Capítulo 24 - Gadir El Origen de la Marea #3
—Tengo casi setenta años, Lucio —dijo al fin, volviéndose—.
Mis hijos prefieren la política en la Ulterior y a mi esposa le disgusta el olor del pescado.
No quiero socios que me obliguen a vigilar los libros por las noches.
Quiero retirarme. Lo que voy a proponerte es distinto: te vendo la factoría.
La sorpresa descoló a Lucio, que no esperaba un giro tan drástico.
—¿Venderla? —preguntó.
—Es una oportunidad para ambos —continuó Licinio, animándose ante su propia idea—.
Conseguiré una pequeña fortuna que asegurará mi vejez, y tendré la certeza de dejar el negocio en manos de un Decimio.
Vuestra gens es la mayor comerciante de garum y salazones de todos los territorios romanos; vuestro apellido garantiza que estas piletas seguirán llenas.
Te venderé la cetaria , las marcas y las licencias de exportación por un precio justo que tu tío Publio avalará sin pestañear.
Con una condición sagrada: no despedirás a ninguno de los trabajadores.
Vestranio, Habis y el resto de los hombres se quedan aquí hasta que las fuerzas les falten. Son mi gente.
—Tienen mi palabra —respondió Lucio de inmediato, estrechándole la mano derecha al anciano—. Ningún hombre perderá su puesto.
Esa misma noche, bajo la luz de una lucerna, Lucio redactó una misiva para el monte Aventino. El pergamino, sellado con el anillo de la familia, explicaba los términos del acuerdo y la viabilidad de incorporar las productivas factorías de Gadir directamente bajo el control de la firma familiar.
Lucio Decimio Praesul a su tío Publio Decimio Lépido, salud.
Espero que esta te encuentre con salud, así como a la buena de Septimia.
Escribo para informarte de que he alcanzado un acuerdo firme con Cominio Licinio Arisón.
El anciano desea retirarse y me ha ofrecido la compra total de sus cetariae en el puerto de Gades.
El precio es razonable y las instalaciones están en pleno rendimiento.
He empeñado nuestro apellido en la compra, sabiendo que la demanda de liquamen en Roma no deja de crecer.
A partir de las próximas calendas, las factorías que viste prosperar desde lejos forman parte del negocio de la Gens Decimia . Asumo la gestión directa de las piletas y la supervisión de las capturas. La producción está asegurada.
Espero tus instrucciones respecto a los fletes de otoño. Que los dioses os guarden.
Vale .
Con el paso del tiempo, la rutina de Lucio fue cambiando.
La transición fue natural pero exigente; pasó de ser el antiguo aprendiz al dueño legítimo de las instalaciones.
Se le veía desde el amanecer entre las piletas de salazón, comprobando la calidad de la sal marina, supervisando el prensado del pescado y asegurándose de que las ánforas fueran selladas correctamente con el nombre de su familia para el mercado itálico.
Vestranio, aunque seguía gruñendo por costumbre, mostraba una eficiencia impecable bajo el mando de su antiguo pupilo, y Habis se convirtió en su mano derecha en los muelles, controlando la carga de los barcos que desafiaban las corrientes del Estrecho.
A veces, Lucio imaginaba al viejo Orsón, si aún viviera, corrigiéndole la postura al escribir.
El verano estaba en su apogeo cuando un correo desembarcó con la respuesta de Roma. Las tablillas de cera traían el sello personal de Publio, y la letra, dictada a un escriba pero firmada por el anciano, transmitía una satisfacción evidente.
Publio Decimio Lépido a Lucio Decimio Praesul, salud.
Tu carta ha traído una gran alegría a esta casa.
Tu padre se habría sentido orgulloso de ver el nombre de nuestra estirpe grabado en los muelles de la ciudad que lo acogió en su juventud.
El acuerdo con Licinio es excelente; ya he dispuesto los avales necesarios con mis argentarii en las tabernae del foro para que el pago se efectúe sin retrasos [320] .
Los mercados de Roma están revueltos por la política, pero los estómagos de los patricios siguen exigiendo el mejor producto de Hispania.
Tu gestión en las piletas es la mejor garantía que tenemos.
Septimia te envía sus más afectuosos saludos y reza a los lares por tu prosperidad en esa nueva etapa.
Haz que el negocio crezca. Confío en tu criterio.
Vale .
Lucio guardó las tablillas en su despacho de la factoría, escuchando el golpeteo constante de los carpinteros que reparaban los barriles en el patio. Gadir ya no era solo el lugar de sus recuerdos; ahora era el centro de su presente.
Durante los meses siguientes, Eira se entregó a sus nuevas labores con una constancia silenciosa.
Limpiaba el polvo de las vigas resinadas, ordenaba las pesadas piezas de cilicium y mantenía la contabilidad rudimentaria de las lonas que salían hacia los muelles.
