La Sangre del Fiordo (Vayrkan nº 1) Capítulo 1 Vayrkan
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La Sangre del Fiordo (Vayrkan nº 1)

La Sangre del Fiordo (Vayrkan nº 1)

Por Sandra Castellanos

© inepub.com

Capítulo 1 Vayrkan

Annetha aseguró la cuerda al segundo intento.

La primera vuelta había quedado demasiado floja. Tiró de ella con ambas manos, sintió cómo la fibra húmeda le raspaba la base de los dedos y volvió a tensarla hasta que dejó de ceder.

—Ahora sí —dijo Fredh detrás de ella.

Annetha se volvió.

—Podías haberlo hecho tú.

—Podía.

—Y, sin embargo, has preferido mirar.

Fredh apoyó un hombro contra la borda.

—Alguien tiene que comprobar que sigues sabiendo trabajar después de tantos años. Annetha terminó el nudo y le dio un tirón seco.

—Cuando quieras cambiamos.

Fredh observó la cuerda, después la miró a ella.

—No hace falta.

Annetha sonrió apenas y siguió hacia proa.

Vayrkan avanzaba con buen viento y el mar lo bastante tranquilo para que nadie tuviera que pelear con él.

La vela se hinchaba sobre sus cabezas. El casco cortaba el agua con ese sonido grave y continuo que Annetha conocía desde niña: madera, espuma y tensión.

A veces crujía una unión. A veces golpeaba una cuerda. Nada de aquello le parecía ruido.

Era la voz normal de la nave.

La cubierta estaba ocupada, pero no agitada. Dos hombres revisaban una de las sujeciones de la carga. Otro recogía cabo cerca de la base del mástil. Jhoserk permanecía algo más atrás, atento a la costa distante y al comportamiento de la vela.

Annetha pasó junto a un montón de sacos protegidos con lona y comprobó una de las ligaduras. —Eso ya está revisado —dijo Gorghot.

Ella levantó la cabeza.

Su padre estaba cerca del timón.

—Ahora está revisado dos veces.

—Eso no lo hace dos veces mejor.

—Tampoco peor.

Gorghot la miró durante un instante antes de negar con la cabeza.

Tenía el cabello recogido hacia atrás y varias canas visibles en la barba.

Llevaba el broche de siempre prendido en la ropa, la pieza circular que Annetha había visto tantas veces que apenas reparaba ya en ella.

De niña había pensado que el cuervo del centro parecía estar a punto de echar a volar.

Gorghot le había explicado que no volaba.

Navegaba.

A los ocho años, aquello le había parecido una diferencia absurda.

A los veinticinco ya no.

—Si has terminado de hacer el trabajo de los demás —dijo Gorghot—, mira el agua junto a estribor. Annetha se acercó.

—¿Qué tiene?

—Dímelo tú.

No era una prueba. Gorghot hacía aquello desde que ella tenía edad suficiente para acompañarlo sin estorbar demasiado: señalar algo y esperar.

Annetha apoyó una mano en la borda.

El mar estaba oscuro, aunque el cielo había abierto desde media mañana. Miró primero la superficie, después más lejos. El viento venía limpio. Las pequeñas crestas se rompían todas en la misma dirección.

—Nada.

Gorghot esperó.

Annetha entrecerró los ojos.

—La corriente nos está empujando un poco más al sur.

—Eso es.

—Poco.

—Poco también cuenta.

Jhoserk, que los había oído, se acercó sin apartar demasiado la vista del horizonte.

—Si sigue así, tendremos que corregir antes de llegar a la entrada.

Annetha miró hacia él.

—¿Cuánto?

—Todavía no lo suficiente para que te preocupes.

—No me preocupa.

—Entonces deja que me preocupe a mí. Para eso estoy aquí.

Fredh soltó una carcajada desde la otra punta de la cubierta.

Annetha volvió la cabeza.

—Y porque nadie más tendría paciencia para hacerlo —añadió Fredh.

Jhoserk ni siquiera lo miró.

—Si yo no estuviera aquí, acabarías intentando encontrar el fiordo siguiendo a las gaviotas. —Las gaviotas saben volver a tierra.

—Ese es exactamente el problema.

Gorghot sonrió.

No hacía falta más.

La conversación terminó como terminaban muchas a bordo: sin una última frase preparada, porque alguien tenía otra cosa que hacer.

Annetha se apartó del timón.

La expedición había sido fácil, al menos hasta aquel momento. Habían comerciado con un asentamiento costero, descargado parte de lo que llevaban y regresaban con sal, grano, piezas de metal, herramientas y otras mercancías que serían repartidas o almacenadas al llegar al fiordo.

