Capítulo 25 - Epílogo
«Sapiens est qui, dum vult placide vivere, non quaerit gloriam quae parit invidiam». (Es sabio aquel que, deseando vivir en paz, no busca la gloria que engendra envidia).
— P UBLIO S IRIO , Sentencias
Las jornadas eran tranquilas. Viridio, incapaz de permanecer ocioso, acompañaba a Vestranio a las factorías de salazones, donde su fuerza y su vozarrón eran bien recibidos.
Nidia ayudaba a Eira en las tareas de la casa, y ambas mujeres se entendían con una naturalidad que no necesitaba demasiadas palabras.
Gadir, con su clima templado y su ritmo pausado, parecía un refugio seguro, un lugar donde los veteranos podían respirar sin mirar por encima del hombro.
La calma se quebró una mañana. Un mensajero llegó desde Roma con una tablilla sellada. Lucio reconoció el sello de Septimia y lo abrió en silencio. La letra era firme, pero el trazo dejaba entrever la fatiga.
Septimia de Lépido a Lucio Decimio Mergo Praesul, salud.
Publio ha muerto. Partió sin dolor, con la serenidad de quien ha cumplido con su deber.
Antes de que la enfermedad lo venciera, dispuso su última voluntad y ordenó que fueras instituido como heredero y adoptado como hijo suyo, conforme al derecho de la ciudad.
Pero tales disposiciones no tendrán fuerza hasta que las tablillas sean abiertas formalmente, y la ley exige que el acto se celebre en Roma.
Debes venir. La apertura del testamento requiere que estés presente para escuchar la asignación de bienes y los legados.
Una vez que las tablillas se hayan leído ante los testigos, deberás pronunciar la cretio [326] para aceptar la herencia.
Solo mediante esa fórmula legal la adopción será plena, y solo entonces podrás asumir el lugar que Publio te ha dejado: el de pater familias de nuestra rama familiar.
La casa se sostiene, pero no por mucho tiempo.
Los talleres del Emporium continúan su labor, pero los clientes preguntan, los contratos esperan, y yo no puedo gobernar sola lo que Publio levantó durante décadas.
No te escribo para pedirte consuelo, sino para cumplir con la voluntad de tu tío y con la ley.
Ven cuanto antes. La ciudad cambia cada día, y no sé cuánto tiempo podré mantener el orden sin tu autoridad.
Vale.
Lucio cerró la tablilla sin hablar. Viridio lo observó un instante, como quien ya conoce la decisión que se tomará.
—Iré contigo —dijo—. Hace años que no veo la Urbe. Y puede que no vuelva a verla más.
Nidia frunció el ceño, pero no discutió. Eira tampoco. Sabían que había cosas que los hombres debían hacer, aunque no las compartieran.
Partieron en las nonas de enero. Dejaron a Eira, Nidia y los niños en Gadir, con la promesa de regresar en cuanto los asuntos estuvieran resueltos.
El viaje fue rápido. Roma los recibió con un frío seco y un bullicio inquieto.
Septimia los aguardaba en la domus Decimia, más delgada, pero con la misma dignidad de siempre.
La apertura del testamento se realizó dos días después, en presencia de un escriba y dos testigos.
Septimia permaneció sentada, con las manos juntas sobre el regazo.
Lucio escuchó en silencio mientras el escriba leía la voluntad de Publio: la adopción, la designación como heredero, la transmisión de bienes, contratos y obligaciones.
—Lucio Decimio Mergo Praesul —dijo el escriba—, eres llamado como heredero de Publio Decimio Lépido. ¿Aceptas la herencia conforme a la ley?
Lucio asintió y pronunció la fórmula correspondiente. El escriba tomó nota. Septimia inclinó la cabeza, como si un peso hubiera caído de sus hombros.
—Desde este momento —dijo el escriba—, eres pater familias [327] de la gens Decimia. Y tu nombre, conforme a la adopción, será Lucio Decimio Lépido Praesul.
Lucio no respondió. No era un honor. Era una carga. Pero la aceptó sin vacilar.
Los días siguientes fueron una sucesión de tablillas, contratos, visitas al Emporium y reuniones con clientes.
Septimia lo acompañaba en silencio, interviniendo solo cuando era necesario.
Viridio, ajeno a los asuntos legales, aprovechó para despedirse de Roma a su manera: recorriendo las calles que recordaba de su juventud, visitando tabernas donde ya nadie lo conocía, y deteniéndose largo rato frente al Tíber, como si buscara en el agua un reflejo de lo que había sido.
