La Sangre del Fiordo (Vayrkan nº 1) Capítulo 3 Regresamos
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Capítulo 3 Regresamos

Gorghot dejó de intentar incorporarse.

Annetha lo tomó como una mala señal.

Hasta entonces había protestado cada vez que alguien intentaba moverlo. Ahora permanecía tumbado, con una manta doblada bajo la cabeza y el fragmento de lanza inmovilizado entre telas.

La sangre seguía apareciendo.

Menos deprisa.

Pero seguía.

—No aprietes más —dijo él.

Annetha aflojó apenas.

—Si dejo de hacerlo, sangras.

—Si sigues así, me atravesarás tú.

Ella lo miró.

Gorghot tenía los labios pálidos.

Aun así, intentaba bromear.

—No te esfuerces.

—No lo hago.

Fredh se acercó.

Tenía una herida superficial en la frente y sangre seca en el cuello que no era toda suya. —La cubierta está estable.

Annetha levantó la vista.

—¿Cuántos?

Fredh tardó un instante.

—Dos muertos. Cuatro heridos que pueden seguir ayudando. Uno peor.

Annetha asintió.

No preguntó nombres todavía.

No porque no importaran.

Porque si empezaba a hacerlo, tendría que dejar de mirar a su padre.

—¿Daños?

—Borda de estribor. Un par de remos. Cuerdas. Nada que nos impida llegar.

Llegar.

Todo se reducía a eso.

Jhoserk permanecía cerca del timón, pendiente del rumbo.

Fredh lo miró.

—¿Seguimos bien?

—Mientras el viento aguante.

—¿Y si no?

Jhoserk señaló los bancos.

—Remaremos.

Annetha volvió a Gorghot.

Él tenía los ojos cerrados.

—Padre.

Los abrió.

—Estoy despierto.

—No parecía.

—Eso es porque no tengo ganas de mirarte.

Annetha apretó la mandíbula.

—Sigues hablando demasiado.

Gorghot respiró con dificultad.

—Eso te tranquiliza.

Ella no contestó.

Sí.

La tranquilizaba.

Mientras hablara, seguía allí.

Vayrkan avanzaba más despacio de lo normal.

El daño obligaba a vigilar cada cambio de viento y cada movimiento de la vela. Los hombres trabajaban sin necesidad de que nadie alzara la voz. Incluso Fredh hablaba menos.

Annetha cambió la tela.

La que retiró estaba oscura.

Demasiado.

—No la mires —dijo Gorghot.

—¿Qué?

—La tela.

—Tengo que mirarla.

—Ya sabes lo que hay.

Annetha dejó la tela a un lado.

—Y tú deberías dejar de decirme lo que tengo que hacer.

Gorghot abrió los ojos.

—Eso será difícil.

—Pues practica.

Una sombra de sonrisa pasó por su cara.

Luego desapareció.

Gorghot cerró los ojos otra vez.

Annetha le tocó el cuello.

El pulso estaba ahí.

Débil.

—Annetha.

La voz de Fredh sonó detrás.

Ella se volvió.

—Come algo.

—No.

—No era una pregunta.

—No tengo hambre.

—Me da igual.

Le tendió un trozo de pan.

Annetha lo miró.

—Fredh.

—Si te desplomas, tendré que atenderte también. —No voy a desplomarme.

—Entonces demuéstralo.

Annetha cogió el pan.

Comió dos bocados sin ganas.

Fredh no se movió.

—¿Ya?

—Más.

Ella lo fulminó con la mirada.

—Te estás acostumbrando demasiado a mandar. —Gorghot me nombró segundo por algo. Desde el suelo, Gorghot murmuró:

—Empiezo a arrepentirme.

Fredh sonrió.

—Eso ha sonado bastante bien.

Annetha terminó el pan.

Fue la última broma durante un buen rato. El viento bajó antes de media tarde.

Jhoserk lo anunció sin dramatismo.

No hacía falta.

La vela empezó a perder tensión.

—Remos —ordenó Fredh.

Los hombres ocuparon los bancos.

Annetha se levantó.

—Me quedo.

Fredh miró a Gorghot.

Después a ella.

—Quédate.

No discutió.

Annetha agradeció que no lo hiciera.

El ritmo de los remos llenó la nave.

Gorghot abrió los ojos una vez.

—¿Estamos remando?

—Sí.

—Mal asunto.

—Solo ha caído el viento.

Él la observó.

—Mientes peor que tu madre.

—No estoy mintiendo.

—Entonces has aprendido a preocuparte igual que ella. Annetha apartó la vista.

