La Sangre del Fiordo (Vayrkan nº 1) Capítulo 4 Entre los suyos
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Capítulo 4 Entre los suyos

Los sanadores no hicieron preguntas al principio.

Trabajaron.

Cortaron la ropa alrededor de la herida, limpiaron la sangre y examinaron el fragmento de lanza que seguía clavado en el costado de Gorghot.

Annetha permaneció junto a la pared.

No porque quisiera.

Porque estorbaba.

Mharilya estaba al otro lado de la cama.

Había llegado poco después que ellos y, desde entonces, no había soltado la mano de su marido. —Necesitamos sacarlo —dijo uno de los sanadores.

Annetha levantó la cabeza.

—¿Ahora?

El hombre asintió.

—Aquí podemos hacerlo mejor.

No dijo que fuera a salvarlo.

Annetha lo notó.

Mharilya también.

—Hazlo —dijo ella.

Gorghot estaba consciente.

Muy pálido.

—Siempre me ha gustado que tomes decisiones por mí.

Mharilya lo miró.

—Y a mí que protestes cuando no tienes fuerzas para impedirlo.

Él sonrió apenas.

Los sanadores trabajaron con cuidado.

Uno sostuvo el cuerpo de Gorghot. Otro retiró poco a poco el fragmento.

La sangre volvió a aparecer.

Annetha dio un paso.

—Atrás —dijo el sanador.

Ella obedeció.

Le costó.

Presionaron la herida. Usaron telas limpias, plantas y ungüentos. Hicieron todo lo que podían hacer. No fue suficiente.

Annetha lo entendió antes de que nadie se lo dijera.

La expresión del sanador había cambiado.

Mharilya preguntó:

—¿Cuánto?

El hombre bajó la mirada.

—No lo sé.

Gorghot abrió los ojos.

—Eso significa poco.

Nadie respondió.

Él suspiró.

—Podéis iros.

Uno de los sanadores negó.

—Debemos—

—Habéis hecho lo que podíais. El hombre miró a Mharilya. Ella asintió.

Salieron.

Annetha hizo ademán de quedarse. Mharilya la miró.

—Danos un momento.

Annetha se detuvo.

No quería salir.

Pero salió.

Cerró la puerta detrás de ella.

* * *

Mharilya esperó hasta que los pasos de Annetha se alejaron. Después volvió junto a la cama. Gorghot la observó con los ojos medio cerrados.

—No pongas esa cara.

—Estoy decidiendo si todavía tengo fuerzas para enfadarme contigo.

—Eso nunca te ha exigido demasiadas fuerzas.

Mharilya soltó una risa breve. Le tembló al final.

—No hagas bromas.

—No sé hacer muchas otras cosas desde aquí.

Ella le apartó con cuidado un mechón de la frente. Había hecho aquel gesto durante años sin pensarlo. Esa vez tuvo que obligarse a no retirar la mano demasiado rápido.

—Has vuelto —dijo.

Gorghot tardó un momento en responder.

—Sí.

—Eso era lo que querías.

—Era lo que necesitaba.

Mharilya bajó la vista hacia sus manos unidas.

—No me sirve de mucho que hayas conseguido llegar si ahora vas a dejarme aquí. Gorghot respiró despacio, esperando a que pasara el dolor.

—No quería dejarte en ninguna parte.

—Ya lo sé.

No hubo reproche en la respuesta. Eso la hizo más difícil.

Gorghot movió los dedos sobre los de ella.

—Annetha va a intentar cargar con todo.

Mharilya levantó la mirada.

—No empieces a decirme lo que tengo que hacer.

Una sombra de sonrisa apareció en la cara de él.

—Entonces todavía estamos casados.

—Hasta el último momento, por lo que veo.

—Me parecía importante comprobarlo.

Mharilya inclinó la cabeza y apoyó la frente contra la de su marido con cuidado de no moverlo. —No te voy a prometer que estaré bien.

—No te lo pediría.

—Ni que voy a ser fuerte todo el tiempo.

