La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 24 - Gadir El Origen de la Marea #6
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Capítulo 24 - Gadir El Origen de la Marea #6

Lucio dejó la tablilla a un lado y abrió la segunda. El sello era el de Viridio. La letra, más tosca, más directa, más suya.

Leo Viridio Britano a Lucio Decimio Mergo Praesul, salud.

No iremos. No porque no queramos, sino porque Nidia está encinta y no piensa poner un pie en un barco. Dice que el niño, porque será niño dice esta mujer, no nacerá en el mar. Y yo tampoco me subo a un barco del Orco. Ya he vomitado bastante en la vida. César tenía razón en eso.

Estamos bien. La casa es pequeña, ¿ya lo dije antes?, bueno da igual, es suficiente. Nidia manda más que yo, pero eso ya lo sabías. Dice que te felicite y que seas sensato. Yo digo que hagas lo que quieras, y te vuelvo a repetir, no vuelvas a Roma por tonterías.

Cuando nazca el niño, te escribiré. Si sale con mi carácter, esta casa va a necesitar más disciplina que una legión de castigo.

Vale.

Lucio guardó ambas tablillas sin comentario. El comerciante local inició entonces la fórmula ritual. No había adornos ni discursos, solo la claridad de un acuerdo que debía expresarse sin rodeos.

—Prometo tomar a Eira como esposa legítima —dijo Lucio—, conforme a las leyes y costumbres de Roma.

Tarcondamoto, actuando como protector legal de Eira, dio un paso adelante. No era romano, pero comprendía el peso del acto. Pronunció la fórmula que se le había indicado, con un acento que no ocultaba su origen, pero con la seriedad que el momento exigía.

—Yo la entrego —dijo el cilicio—, para que viva contigo según vuestra ley.

Eira no habló. No era necesario. Su postura, la forma en que sostenía la mirada de Lucio, bastaban para expresar su consentimiento.

En Roma, el matrimonio era un acuerdo contractual entre las partes, no un acto sentimental.

Pero en aquel atrium , sin más testigos que los imprescindibles, había algo más que un trámite: había una decisión compartida, nacida de la convivencia y del tiempo.

El comerciante local dio por concluido el acto con un gesto breve.

Los testigos firmaron la tablilla de cera que servía de contrato matrimonial.

Vestranio lo hizo con la seguridad de quien ha firmado acuerdos toda su vida; Habis, con una caligrafía torpe pero firme; Nereo, con la precisión de un hombre acostumbrado a registrar cargas y rutas marítimas.

Servio inclinó la cabeza hacia Lucio, sin necesidad de palabras.

Tras la formalidad, la casa recuperó su ritmo habitual.

No hubo banquete ni celebración. Solo una comida sencilla, compartida sin prisas, en la que cada uno ocupó su lugar con naturalidad.

Eira se movía por el triclinium como siempre, pero algo en su gesto había cambiado: no era la joven que había llegado desde el norte, sino la mujer que ahora formaba parte de la casa de Lucio de manera plena.

Cuando la noche cayó sobre Gadir, la ciudad seguía respirando con la misma calma que en cualquier otro día.

No había nada extraordinario en las nupcias de un ciudadano romano y una mujer extranjera.

Pero para Lucio, que había dejado atrás Roma, la guerra y un pasado que aún pesaba en su memoria, aquel acto sencillo marcaba un punto de equilibrio que no había tenido en años.

Eira se acercó a él mientras cerraba las puertas del atrium .

Sus ojos se detuvieron un instante en la ramita de espino blanco, aún en el umbral.

No dijo nada. No hacía falta. Lucio la miró con la serenidad de quien reconoce que el camino que tenía delante no dependía de órdenes, campañas ni decisiones ajenas.

—Mañana será igual que hoy —dijo ella, con voz baja.

Lucio asintió.

—Y eso es suficiente.

Unos días después de la ceremonia, cuando la casa había recuperado su ritmo habitual, Lucio bajó al embarcadero al amanecer.

No avisó a nadie. No era un acto que requiriera compañía.

Alquiló una pequeña barca de remos y se hizo a la mar con la primera luz, aprovechando la calma de la bahía.

El Herakleion se alzaba a lo lejos, en la isla exterior, separado de Gadir por un tramo de agua que no podía cruzarse a pie ni siquiera en la bajamar más generosa.

El avance fue lento y silencioso. El mar estaba tranquilo, con un brillo pálido que anunciaba el día.

Cuando llegó a la isla, amarró la barca en una roca baja y ascendió por el sendero estrecho que conducía al templo.

El edificio se mantenía igual que en su juventud, con la misma serenidad de piedra y sal que recordaba del día en que, siendo casi un muchacho, había escuchado a César y había decidido marchar a Roma.

Entró sin ceremonia. El aire olía a aceite quemado y a brisa marina.

Dejó sobre el altar una pequeña ofrenda: un puñado de sal y restos de hierbas secas procedentes de las factorías de salazones donde había trabajado de joven, mezclas que aún conservaban el aroma tenue del garum y del liquamen .

Era un gesto sencillo, un recordatorio de su origen, de los años en que abría pescado al amanecer junto a Habis, bajo la mirada exigente de Vestranio.

No pidió nada. No agradeció nada. Solo dejó constancia de que había regresado al lugar donde todo había empezado.

Al salir, descendió hasta la orilla. El mar rompía suavemente contra la roca. Lucio vertió una libación sencilla, vino mezclado con agua, dejando que el líquido se confundiera con la espuma.

—Por ti, padre —dijo en voz baja—. Y por ti, madre.

No añadió más. El mar respondió con su rumor constante, sin solemnidad, como si aceptara la ofrenda sin exigir palabras. Lucio permaneció allí un momento, mirando el horizonte que había visto partir a su padre y que lo había visto marchar a él años atrás. Ahora no sentía la necesidad de seguirlo.

Regresó a la barca cuando el sol empezaba a elevarse.

Remó de vuelta hacia Gadir con un ritmo tranquilo, sin prisa.

La ciudad lo esperaba con la misma quietud que había encontrado al volver de la guerra.

Por primera vez desde su adolescencia, comprendió que no necesitaba buscar nada más.

Había regresado a su origen, y el camino que tenía delante era suyo.