—No hables.

Gorghot obedeció.

Eso la asustó más.

Pasó tiempo sin que ninguno dijera nada.

Annetha no sabía cuánto.

El mar parecía no terminar nunca.

Una costa apareció a lo lejos.

Jhoserk la estudió.

Después corrigió el rumbo.

—Ya falta menos.

Annetha levantó la cabeza.

—¿Cuánto?

—Menos.

—Eso no es una respuesta.

Jhoserk la miró.

—Es la que tengo.

Ella volvió con Gorghot.

El color de su piel había empeorado.

—Padre.

No respondió.

Annetha le tocó la cara.

—Padre.

Gorghot abrió los ojos.

Tardó demasiado.

—Sigo aquí.

—Pues quédate.

Él respiró.

—Eso intento.

Annetha bajó la mirada.

El fragmento de lanza seguía clavado. No podía hacer nada con él.

Aquello era lo peor.

Podía pelear.

Podía remar.

Podía trabajar.

Podía soportar dolor.

No podía sacar aquella lanza.

No podía cerrar lo que había roto por dentro. —Cuando lleguemos, los sanadores— Gorghot la interrumpió.

—Cuando lleguemos, estaré en casa.

Annetha lo miró.

No era lo mismo.

Los dos lo sabían.

—Sí.

Gorghot cerró los ojos otra vez.

—Eso basta.

Annetha quiso discutir.

No lo hizo.

Se quedó junto a él.

Más tarde, Fredh se acercó de nuevo.

—Jhoserk dice que pronto veremos la entrada. Annetha levantó la cabeza.

—¿Pronto de verdad?

—Eso dice.

—No me fío de él.

—Yo tampoco, pero suele acertar.

Jhoserk los oyó.

—Puedo mandaros por otra ruta si queréis. Fredh miró a Annetha.

—¿Ves? Está recuperando el humor.

Ella casi sonrió.

Casi.

El mar empezó a cambiar.

Annetha lo notó antes de reconocer la costa.

El agua.

La forma en que el viento entraba.

Después aparecieron las montañas.

Oscuras.

Conocidas.

Annetha se levantó.

—Ahí.

Fredh siguió su mirada.

La entrada del fiordo.

Gorghot abrió los ojos.

—¿Qué pasa?

Annetha volvió junto a él.

—Estamos llegando.

Él intentó girar la cabeza.

No podía ver bien desde donde estaba.

—Ayúdame.

—No.

—Annetha.

—No puedes levantarte.

—No he dicho levantarme.

Ella suspiró.

Con cuidado, le sostuvo los hombros lo suficiente para que pudiera mirar hacia delante. Gorghot vio las montañas.

Después el agua que se estrechaba entre ellas.

Su expresión cambió.

No fue una sonrisa.

Fue algo más pequeño.

Más tranquilo.

—El fiordo —dijo.

Annetha tragó saliva.

—Sí.

Los hombres empezaron a remar con más fuerza.

Nadie se lo pidió.

Vayrkan entró.

El mar abierto quedó atrás.

A medida que avanzaban, aparecieron las primeras señales del asentamiento. Humo.

Tejados.

Muelles.

Personas.

Alguien los había visto.

La noticia corrió antes de que llegaran.

Había gente acercándose a la costa.

Fredh miró los daños de la nave.

—Van a entenderlo en cuanto nos vean.

Annetha no respondió.

Gorghot respiraba con los ojos cerrados.

—Padre.

Los abrió.

—Ya estamos.

Él tardó un momento en comprender.

Después escuchó los sonidos que llegaban desde tierra.

Voces.

Gente corriendo.

Madera contra madera en los muelles.

Gorghot volvió la mirada hacia Annetha.

—Regresamos.

Ella sujetó su mano.

—Sí.

Vayrkan tocó el muelle.

Los hombres de tierra subieron antes de que terminaran de asegurarla. Llegaron mantas.

Brazos.

Preguntas.

Un sanador se arrodilló junto a Gorghot y miró la herida.

La expresión de su cara bastó para que Annetha dejara de respirar durante un instante. —Hay que llevarlo a casa.

Annetha asintió.

Entre varios levantaron a Gorghot con cuidado.

Él abrió los ojos cuando empezaron a moverlo.

Miró una última vez hacia Vayrkan.

Después hacia el asentamiento.

—Entre los nuestros —murmuró.

Annetha caminó junto a él.

No soltó su mano.

Habían conseguido traerlo de vuelta.

Ahora solo quedaba saber cuánto tiempo les quedaba con él.