Capítulo 2 La emboscada
—Recoge vela.
La orden de Gorghot cambió el ambiente de cubierta.
Fredh empezó a mover a los hombres mientras Jhoserk seguía observando la embarcación de la costa. —La dejan caer a propósito —dijo.
Annetha volvió a mirar.
Ahora también lo veía.
Aquella nave no estaba averiada.
Un cuerno sonó desde la costa.
Otro respondió más lejos.
—Armas —ordenó Gorghot.
Dos embarcaciones aparecieron detrás de una formación rocosa.
Después una tercera.
La supuesta nave en dificultades levantó de nuevo la vela.
Todo había sido un señuelo.
—Viramos —dijo Gorghot.
Vayrkan respondió, pero los atacantes ya estaban cerrando la salida.
Las primeras flechas golpearon la borda.
Annetha sacó sus dagas.
No hubo exigencias.
No pidieron carga.
No pidieron rendición.
Aquellos hombres querían subir.
—Nos quieren muertos —dijo Fredh.
Gorghot ya lo sabía.
Una de las naves chocó contra Vayrkan.
Los ganchos cayeron sobre la borda y el combate empezó casi sin espacio para moverse.
Annetha esquivó una lanza y cerró la distancia antes de que el hombre pudiera recuperar el arma. Clavó la daga larga bajo su brazo y lo apartó de un empujón.
Otro enemigo saltó a cubierta.
Fredh lo recibió con el escudo.
—¡Cortad las cuerdas!
Los hombres de Vayrkan intentaban separarse mientras Gorghot mantenía el timón.
Entonces Annetha oyó su nombre.
No fue un grito.
Fue Fredh.
Se volvió.
Un enemigo había alcanzado la popa.
Gorghot desenvainó demasiado tarde.
La lanza entró en su costado.
—¡Padre!
Annetha corrió.
Fredh derribó al atacante mientras Gorghot seguía de pie, una mano aún en el timón.
Un tripulante agarró el asta.
—Hay que sacarla.
Annetha le apartó las manos.
—No.
La sangre ya empapaba la ropa de Gorghot.
—Déjala dentro.
—Annetha —dijo él.
Ella sostuvo el asta para que no se moviera.
—Tenemos que fijarla.
Gorghot miró hacia delante.
—Tenemos que salir.
Fredh señaló el paso entre dos de las embarcaciones.
—Nos lo están cerrando.
Jhoserk calculó la distancia.
—Todavía podemos pasar.
—¿Seguro? —preguntó Fredh.
—No.
Gorghot tomó la decisión.
—Entonces pasamos.
Acortaron el asta de la lanza sin extraer la parte clavada. Annetha rodeó la herida con tela y presión como pudo.
—Toma el timón —le dijo Fredh.
Gorghot negó.
—Cuando salgamos.
Después levantó la voz.
—¡A los remos!
Los hombres ocuparon los bancos.
Annetha también.
Vayrkan viró hacia una de las naves enemigas.
Durante un instante pareció una mala decisión.
Después Annetha comprendió.
La embarcación respondió al movimiento y dejó abierto un hueco.
—¡Ahora!
Gorghot giró.
Los remos entraron al mismo tiempo.
Vayrkan se lanzó hacia la abertura.
Una flecha golpeó a un hombre.
Un remo se partió.
La borda raspó contra el casco enemigo con un crujido que recorrió toda la nave.
Pero pasaron.
—¡Seguid!
Annetha remó hasta que dejó de sentir los brazos.
Las naves enemigas intentaron seguirlos, pero habían perdido posición.
La embarcación que había cerrado el paso tuvo que corregir para no cruzarse con otra, y el señuelo quedó mal situado detrás de ambas. Para volver a formar la persecución necesitaban espacio y segundos que Vayrkan ya estaba utilizando.
Los remos Whalfaye no aflojaron.
Poco a poco quedaron atrás.
Solo entonces Gorghot soltó el timón.
Sus piernas cedieron.
Annetha llegó antes de que cayera.
Fredh la ayudó a tumbarlo.
La tela de la herida estaba empapada.
—Más —pidió Annetha.
Le dieron otra.
Presionó alrededor del fragmento de lanza.
Gorghot abrió los ojos.
—¿Vayrkan?
Fredh miró los daños.
—Sigue navegando.
Gorghot asintió.
Annetha levantó la vista hacia Jhoserk.
—¿Cuánto falta?
El navegante miró el mar.
—Horas.
Annetha volvió a su padre.
—Vamos a volver al fiordo.
Gorghot no respondió.
Respiraba mal.
Vayrkan continuó avanzando.
Detrás quedaban hombres que no habían querido mercancías ni un barco. Habían querido muertos.
A todos.