Nadie había muerto.

Nadie había perdido una mano.

No habían tenido que sacar las armas más allá de revisarlas.

Una buena expedición.

Annetha prefería las que terminaban así.

Se agachó junto a uno de los bancos para recoger un trozo de tela y se limpió las manos. Tenía la piel endurecida por los años de cuerda, remo, madera y armas. Aun así, la fibra mojada encontraba siempre algún lugar nuevo que irritar.

Oyó pasos.

Gorghot pasó junto a ella y le lanzó algo.

Annetha lo atrapó por reflejo.

Una manzana pequeña.

—¿Qué es esto?

—Una manzana.

—Sé lo que es.

—Me tranquiliza.

Annetha se incorporó.

—¿Por qué me la das?

—Porque llevas desde que salió el sol moviéndote de un lado a otro.

—He comido.

—Poco.

—¿Ahora vigilas cuánto como?

Gorghot siguió caminando.

—Ahora vigilo que no te caigas en mi cubierta.

Annetha mordió la manzana.

—Tu cubierta tiene muchos defectos.

Gorghot se volvió mientras caminaba hacia atrás.

—Bájate.

Ella sonrió con la boca llena.

No era una nave hermosa en el sentido en que algunos hombres hablaban de sus barcos recién construidos.

Vayrkan tenía madera oscurecida, arañazos, zonas reparadas y pequeñas diferencias de tono allí donde una tabla había tenido que sustituirse.

Una cicatriz larga recorría parte de la borda de babor desde una tormenta de hacía cuatro inviernos.

Habían cambiado dos remos el año anterior.

La proa, en cambio, seguía conservando su cuervo.

El pico apuntaba hacia delante.

Las plumas estaban talladas directamente en la madera y marcadas por años de agua y viento. Annetha había visto otras naves más nuevas.

Ninguna era Vayrkan.

Terminó la manzana y guardó el corazón para tirarlo cuando dejaran de tenerlo bajo los pies. —Tierra por babor —avisó uno de los tripulantes.

Jhoserk ya estaba mirando en aquella dirección.

Annetha siguió su vista.

La línea costera parecía una mancha oscura y quebrada. Bosques, roca y pequeñas elevaciones que todavía resultaban difíciles de distinguir desde aquella distancia.

Jhoserk hizo un cálculo silencioso antes de hablar.

—Vamos bien.

—Creí que nos íbamos al sur —dijo Annetha.

—He dicho que nos empujaba al sur. No que fuéramos incapaces de corregirlo.

—Te gusta demasiado tener razón.

—No. Me gusta que el barco llegue donde tiene que llegar.

Fredh apareció entre ambos.

—Entonces sí te gusta tener razón.

Jhoserk lo miró por primera vez.

—¿No tienes trabajo?

—Muchísimo.

—Hazlo lejos.

Fredh obedeció con sorprendente rapidez.

Annetha soltó una risa.

—Algún día te arrojará por la borda.

—No sabría volver sin mí.

—Acabas de decir que las gaviotas saben volver a tierra.

Fredh levantó un dedo.

—Ves. Siempre hay una solución.

Annetha volvió hacia proa antes de que Jhoserk decidiera demostrarles que todavía tenía fuerza suficiente para lanzar a alguien al agua.

Durante un tiempo, el viaje siguió sin nada que recordar.

El viento cambió ligeramente. Ajustaron la vela.

Algunos hombres comieron. Otros ocuparon sus lugares durante los relevos.

Annetha ayudó con una reparación pequeña en una de las cuerdas del aparejo y después tomó un remo durante un tramo en el que Gorghot quiso modificar el rumbo sin depender solo del viento.

El esfuerzo le calentó la espalda y los hombros.

Remar tenía algo distinto a combatir.

No había improvisación ni engaño. Solo ritmo.

Entrada.

Tirón.

Salida.

Una vez más.

Los remos subían y bajaban con diferencias mínimas entre unos hombres y otros, pero todos obedecían a la misma cadencia. Vayrkan respondía bajo ellos.

Cuando terminaron, Annetha dejó el remo en su sitio y flexionó los dedos.

—Te estás haciendo vieja —dijo Fredh.

Ella lo miró.

—Tengo veinticinco años.

—Exactamente.

—Tú eres mayor.

—Por eso puedo reconocer los síntomas.

Annetha hizo ademán de acercarse.

Fredh se apartó.

—Violencia contra el segundo al mando. Muy mal visto.

—Solo si alguien lo presencia.

—Yo lo presenciaría.

—No durante mucho tiempo.

