Capítulo 5 La flecha
Mharilya dobló la capa de Gorghot y la dejó junto al cuerpo.
Annetha observó el gesto.
—Esa sí.
Su madre asintió.
No habían elegido mucho.
La capa.
Un cuchillo de trabajo que Gorghot había usado durante años.
Una pequeña pieza de madera que guardaba desde hacía tanto tiempo que Annetha no sabía ya de dónde había salido.
Nada más.
—¿El broche? —preguntó Annetha.
Mharilya negó.
—No.
Annetha entendió.
Aquel objeto no iba con él.
Todavía no.
El cuerpo de Gorghot descansaba sobre la pequeña embarcación funeraria preparada junto a la orilla. No era una nave de guerra ni pretendía parecerlo. Apenas lo necesario para llevarlo mar adentro.
Los Whalfaye habían empezado a reunirse sin que nadie tuviera que llamarlos.
Fredh estaba cerca del agua.
Jhoserk, a su lado.
También los supervivientes de Vayrkan.
Algunos heridos.
Otros con vendas.
Los dos hombres que habían muerto durante la emboscada ya habían sido entregados a sus familias. Ese día era para Gorghot.
Annetha recorrió la orilla con la mirada.
Vayrkan estaba amarrada algo más allá.
Dañada.
Inmóvil.
El cuervo de proa apuntaba hacia el agua.
No la quemarían.
Nunca.
Fredh se acercó.
—Está preparado.
Annetha asintió.
No preguntó si su madre también lo estaba.
Ninguna de las dos lo estaba.
Mharilya apoyó una mano sobre el pecho de Gorghot.
Permaneció así unos segundos.
Después se apartó.
Annetha ocupó su lugar.
Miró a su padre.
La muerte había eliminado la tensión de su cara.
Eso era lo que menos le gustaba.
Gorghot nunca había parecido tan quieto.
—Ya estás en casa —murmuró.
No dijo nada más.
No necesitaba decirlo delante de todos.
Los hombres empujaron la embarcación.
La madera raspó contra la arena.
Después flotó.
Uno de ellos la acompañó lo suficiente para darle dirección y regresó a tierra. La corriente empezó a llevársela.
Annetha tomó el arco.
Fredh le entregó la flecha preparada.
La punta estaba envuelta en material combustible.
Una pequeña llama prendió.
Annetha la colocó.
Había disparado cientos de veces.
A blancos pequeños.
Con viento.
Desde cubierta.
En movimiento.
Aquello era distinto.
Tensó la cuerda.
La embarcación se alejaba.
Podía acertar.
Lo sabía.
El problema era soltar.
Mharilya estaba junto a ella.
No la miró.
Annetha tampoco.
Mantuvo la cuerda tensa unos segundos más.
Demasiados.
Los dedos empezaron a doler.
Entonces pensó en Gorghot entrando vivo en el fiordo.
En sus ojos al ver las montañas.
En aquella única certeza.
Había regresado.
Annetha soltó.
La flecha cruzó el aire.
Cayó sobre la embarcación.
Durante un instante no ocurrió nada.
Después apareció fuego entre la madera seca y las telas.
Una llama.
Luego otra.
El viento hizo el resto.
Nadie habló.
Annetha bajó el arco.
El fuego creció mientras la pequeña embarcación se alejaba.
Mharilya tomó su mano.
Annetha no se apartó.
Vieron arder la capa.
Después parte de la borda.
La figura de Gorghot empezó a quedar escondida tras las llamas. Fredh bajó la cabeza.
Jhoserk permaneció inmóvil.
Los Whalfaye guardaron silencio.
Annetha miró una vez hacia Vayrkan.
La nave seguía allí.
Oscura.
Marcada por el combate.
Esperando reparación.
Esperando otra salida.
Pero no con Gorghot.
Annetha volvió la vista al fuego.
La corriente continuó arrastrando la embarcación hacia el centro del fiordo. Poco a poco dejó de distinguir detalles.
Solo luz sobre el agua.
Mharilya apretó su mano.
—Vamos.
Annetha tardó un momento en responder. —Sí.
Se alejaron de la orilla sin mirar atrás otra vez. El fuego siguió ardiendo sobre el fiordo. Y Vayrkan permaneció en el muelle.