La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 24 - Gadir El Origen de la Marea #4
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Capítulo 24 - Gadir El Origen de la Marea #4

Las nuevas alcanzaron Gadir bien entrada la primavera, cuando los vientos eran más estables y los mercantes retomaban las rutas largas.

Fue hacia las nonas de abril [323] cuando un barco procedente de Carthago Nova trajo la noticia: César había cruzado el Rubicón hacía meses, Pompeyo había abandonado Roma y las provincias comenzaban a dividirse entre lealtades enfrentadas.

La noticia no llegó como un anuncio solemne, sino como un murmullo que se extendió por el puerto, de boca en boca, hasta que alcanzó las factorías.

Lucio escuchó el rumor mientras supervisaba la descarga de unas ánforas.

No dijo nada. No era sorpresa. Conocía a César lo suficiente como para saber que nunca aceptaría regresar desarmado.

Pero la certeza de que Roma se había roto le cayó encima como un peso antiguo, como si una parte de su vida que creía enterrada hubiera despertado de golpe.

Eira, que estaba a unos pasos, percibió el cambio en su expresión antes de que él hablara. Dejó el trabajo un instante y se acercó, sin invadirlo.

—¿Qué ocurre?

Lucio tardó en responder.

—Roma —dijo al fin—. César ha cruzado el Rubicón. Pompeyo ha huido. Habrá guerra.

Eira no conocía los detalles, pero entendía el peso de la palabra. Guerra. No la guerra de los clanes, ni la guerra de los bosques húmedos de su tierra, sino la guerra de un mundo que se creía dueño del destino de todos los demás.

—¿Te afecta? —preguntó, con la voz baja.

Lucio miró el horizonte. No hacia Roma, sino hacia el Mare Exterum , como si buscara allí una respuesta que no encontraba.

—A todos nos afecta —dijo—. Aunque estemos lejos.

Durante los días siguientes, la ciudad entera hablaba de los ecos que iban llegando.

Licinio discutía con otros potentados sobre qué facción prevalecería; los mercaderes temían que las rutas se volvieran inseguras; los veteranos recordaban viejas campañas.

Lucio escuchaba, pero no intervenía. Había vivido demasiado cerca de César como para reducirlo a un rumor de puerto.

Y, sin embargo, no sentía el impulso de regresar.

No era cobardía. Era otra cosa. Algo que no sabía nombrar.

Eira lo observaba en silencio. No lo presionaba.

No le pedía explicaciones. Pero cada noche, cuando compartían la cena en la antigua casa de Paulo y Livia, en el barrio de los pescadores, que Lucio había rehabilitado con su esfuerzo, ella notaba que él estaba más callado, más atento a los sonidos del puerto, como si esperara que el mundo llamara a su puerta.

Una noche, cuando el calor empezaba a anunciar el verano, Lucio salió al patio interior incapaz de dormir. Eira estaba allí, sentada junto al brasero apagado, limpiando una de las hojas cortas que usaba en la factoría. No levantó la vista cuando él se acercó.

—Roma está lejos —dijo ella, como si continuara un pensamiento que llevaba tiempo guardado—. Pero tú no.

Lucio se detuvo. No era una frase romántica. Era una constatación. Una verdad que él había evitado mirar de frente.

—No sé qué debo hacer —admitió.

Eira dejó la hoja a un lado.

—No tienes que hacer nada —respondió—. Ya elegiste. Elegiste quedarte aquí. Conmigo.

Lucio la miró. No había súplica en su voz. No había exigencia. Solo una claridad que él llevaba meses evitando nombrar. Se sentó a su lado. No la tocó. No hizo falta.

—Sí —dijo al fin—. Elegí quedarme contigo.

Eira cerró los ojos un instante, como si soltara un peso que llevaba demasiado tiempo cargando. No sonrió. No lo abrazó. No era su manera. Pero algo en su postura se relajó, como si la casa, el patio y la ciudad entera hubieran cambiado de forma alrededor de ellos.

Desde aquella noche, la convivencia dejó de ser una costumbre y se convirtió en una decisión.

No hablaban de ello, pero la ciudad lo percibió.

Los vecinos los trataban como a una unidad; Vestranio les hacía comentarios que antes no hacía; Habis los miraba con una mezcla de respeto y complicidad.

Y Lucio, sin darse cuenta, empezó a pensar en Gadir no como un refugio, sino como un hogar.

El mundo seguía agitándose lejos, pero en el extremo occidental, donde las mareas marcaban el ritmo de la vida, Lucio y Eira habían encontrado algo que Roma nunca les había dado: un lugar donde elegir sin miedo.

Meses antes de que los ecos de la campaña estival alcanzaran plenamente el sur de Hispania, entre Februarius y Martius de ese mismo año, César había entrado en Roma sin resistencia.

Pompeyo había abandonado la ciudad con los cónsules y buena parte del Senado, dejando tras de sí un vacío que no era solo político, sino moral.

Las calles estaban silenciosas, como si la ciudad hubiera contenido la respiración a la espera de un desenlace inevitable.

No hubo discursos, ni celebraciones, ni multitudes.