Las semanas fueron transcurriendo entre contratos, cuentas y reuniones. Cuando llegó febrero, Lucio comprendió que la herencia de Publio era mucho más que un patrimonio: era una responsabilidad que reclamaba cada jornada.
Una mañana, mientras regresaban de una visita al Foro, se cruzaron con César. El dictador los reconoció de inmediato. Los saludó con la familiaridad de quien ha compartido campaña y polvo de marcha.
—Lucio Decimio —dijo—. Y tú, Viridio. Pensé que estabais lejos de Roma.
—Lo estábamos —respondió Lucio—. Pero la muerte de mi tío Publio Decimio Lépido nos ha traído de vuelta.
César asintió con un gesto breve.
—Conocía a tu tío. Vuestro garum nunca ha faltado en mi casa. Publio era un hombre recto. Roma necesita más como él.
Hablaron un rato. César estaba de buen humor, ocupado en reformas, proyectos y planes que parecían no tener fin. Viridio, con su franqueza habitual, le recordó la vez que había intentado reengancharse y la negativa que recibió.
—Te lo dije entonces —respondió César, riendo—. Ya habías servido más que yo. Y no pensaba cargar contigo otra vez.
Viridio sonrió, satisfecho de haber arrancado aquella risa.
Lucio, más serio, mencionó lo que se oía en los muelles del Emporium : rumores, descontentos, nombres que se repetían demasiado. César restó importancia a todo ello.
—Roma siempre murmura —dijo—. No hay que escuchar cada sombra.
Se despidieron sin saber que era la última vez que se cruzarían.
A comienzos de marzo, con los asuntos más urgentes resueltos y Septimia nuevamente dueña de la situación, Lucio decidió que ya no tenía motivos para prolongar su estancia.
Lucio y Viridio abandonaron Roma pocos días antes de los idus de marzo.
El viaje de regreso fue tranquilo. Llegaron a Gadir cuando la primavera ya avanzaba, y la ciudad hervía de actividad.
Antes de que pudieran preguntar, un grupo de vecinos se acercó con rostros tensos.
—Han matado a César —dijo uno—. En el Senado. Y Marco Antonio habló en su funeral como nunca se ha visto [328] .
Lucio no respondió. Viridio apretó los dientes, sin palabras. No podían creer que solo unas semanas atrás habían departido con César en el Foro.
A mediados de abril, apareció en la casa un decurión, con la postura rígida de quien trae órdenes importantes. Saludó con respeto militar.
—Traigo una misiva para Lucio Decimio Lépido Praesul —dijo—. De parte de Marco Antonio.
Lucio tomó la tablilla, rompió el sello y leyó en silencio. El texto era largo, escrito con la urgencia de quien necesita aliados. A mitad de la lectura, frunció ligeramente el ceño: el nombre de Viridio aparecía con claridad entre las líneas.
Marco Antonio, cónsul, saluda a Lucio Decimio Lépido Praesul, salud.
Sabes ya lo que ha ocurrido. César ha sido asesinado por hombres viles que se decían defensores de la libertad. La ciudad está dividida. El pueblo clama justicia. Los veteranos de la Décima recuerdan quién los condujo a la victoria en la Galia y quién los recompensó con tierras y dignidad.
Octavio, hijo adoptivo de César, se aproxima a Roma. Es joven, pero no carece de determinación. Estoy reuniendo fuerzas para exigir cuentas a los traidores. Roma necesita hombres que hayan servido con honor, que conozcan la disciplina y la lealtad.
He escrito a los veteranos de la Décima en la Narbonense, en Hispania y en Italia. Entre ellos, a Viridio, antiguo primus pilus , cuya experiencia y juicio serían de gran valor. Te escribo a ti porque sé quién eres y lo que has hecho.
Ven. Únete a nosotros. La memoria de César no puede quedar sin respuesta. La Décima no puede permanecer en silencio mientras otros deciden el destino de Roma.
Confío en tu juicio. Y confío en tu lealtad.
Que los dioses te guíen.
Vale.
Lucio cerró la tablilla con un gesto lento y se volvió hacia el decurión.
—Marco Antonio dice que también escribió a Viridio —dijo—. ¿Pasaste por Narbo Martius para entregarle su misiva?
El decurión tragó saliva, sorprendido por la pregunta.
—Pasé, señor. Pero no lo encontré. Me dijeron que llevaba tiempo fuera.
