La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 24 - Gadir El Origen de la Marea #5
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Capítulo 24 - Gadir El Origen de la Marea #5

Servio sacó un pequeño rollo de pergamino, atado con una cuerda sencilla. Lucio lo abrió allí mismo. La letra de Viridio era firme, sin adornos, como él. El contenido, más largo de lo que Lucio esperaba, pero con la voz exacta del hombre que había sido su superior.

Leo Viridio Britano a Lucio Decimio Praesul, salud.

Estoy bien. Nidia también. No te preocupes por nosotros. La casa en Narbo Martius es pequeña, pero suficiente para dos personas que ya han visto demasiado mundo. Ella dice que ronco. Yo digo que exagera. No vamos a discutir por eso.

César pasó por aquí hace unas semanas, después de poner en su sitio a Afranio y Petreyo.

Venía cansado, pero con esa mirada suya que no cambia nunca, como si ya supiera el final de todas las guerras antes de empezarlas.

Fui a verlo. No por nostalgia, sino porque uno no deja de ser primus pilus de la noche a la mañana.

Le dije que, si necesitaba un viejo para poner orden, yo seguía vivo. Se rió en mi cara. Dijo que ya he servido más que él y que no piensa cargar conmigo otra vez. Que bastante vomité en sus barcos en las campañas de Britannia . Tiene memoria, el muy cabrón. Y razón.

Así que no me he reenganchado. Y no pienso hacerlo.

Tengo casa, tengo mujer y tengo más cicatrices de las que necesito.

No voy a morir en Grecia ni en ningún sitio que no sea mi propio lecho.

César lo entendió. Me dio un golpe en el brazo, como hacía antes, y me dijo que disfrutara de lo que me quedaba.

No sé si era una orden o un consejo. Da igual.

Servio me habló de ti. Dice que estás lejos, pero vivo. Eso basta. No vuelvas a Roma por tonterías. Si la ciudad quiere devorarse a sí misma, que lo haga sin ti.

Cuando puedas, escribe. No hace falta que sea largo. Solo dime que sigues ahí.

Vale .

Lucio cerró el pergamino despacio. No sonrió, pero algo en su expresión se suavizó. Eira lo observaba en silencio, comprendiendo que aquella carta traía no solo noticias, sino un recordatorio de quién había sido Lucio y de quién podía ser ahora.

—¿Te quedarás un tiempo? —preguntó Lucio.

—Unos días —respondió Servio—. Luego seguiré hacia Tingis. Publio dice que aquí puedo prosperar, pero quiero ver primero cómo respira la ciudad.

Lucio asintió. Eira inclinó la cabeza en señal de respeto hacia el veterano. Servio se marchó hacia la posada del puerto, dejando tras de sí el eco de un mundo que Lucio había dejado atrás, pero que aún lo alcanzaba de vez en cuando.

Cuando quedaron solos, Eira se acercó a su lado.

—¿Todo bien?

Lucio guardó la carta en el cinturón.

—Sí —dijo—. Todo empieza a encajar.

Al año siguiente, cuando la vida en Gadir había adquirido un ritmo estable y las noticias de Roma llegaban con la distancia justa para no alterar la calma de la ciudad, Lucio decidió que había llegado el momento de formalizar lo que, en la práctica, llevaba tiempo asentado.

Dos años de convivencia habían dado a su casa un orden firme, y Eira se movía por ella con la naturalidad de quien ya pertenece al lugar.

No había prisa, pero tampoco motivo para aplazar lo inevitable.

En Gadir, como en cualquier ciudad romana, las nupcias eran un acto sencillo, más social que solemne, pero necesario para que la unión fuera reconocida sin ambigüedades.

La reunión tuvo lugar en la domus de Lucio, en el atrium , con la luz de la tarde entrando por el compluvium .

Antes de que llegaran los invitados, Lucio colocó discretamente, en el umbral interior de la puerta, una pequeña ramita de espino blanco.

No era un adorno romano, ni pretendía serlo.

Era un gesto silencioso, aprendido de Eira, un símbolo de buen augurio entre los pueblos del norte.

Nadie más repararía en ello, pero ella sí.

Los testigos fueron llegando sin ceremonia.

Vestranio, el viejo capataz de las salazones, entró con paso firme, saludando a Lucio con la familiaridad de quien lo había visto crecer.

Habis llegó poco después, irradiando optimismo y energía como si fuera el mozo de antaño, con la expresión tranquila de los hombres que han trabajado toda su vida junto al mar.

Nereo, el contramaestre del Alauda y superviviente del naufragio, se presentó con la sobriedad de los marineros veteranos, inclinando la cabeza hacia Lucio con respeto contenido.

También acudió Tarcondamoto, el artesano cilicio que había acogido a Eira al llegar a Gadir, su figura delgada y su andar pausado contrastando con la robustez de los demás.

Servio, que aún permanecía en la ciudad, posponiendo eternamente su viaje a Tingis, aceptó estar presente sin hacer preguntas, situándose discretamente a un lado del atrium .

Fue el último grupo en cruzar el umbral el que rompió por completo el aire contenido de la estancia.

A la cabeza avanzaba Menandro de Cirene.

Los años habían encorvado sus hombros y blanqueado su barba, pero su mirada conservaba la misma fijeza irónica que Lucio recordaba de las dunas africanas.