Fredh sonrió.

Gorghot levantó la voz desde popa.

—Si habéis terminado de comportaros como niños, necesito al segundo aquí.

Fredh señaló a Annetha.

—¿Ves? A mí me necesita.

—Ve antes de que descubra que puede vivir sin ti.

Fredh le dedicó una inclinación absurda de cabeza y se marchó.

Annetha se quedó donde estaba unos segundos.

Desde allí veía casi toda la cubierta. También a su padre.

Gorghot escuchaba a Jhoserk mientras Fredh se acercaba. No hablaba encima de ninguno. Nunca lo hacía cuando pedía una opinión. Preguntaba, escuchaba y después decidía. Annetha lo había visto desde pequeña, aunque durante años no había comprendido que aquello también formaba parte de mandar.

Cuando era niña solo había visto al hombre que daba la última orden.

Ahora veía todo lo que ocurría antes.

Se acercó lo suficiente para escuchar.

—Podemos mantener el rumbo —decía Jhoserk—. Si el viento no cae.

Gorghot miró el cielo.

—¿Y si cae?

—Remaremos.

—Fredh.

—Preferiría llegar antes de que oscurezca.

—Eso no responde.

—Mantendría el rumbo.

Gorghot asintió.

—Lo mantenemos.

Annetha esperó.

Su padre la vio.

—¿Tú qué haces ahí?

—Escuchar.

—Eso es nuevo.

—Estoy aprendiendo.

Fredh se llevó una mano al pecho.

—Nunca pensé vivir para verlo.

Annetha ignoró la provocación.

Gorghot volvió la atención al mar.

—Si quieres aprender, mira hacia delante.

Annetha lo hizo.

Al principio no vio nada diferente.

Después apareció.

Una vela.

Pequeña.

Muy lejos.

Entrecerró los ojos.

—Hay una nave.

—Sí.

Jhoserk ya la había detectado.

—No está en nuestra ruta —dijo.

Fredh se colocó junto a Gorghot.

—Todavía.

La embarcación se encontraba cerca de la costa, demasiado lejos para distinguir su tamaño con claridad. La vela parecía perder forma por momentos.

Annetha observó.

—¿Tiene problemas?

Jhoserk no respondió de inmediato.

Gorghot tampoco.

La nave avanzaba mal. O quizá no avanzaba.

Desde aquella distancia era difícil saberlo.

Annetha siguió mirando.

La vela cayó de repente hacia un lado y volvió a levantarse solo a medias.

—Eso no es normal —dijo Fredh.

Gorghot hizo una seña a uno de los hombres.

—Mantén la vista sobre ella.

El tono había cambiado.

Muy poco.

Pero toda la cubierta lo notó.

Las conversaciones fueron apagándose.

Annetha volvió a mirar la embarcación.

No había señal de humo.

No distinguía remos.

La vela se plegó otra vez.

—Podrían haber roto algo —dijo.

—Podrían —respondió Gorghot.

—O estar haciendo una reparación.

Jhoserk negó lentamente.

—En esa posición deberían acercarse más a la costa o separarse de ella. No quedarse ahí. Annetha miró el mar que los separaba.

La nave parecía pequeña. Un barco de pesca, quizá. O transporte ligero.

—¿Nos desviamos?

Gorghot continuó observando.

La decisión le correspondía.

—Lo suficiente para verla mejor.

Fredh asintió y empezó a dar instrucciones.

Los hombres cambiaron posiciones. La vela fue ajustada. Vayrkan comenzó a modificar su rumbo de manera gradual.

Annetha apoyó una mano en la borda.

Algo le incomodaba.

No sabía qué.

Miró la nave.

Luego la costa.

Después el agua.

—Padre.

Gorghot no apartó la mirada.

—¿Qué?

Annetha tardó un instante en responder.

—No lo sé.

Él la miró entonces.

Annetha señaló hacia la embarcación.

—Pero no me gusta.

Gorghot volvió a observarla.

Durante unos segundos no dijo nada.

Después habló con Jhoserk.

—No nos acerques todavía.

El navegante asintió.

Fredh dejó de sonreír.

Vayrkan continuó avanzando, pero más lentamente.

Annetha permaneció junto a la borda, mirando aquella vela que caía y se levantaba a lo lejos. Entonces comprendió qué la molestaba.

El viento.

Llegaba hasta Vayrkan con fuerza suficiente para mantener su vela tensa.

Allí delante, sobre la otra nave, la tela se desplomó otra vez.

Annetha miró a Jhoserk.

Él ya había visto lo mismo.

Y esta vez ninguno de los dos dijo nada.