Solo el sonido de las caligae de los legionarios y el eco de los cascos sobre el pavimento.

El Senado, reducido y temeroso, se reunió a toda prisa.

César no pidió disculpas ni ofreció justificaciones.

Recordó que los tribunos habían sido expulsados injustamente y que él había actuado en defensa de la legalidad.

Nadie lo contradijo. Nadie tenía fuerza para hacerlo.

En los días siguientes, tomó el control de la ciudad con la misma calma con la que había cruzado el Rubicón.

Ordenó abrir el tesoro para pagar a las tropas, aseguró el abastecimiento y reorganizó la administración.

No actuaba como un conquistador, sino como un hombre que sabía que el tiempo era su enemigo.

Pompeyo reunía fuerzas en Grecia, pero antes de enfrentarlo, César debía asegurar Hispania.

Las legiones de Afranio y Petreyo, leales a Pompeyo, dominaban la Citerior.

Si no las neutralizaba, su retaguardia quedaría expuesta.

Así que, apenas unas semanas después de entrar en Roma, partió hacia el occidente.

Atravesó la Galia Transalpina, dejó un cerco en marcha en Massilia y avanzó hacia los Pirineos con la rapidez que lo caracterizaba.

La campaña de Ilerda, que se prolongó durante el verano, fue dura, marcada por lluvias interminables, desbordamientos y maniobras que exigieron más resistencia que gloria.

César no buscaba una batalla decisiva, sino quebrar la voluntad de Afranio y Petreyo.

Lo consiguió. Tras semanas de movimientos y desgaste, los comandantes pompeyanos capitularon.

César los trató con clemencia, como si la guerra civil no fuera aún una herida abierta, sino una disputa que podía resolverse sin rencor.

Desde Ilerda marchó a Narbo Martius para reorganizar la provincia.

Allí recibió lealtades, distribuyó órdenes y preparó la siguiente fase de la guerra.

No permaneció mucho tiempo, pero su presencia bastó para que veteranos, oficiales y curiosos se acercaran a verlo.

Entre ellos, un antiguo primus pilus que había servido bajo su mando en la Galia. César lo reconoció al instante.

—Leo Viridio Britano —dijo, con una leve sonrisa—. Pensé que ya habías tenido suficiente.

El veterano respondió con la misma sequedad de siempre.

—Si necesita un viejo que ponga orden, sigo vivo.

César soltó una carcajada.

—Has servido más que yo. Y no pienso cargar contigo otra vez. Bastante vomitaste en mis barcos. Vete a tu casa. Y disfruta de tu mujer.

Viridio inclinó la cabeza, aceptando la orden como quien recibe un honor. César no añadió nada más. No era un hombre dado a las despedidas. Al día siguiente, partió hacia el este para preparar la campaña contra Pompeyo. La guerra civil apenas había comenzado, pero su rumbo ya estaba marcado [324] .

El verano declinaba cuando un pequeño barco procedente de la costa narbonense atracó en el puerto de Gadir.

El calor era espeso, y el olor a sal y a redes recién remojadas se mezclaba con el bullicio de los pescadores que regresaban de la faena.

Entre los pasajeros descendió un hombre de andar firme, joven aún, pero endurecido por los años de campaña y por la mutilación que había marcado su vida.

Lucio lo reconoció en cuanto lo vio avanzar por la pasarela.

Servio no vaciló. Caminó directamente hacia él, como quien por fin encuentra al hombre que ha venido a buscar.

Alzó el antebrazo derecho —el único que podía ofrecer— y Lucio lo tomó con la misma naturalidad con la que lo había hecho años atrás, cuando compartían contubernium y responsabilidades en la Galia.

—Publio tenía razón —dijo Servio, con una media sonrisa—. Estabas aquí.

—Y tú has tardado menos de lo que esperaba —respondió Lucio.

Servio asintió, satisfecho. Eira, que había observado la escena desde unos pasos atrás, se acercó con cautela. Servio la saludó con un leve gesto de cabeza, respetuoso, sin curiosidad innecesaria. Los veteranos no hacían preguntas que no fueran precisas.

—Vienes desde la Narbonense —dijo Lucio—. ¿Cómo está la provincia?

—Revuelta, pero en orden —respondió Servio—. César pasó por allí hace semanas, después de derrotar a Afranio y Petreyo. Reorganizó todo con la rapidez de siempre. Y dejó claro que no piensa perder tiempo antes de marchar contra Pompeyo.

Lucio asintió. No era sorpresa. César nunca se detenía más de lo necesario.

—Traigo noticias —continuó Servio—. Publio y Septimia están bien. Roma está inquieta, pero no en peligro inmediato. Y Viridio…

Se detuvo un instante, como si ordenara las palabras.

—Viridio sigue siendo Viridio. Vive en Narbo Martius con Nidia. Y no, no se ha reenganchado. Aunque lo intentó.

Lucio arqueó una ceja.

—¿Lo intentó?

Servio soltó una carcajada seca.

—Claro que lo intentó. Se presentó ante César como si aún fuera su primus pilus . Y César… bueno, César le respondió a su manera. Aquí tienes la carta. Me pidió que te la entregara en mano.