Caminaba apoyado en un bastón de acebuche, flanqueado por su viejo amigo Néarco; el marino griego, de su misma edad pero de andares balanceados por una vida entera en las cubiertas de los mercantes, reía de algún comentario picante del filósofo.

Tras ellos, como una muralla de bronce y cicatrices, irrumpió el resto del viejo contubernium de la Décima.

Venían todos: Aulo con su eterna sonrisa socarrona, Marco y Sexto flanqueando al taciturno Vibio —cuyo rostro serio guardaba el luto perpetuo por el hermano que dejaron enterrado en el barro de la Galia—, el espigado egipcio Seraces y el imponente Numes, cuyas facciones abisinias destacaban bajo la luz del patio.

Al ver a Lucio, Menandro se detuvo, apoyó ambas manos en el pomo de madera y arrugó los ojos.

—Sigues arrastrando los pies al andar, muchacho —dijo el de Cirene, y su voz resonó con una calidez antigua—. Veo que los laureles de César no te han corregido la postura.

Lucio dio tres pasos rápidos y, rompiendo toda compostura marcial, estrechó los brazos del anciano con una fuerza que hizo crujir su túnica.

Luego saludó a Néarco con una palmada enérgica en el hombro, agradeciendo con la mirada al hombre cuyo barco le había devuelto la vida desde Alejandría.

Al volverse hacia sus antiguos camaradas, los rudos soldados se abalanzaron sobre él entre golpes en la espalda y juramentos legionarios.

—No estaba seguro de que vinieras. No sabía si estás para un viaje tan largo —le dijo Lucio al anciano cireneo.

—¿Y perderme el día en que el náufrago de Alejandría decide encadenarse voluntariamente? —Menandro rió, apartándolo con suavidad para fijar sus ojos en la joven que esperaba junto al impluvium —. No, el destino me debe este espectáculo.

Lucio se volvió hacia ella y le tomó la mano, atrayéndola hacia el grupo.

—Eira —dijo, y su tono mudó a una seriedad protectora—, estos hombres son mi verdadera familia de vida y de campaña. Y ellos son Menandro y Néarco; si encontré el camino de vuelta cuando no era más que un espectro, fue gracias a ellos. Menandro, Néarco… ella es Eira.

La britana sostuvo la mirada del viejo filósofo y del curtido marino. No hubo sumisión en su gesto, sino la muda evaluación de quien sabe reconocer a los hombres que desafían desiertos y tormentas. Menandro inclinó levemente la cabeza.

—Una flor del norte plantada junto al Mare Exterum —murmuró Menandro, mudando por un instante su jovialidad por una profunda lucidez—.

Has elegido bien, Lucio. Las mujeres que sobreviven a los confines del mundo tienen los ojos limpios.

No buscan las mentiras que tanto nos gustan a los griegos y a los romanos.

El silencio emotivo que siguió a las palabras del sabio duró apenas un suspiro.

Nicandro, el antiguo soldado griego del contubernium , dio un paso al frente, cruzó los brazos sobre su túnica con solemnidad teatral y, mirando fijamente el techo del atrium , sentenció en un aqueo perfecto y engolado: — «Ouk agathón polykoiraníē; heîs koíranos éstō… »

Desde el rincón, Servio, que no había dejado de mascullar desde que vio entrar a la ruidosa tropa, resopló con fuerza y levantó el tocón de su brazo izquierdo apuntando al orador.

—¡Ya estamos! ¡Por todos los dioses, Nicandro, que estamos en Gades, no en el teatro de Atenas! —protestó Servio, provocando el codazo inmediato de Aulo—. Háblale a la muchacha en latín de corrido, ¡y déjate de barbarie, que no hay quien te aguante cuando te pones digno!

—Es Homero, pedazo de burro —replicó Nicandro sin perder la pose, aunque la comisura de los labios ya se le doblaba—. Dice que la multiplicidad de jefes no es buena, y que uno solo debe gobernar. Se lo decía a Lucio para que tenga claro quién va a mandar en esta casa a partir de mañana.

La traducción provocó una carcajada unánime que retumbó en las paredes de la domus .

Marco y Sexto estallaron en risas burlonas, Numes soltó una sonora risotada abisinia que contagió a Seraces, y hasta el severo Vibio terminó sonriendo de medio lado mientras negaba con la cabeza.

La tensión formal del casamiento se disolvió en un instante, devolviendo al patio el calor ruidoso y gamberro de las noches compartidas junto al fuego de los campamentos.

Un comerciante local que actuaba como intermediario tomó su lugar junto a Lucio. Antes de comenzar, entregó al anfitrión dos tablillas de cera selladas. La primera llevaba el sello de Publio Decimio Lépido. Lucio la abrió. La letra era la de Septimia, firme y clara.

Septimia de Lépido a Lucio Decimio Mergo Praesul, salud.

Hemos recibido tu aviso y nos alegra saber que has encontrado estabilidad lejos de Roma. Que tus esponsales sean dichosos. Publio dice que no puede estar presente, pero que su casa te acompaña en espíritu. Yo añado que, dondequiera que formes tu hogar, seguirás siendo parte de nuestra familia.

Que la unión sea próspera y que la paz que Roma no puede darte la encuentres allí.

Vale.