—Tampoco.

Ella cerró los ojos.

—Bien.

Gorghot respiró junto a ella.

—Mharilya.

—Estoy aquí.

—Lo sé.

Permanecieron así hasta que él tuvo que recostarse de nuevo. Mharilya le besó la frente, se quedó unos segundos más y después se levantó.

Antes de abrir la puerta, volvió a mirarlo. No se despidió otra vez. Ya lo había hecho. * * *

Fredh estaba sentado cerca de la entrada.

Tenía las manos apoyadas entre las rodillas.

—¿Cómo está?

Annetha se quedó de pie.

—Mal.

Fredh asintió.

No preguntó más.

Ella se sentó a su lado.

Durante un rato ninguno habló.

Annetha miró al suelo.

—No sé qué decirle.

Fredh volvió la cabeza.

—Entonces no digas nada.

—Es mi padre.

—Precisamente.

Annetha apoyó los codos en las rodillas. —Pensé que si llegábamos...

No terminó.

Fredh tampoco terminó la frase por ella. Pasaron unos minutos.

La puerta se abrió.

Mharilya salió.

Tenía los ojos rojos, pero la voz firme.

—Quiere verte.

Annetha se levantó.

Su madre la tocó en el brazo antes de que entrara. Solo eso.

Gorghot estaba peor.

La habitación parecía más silenciosa ahora. Annetha cerró la puerta.

Se acercó a la cama.

—Aquí estoy.

—Ya lo veo.

—Eso es buena señal.

—No demasiado.

Annetha se sentó.

Gorghot la observó durante unos segundos. —Has traído Vayrkan de vuelta.

Ella negó.

—Tú la trajiste.

—Todos.

Annetha bajó la mirada.

—Conseguimos traerte a casa.

—Sí.

Eso parecía importarle.

Más que cualquier otra cosa.

Gorghot giró ligeramente la cabeza.

—Tu madre está enfadada conmigo.

—¿Por qué?

—Por morirme.

Ella soltó una risa corta que se rompió antes de terminar. Gorghot la miró.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Intentar no llorar porque estoy mirando.

Annetha respiró hondo.

—No estoy intentando nada.

—Mientes peor que tu madre.

Ella bajó la cabeza.

Esta vez sí lloró.

Sin ruido.

Gorghot levantó una mano.

Le costó.

Annetha la tomó antes de que pudiera llegar hasta ella. —No quiero esto —dijo.

—Ya.

—No estoy preparada.

Gorghot apretó los dedos alrededor de los suyos. Muy poco.

—Nadie lo está.

Annetha lo miró.

Esperó algo más.

Un consejo.

Una orden.

Alguna frase que pudiera recordar durante años. Gorghot no dijo nada de eso.

Solo la miró como siempre la había mirado.

Como a su hija.

—Cuida de tu madre.

Annetha tragó saliva.

—Lo haré.

—Y deja que ella cuide de ti alguna vez.

Annetha soltó aire por la nariz.

—Eso va a ser más difícil.

—Lo sé.

El silencio volvió.

No incómodo.

Solo triste.

Gorghot cerró los ojos.

Annetha pensó que se había dormido.

Entonces él dijo:

—Me alegro de que estuvieras conmigo.

Ella apretó su mano.

—Siempre iba a estar.

Gorghot abrió los ojos una última vez.

—Lo sé.

Mharilya entró poco después.

No preguntó si debía hacerlo.

Se sentó al otro lado de la cama y tomó la otra mano de su marido. Annetha permaneció allí.

Los tres juntos.

La respiración de Gorghot se hizo cada vez más lenta. Una vez.

Otra.

Después tardó demasiado.

Mharilya se inclinó hacia él.

Annetha no se movió.

Esperó.

Una respiración más.

No llegó.

Mharilya apoyó la frente contra la mano de su marido. Annetha siguió sujetando la otra.

No hubo últimas palabras.

No las necesitaban.

Gorghot había vuelto al fiordo.

Había muerto entre los suyos.