaban esperando.

—Entonces he llegado justo a tiempo.

Fredh sonrió.

—Eso suena a Gorghot.

La sonrisa de Annetha desapareció antes de terminar de formarse.

Fredh lo notó.

—Perdona.

—No.

Ella negó.

—Está bien.

No quería que el nombre de su padre se convirtiera en algo que nadie pudiera pronunciar. Un hombre mayor pidió silencio.

No ocupaba ningún cargo especial que Annetha conociera. No lo necesitaba. Había vivido suficiente tiempo entre los Whalfaye para que la gente escuchara cuando hablaba.

—Gorghot ha muerto.

Nadie se movió.

—Fue nuestro Señor. También capitaneó Vayrkan. Son responsabilidades distintas, aunque durante años recayeran en el mismo hombre.

Annetha mantuvo la vista al frente.

—La sucesión del señorío no es dudosa. Su primogénita es adulta, capaz y pertenece a su línea directa. El hombre la miró.

—Annetha.

Ella avanzó.

Sintió las miradas.

No bajó la cabeza.

Mharilya sostenía algo entre las manos.

Annetha ya sabía qué era.

El broche.

Su madre se acercó.

La pieza circular parecía más pesada que cuando la llevaba Gorghot. El metal sobrio.

Las formas vegetales alrededor.

El cuervo con las alas abiertas en el centro.

Mharilya lo sostuvo durante un instante sin colocarlo.

Sus ojos se encontraron.

Annetha vio la duda.

No porque su madre no quisiera entregárselo.

Porque hasta hacía una semana aquel broche había estado sobre la ropa de su marido. Annetha apoyó una mano sobre la de ella.

Mharilya respiró.

Después prendió el broche en la ropa de su hija.

El peso fue pequeño.

Annetha lo sintió de todos modos.

El hombre mayor habló de nuevo.

—Los Whalfaye reconocen a Annetha, hija de Gorghot y Mharilya, como Señora. No hubo gritos.

Primero, silencio.

Después algunas voces de asentimiento.

Otras se sumaron.

No era una votación.

No estaban decidiendo si querían entregarle algo que podía negársele. Estaban reconociendo lo que correspondía.

Annetha miró a la gente.

Durante un instante pensó que debía decir algo.

Un discurso.

Alguna frase que estuviera a la altura de su padre.

No encontró ninguna.

Y decidió no fingir.

—Sé lo que habéis perdido.

La voz le salió firme.

—Yo también lo he perdido.

Miró alrededor.

—No voy a intentar ser Gorghot.

Algunas personas bajaron la cabeza.

—Pero voy a hacer mi trabajo.

Nada más.

Annetha dio un paso atrás.

Fredh fue el primero en sonreír.

No ampliamente.

Solo lo suficiente.

Después la gente empezó a moverse.

La formalidad terminó casi tan rápido como había comenzado.

Habían preparado comida y bebida, pero nadie parecía dispuesto a convertir aquello en una fiesta. Annetha lo prefería.

Pasó de una conversación a otra.

Recibió respeto.

Condolencias.

Alguna felicitación que sonó incómoda incluso para quien la pronunciaba.

Respondió como pudo.

Al cabo de un rato encontró a Fredh junto a una mesa.

—¿Esto es gobernar?

Él bebió.

—Parte.

—Es agotador.

—Llevas menos de una hora.

—Exactamente.

Fredh miró el broche.

—Te queda raro.

Annetha lo fulminó.

—Gracias.

—Era demasiado fácil.

Ella sostuvo su mirada unos segundos.

Luego ambos sonrieron.

Mharilya apareció cerca.

—Annetha.

El tono bastó para que supiera que no era una conversación social.

—¿Qué ocurre?

—Hay un asunto que debes escuchar.

Annetha miró a Fredh.

—¿Ya?

—Eres Señora —dijo él—. Mala suerte.

Ella hizo un gesto hacia la bebida.

—No te acostumbres demasiado a divertirte mientras yo trabajo. —Haré el esfuerzo.

Annetha siguió a su madre hasta un extremo más tranquilo del espacio comunal. Había dos personas esperándolas.

Una habló de reparaciones en los muelles.

La otra de reservas que debían revisarse antes de que empeorara el tiempo. Annetha escuchó.

Preguntó lo necesario.

No resolvió nada en ese momento.

Les pidió cifras concretas y que regresaran al día siguiente.

Cuando se marcharon, Mharilya la observó.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso nunca significa nada.

Su madre sonrió apenas.

—Has hecho bien.

Annetha miró hacia la gente.

—No sabía suficiente para decidir.

—Precisamente.

La respuesta le molestó menos de lo que esperaba.

Volvieron a caminar.

Había algo extraño en que el día continuara.

Gorghot estaba muerto.

Y, sin embargo, había muelles que reparar.

Comida que contar.

Naves que revisar.

Disputas que llegarían.

Inviernos que no se detendrían por respeto.

Annetha tocó el broche.

El cuervo quedó bajo sus dedos.

—Hay otra cosa —dijo Mharilya.

Annetha dejó caer la mano.

—Claro.

—No tiene que ser hoy.

Aquello sonaba peor.

—Dímelo.

Mharilya dudó.

—La tradición.

Annetha frunció el ceño.

—¿Cuál?

Su madre la miró.

Y entonces lo entendió.

Annetha cerró los ojos un instante.

—No.

—No he dicho nada todavía.

—No hace falta.

Mharilya bajó la voz.

—Una Señora debe casarse dentro de un tiempo razonable para conservar el señorío. —Lo sé.

—Entonces sabes que habrá gente que empiece a hablar de ello.

Annetha miró alrededor.

De pronto tuvo la sensación de que todas las conversaciones podían tratar sobre ella. —Mi padre lleva muerto una semana.

—Y nadie sensato espera que te cases mañana.

—Qué generosos.

—Annetha.

Ella apretó los labios.

Mharilya esperó.

—No elegirán por ti —dijo al fin—. La decisión sigue siendo tuya.

—Pero tengo que decidir.

—Con tiempo.

Annetha miró hacia el fiordo.

Vayrkan seguía en reparación.

Desde allí apenas alcanzaba a distinguir la proa.

—Acabo de convertirme en Señora.

—Sí.

—¿Y ya tengo que pensar en un marido?

—Tendrás que pensarlo.

Annetha soltó aire.

Mharilya le tocó el brazo.

—No hoy.

Annetha volvió la vista hacia ella.

—Pero pronto.

Su madre no respondió.

No hacía falta.

Annetha tocó otra vez el broche.

Una semana atrás lo llevaba Gorghot.

Ahora estaba sobre ella.

El señorío.

La gente.

Las decisiones.

Y una tradición que ya empezaba a reclamar su parte.

Por primera vez desde la muerte de su padre, Annetha comprendió que regresar al fiordo no había sido el final de nada.

Solo había cambiado quién debía hacerse cargo.

PARTE II

LA SEÑORA Y EL MAR