Al principio, el artesano cilicio la observaba con recelo, pero pronto la callada eficacia de la joven y su orgullo norteño empezaron a ablandar su carácter severo.
Eira no se quejaba del frío del amanecer ni del áspero tacto del pelo de cabra; su determinación recordaba tanto a Tarcondamoto a su propia hija —fallecida de fiebres años atrás en los secos páramos de Anatolia— que terminó por tomarle un afecto paternal.
A menudo, el viejo tejedor dejaba sobre la mesa del aposento alguna fruta fresca o una túnica de lana fina, gestos que ella agradecía con una leve inclinación de cabeza, sin excesos, pero con sincera gratitud.
Mientras tanto, Lucio no descansó. En cuanto reunió los primeros ahorros de su gestión en la factoría, buscó de nuevo a Barca en las tabernas del puerto.
Tras una tarde de tensa negociación sobre un mostrador de madera húmeda, Lucio consiguió comprar la antigua casa de sus padres, recuperando la propiedad legal de las ruinas.
Al día siguiente, con la ayuda de Habis y de algunos materiales descartados de los astilleros, inició la rehabilitación del edificio.
Él mismo levantó las tejas vencidas, rascó el salitre de los muros y reforzó las vigas del patio donde su madre, Livia, solía tejer.
Fue un trabajo duro que le tomó meses de esfuerzo tras las jornadas en la factoría, pero cuando el humo volvió a salir por la chimenea, la casa de Paulo y Livia volvía a estar viva.
Una tarde, al concluir las obras, Lucio visitó el taller de telas y le ofreció formalmente un techo a Eira en la vivienda recuperada.
La muchacha lo acompañó por las callejuelas del barrio de pescadores y contempló el patio limpio y el aposento preparado para ella.
Sin embargo, antes de dejar sus enseres, lo miró con la firmeza inquebrantable de su sangre britana.
—Acepto el techo, Lucio —le dijo con voz pausada—, pero seguiré acudiendo cada día al taller de Tarcondamoto. Mi trabajo es mío, y mi sustento también.
Lucio asintió, respetando esa independencia que la definía.
No hubo más discusiones aquella tarde; Eira comenzó a acomodar sus pocas pertenencias en el aposento limpio, mientras Lucio contemplaba el sol ocultarse tras los muros de la vieja casa.
La vida en Gadir empezaba a recuperar su ritmo, silenciosa y constante, al amparo de las mareas del Estrecho.
Había transcurrido un año desde el regreso de Lucio a Gadir.
En las calendas de enero, siendo cónsules Cayo Claudio Marcelo y Lucio Cornelio Léntulo Cruso [321] , la ciudad seguía el ritmo lento del invierno y del comercio marítimo reducido.
Las tensiones que crecían en Roma apenas llegaban como rumores fragmentados, y nadie en el extremo occidental del mundo podía imaginar aún que, en cuestión de semanas, un solo gesto de César en la frontera de Italia desencadenaría una guerra civil cuyos ecos tardarían meses en alcanzar Gadir.
Mientras tanto, muy lejos del sur de la Hispania Ulterior, en los confines entre la Galia y la península itálica, un hombre contemplaba un río estrecho que no parecía digno de la historia que estaba a punto de cargar sobre sus aguas.
César había concluido la Guerra de las Galias, pero el Senado le exigía que regresara a Roma como un ciudadano privado.
Sabía lo que eso significaba: juicios, acusaciones, la ruina política.
Y sabía también que Pompeyo, su antiguo aliado, ya no estaba de su lado.
La noche en que llegó la respuesta definitiva del Senado, César se encontraba en la ribera del Rubicón.
El río no era imponente; era apenas un hilo de agua, pero cruzarlo al mando de tropas significaba declararse enemigo del Estado.
El aire estaba frío y la humedad del invierno se pegaba a los mantos.
Detrás de él, sus oficiales aguardaban en silencio, conscientes de que aquel instante decidiría el destino de Roma.
César permaneció un largo rato sin hablar.
No consultaba. No buscaba aprobación. Observaba el agua oscura como si en ella pudiera ver el futuro que estaba a punto de desencadenar.
Sabía que, si obedecía al Senado, su carrera terminaría.
Sabía también que, si avanzaba, arrastraría a Roma a una guerra civil.
—Si cruzo —dijo al fin, en voz baja—, no habrá retorno.
Nadie respondió. No hacía falta. César avanzó un paso, luego otro, y el agua le cubrió las sandalias. No levantó la voz cuando pronunció las palabras que sus hombres recordarían durante generaciones.
— Alea iacta est [322] .
Los estandartes lo siguieron. Las legiones cruzaron el río en silencio, como si el propio destino las empujara. Roma acababa de romperse en dos.
Las noticias tardarían meses en alcanzar el extremo occidental del mundo, pero el mundo de Lucio Decimio ya había empezado a cambiar sin que él lo supiera.