Viridio dio un paso al frente, con la sombra de una sonrisa dura.
—¡Viridio está aquí, soldado!
El decurión palideció al instante. Reconoció el nombre, la voz y la presencia. Enderezó aún más la espalda, como si temiera no estar a la altura.
—Señor… no tenía conocimiento…
—Ya lo tienes —respondió Viridio—. Continúa.
El decurión inclinó la cabeza, entregó una segunda tablilla destinada a Viridio y se retiró unos pasos, dejando a ambos veteranos en silencio, con el peso de la decisión entre las manos.
Viridio no esperó ni un latido.
—Iré —dijo—. No pienso quedarme aquí mientras otros hacen lo que debe hacerse.
Nidia lo miró con una mezcla de furia y miedo.
Lucio negó despacio.
—No iremos —dijo—. No esta vez. Hay algo en esa alianza que no está claro. Octavio y Marco Antonio juntos… no lo veo. No durará. Y no pienso arrastrar a mi familia a otra guerra.
Viridio lo miró largo rato. Luego bajó la cabeza. No discutió.
Lucio respiró hondo y se volvió hacia el decurión, que permanecía firme, esperando órdenes.
—Decurión —dijo—, ¿vuelves a Roma inmediatamente?
—En cuanto tenga sus respuestas, señor —respondió el soldado, sin mover un músculo.
Lucio asintió y entró en la estancia interior. Extendió una tablilla encerada sobre la mesa y tomó el punzón. Viridio lo siguió en silencio. Ambos sabían que aquella respuesta debía ser medida, firme y, sobre todo, política.
Lucio escribió despacio, con la claridad de quien ha aprendido a pesar cada palabra:
Lucio Decimio Lépido Praesul y Leo Viridio Britano a Marco Antonio, cónsul, salud.
Recibimos tu misiva y honramos la memoria del hombre que nos condujo en la Galia y cuya sombra aún guía a quienes sirvieron bajo sus estandartes. Nada nos sería más grato que responder a tu llamada como veteranos de la Décima.
Pero las circunstancias nos obligan a permanecer en Hispania.
La muerte de Publio Decimio Lépido ha dejado asuntos urgentes que requieren mi presencia como heredero y nuevo pater familias de la gens Decimia.
Los contratos del Emporium , las factorías y los compromisos con clientes de Roma y de las provincias no pueden quedar sin gobierno en un momento tan incierto.
Viridio, por su parte, ha establecido su hogar en Narbo Martius y se halla en proceso de asegurar tierras y derechos para su familia, conforme a lo que César prometió a los veteranos. Abandonar la Provincia ahora pondría en riesgo lo que ha construido tras décadas de servicio.
Ambos reconocemos la gravedad de la situación y confiamos en que Roma encontrará su camino. Que los dioses te acompañen en tus decisiones y que la justicia prevalezca sobre la ambición de los hombres.
Vale.
Lucio calentó la cera y estampó el signum de la gens Decimia. Viridio hizo lo propio con el suyo, un sello sencillo pero marcado por los años de campaña. Cuando terminaron, Lucio entregó la tablilla al decurión.
—Llévala a Roma —dijo—. Y entrégala en mano.
El decurión tomó la tablilla con ambas manos, inclinó la cabeza y salió con paso firme, como si llevara un mensaje que pesara más que el bronce.
Cuando la puerta se cerró, el silencio quedó suspendido un instante entre los dos veteranos. Luego, como si la tensión se hubiera roto al fin, ambos respiraron con más calma.
La tensión se disipó con el paso de los días. La vida en Gadir recuperó su ritmo. Una tarde, mientras los niños jugaban en el patio y las mujeres hablaban en el triclinium , Viridio observó a su hijo Séptimo y a la pequeña Livia, que intentaban construir una torre con conchas.
—¿Os imagináis —dijo— que el pequeño Séptimo se enamore de vuestra hija? Seríamos consuegros…
Lucio soltó una risa breve.
—Te aguanté en la legión. Esto sería mucho peor. Pero me alegraría. Aunque tendríais que quedaros en Gadir, porque yo no me voy.
Nidia y Eira, que habían escuchado la conversación, ya estaban haciendo planes para los niños, como si el futuro pudiera ordenarse con la misma facilidad que una mesa de cocina.
La tarde cayó sobre Gadir con una luz tranquila. Roma ardía en incertidumbre, pero allí, en aquella casa junto al mar, la vida seguía su curso. No era un final. Era un respiro. Y, por ahora, bastaba.
F INIS