Capítulo 24 - Gadir El Origen de la Marea #2
El nombre de la remota isla, de la que en el puerto solo se oían leyendas de brumas y estaño, hizo que Vestranio enarcara una ceja y Habis detuviera el trapo con el que se limpiaba las manos.
La muchacha no se amedrentó bajo la triple inspección; sostuvo la mirada de los gaditanos con el orgullo frío de su sangre y dio una ruda inclinación de cabeza.
—Acompaño a Lucio por mi propia voluntad —declaró Eira, con un latín pausado pero firme—. Desde las campañas en Britannia .
Nereo silbó bajito, impresionado por el temple de la extranjera, mientras Habis sonreía con una mezcla de respeto y asombro. Lucio sintió, sin pensarlo, que la presencia de ella encajaba allí, en aquel mundo que había sido suyo mucho antes de Roma. No lo dijo. No lo analizó. Pero lo sintió.
Gadir lo había recibido. No como a un extranjero. No como a un soldado. Sino como a un hombre que volvía al lugar donde había empezado a ser quien era.
Tras despedirse de Nereo y los demás en los muelles, la prioridad inmediata fue buscar un techo.
Lucio guió a Eira a través de las intrincadas y angostas callejuelas del barrio de los pescadores, buscando la vieja silueta de la casa de sus padres.
Cuando la encontraron, el panorama era desolador: las tejas de la techumbre se habían vencido y los muros lucían desconchados por el salitre.
Preguntaron a unos vecinos a quién pertenecía la propiedad en la actualidad y dónde encontrarlo.
Le dijeron que se dirigieran al pequeño llano donde los pescadores reparan sus redes, justo al doblar la vieja casa, y preguntaran por Barca.
Lucio recordó que Barca era un pescador que de joven vivía cerca de ellos. Lo encontró remendando una red de gran tamaño, un pescador de ojos nublados por el sol a quien Livia le había vendido la propiedad años atrás, cuando Lucio la llamó a Roma.
—¿Barca? —preguntó Lucio, deteniéndose ante él.
El viejo alzó la vista, protegiéndose los ojos con una mano callosa, y recorrió con la mirada la planta del romano y la capa de la muchacha norteña.
Tardó unos instantes en procesar la pregunta, evaluando el rostro adusto y maduro del desconocido que se plantaba en su rincón del puerto.
Nadie del pasaje ordinario preguntaba por él, y menos junto a la casa en ruinas de los Decimios.
De pronto, al fijarse en la forma en que el extranjero apoyaba el peso al pararse, idéntica a la del difunto Paulo cuando regresaba de las mareas, el viejo entreabrió los labios y soltó la aguja de madera sobre la red.
—Por Hércules… Tú eres el hijo de Paulo —murmuró, con la voz rota por el asombro—. Eres Lucio Decimio. Livia contaba en sus cartas que estabas con las legiones, pero… maldita sea, te hacía enterrado en la Galia. Sé a lo que vienes. Has pasado por la casa, ¿verdad?
Barca se encogió de hombros, disculpándose avergonzado por el estado de abandono.
—Nunca llegué a habitarla, Lucio —se excusó el viejo, rascándose la nuca—. Y los pocos que se interesaron por arrendarla huían a los pocos días. En el barrio se dice que por las noches la ronda el fantasma de un pescador muerto en el mar.
Lucio guardó silencio. Sabía bien a quién se referían; su padre, Paulo, había perecido en las corrientes del Estrecho cuando él era apenas un niño.
Sin embargo, mientras contemplaba el patio ruinoso, recordó que él mismo no se había topado con el espectro de su padre hasta cumplir los quince años, justo antes de marchar a Roma en busca de su destino; y su madre, Livia, había vivido allí sola ocho años más sin ver aparición alguna.
Debían de ser, concluyó para sus adentros, habladurías nacidas de la ignorancia de la plebe, siempre dispuesta a poblar de sombras cualquier casa deshabitada.
Como la vivienda no era habitable en esas condiciones, tuvieron que rondar el resto del día por Gades en busca de una alternativa.
En las tabernas del puerto oyeron hablar de un tal Tarcondamoto, un industrioso artesano oriundo de Cilicia.
El hombre poseía un próspero taller dedicado a la fabricación y comercio de tejidos de pelo de cabra cilicia —el recio cilicium —, así como al trenzado de cuerdas y lonas para los barcos [319] .
Tarcondamoto buscaba con urgencia a alguien de confianza que atendiera las labores de la casa a cambio de un techo y un salario suficiente para mantenerse.
El cilicio los recibió en su almacén, que olía fuertemente a lana grasa y a alquitrán. Tras evaluar la seriedad del veterano y la callada disposición de la muchacha norteña, aceptó el trato de inmediato, ofreciéndoles un aposento en la planta superior de su taller.
Tarcondamoto guió a Eira escaleras arriba para mostrarle el aposento de la planta superior que, a partir de ese momento, se convertiría en su nueva morada.
Lucio, por su parte, declinó ocupar el lugar; prefirió dejar a la muchacha instalada y marchó de inmediato al puerto en busca de Habis.
Lo encontró junto a los muelles, asegurando las amarras de una barca bajo la última luz del día.
—¿Buscando dónde caerte muerto, romano? —le soltó Habis al verlo llegar, con una sonrisa que desmentía la brusquedad de sus palabras.
—He dejado a Eira instalada con Tarcondamoto, el cilicio —respondió Lucio, yendo al grano—. Necesito un techo para pasar las noches mientras decido qué hacer. He pensado que tal vez tu casa…
—No sigas —lo interrumpió Habis, alzando una mano abierta—. Mi casa es la tuya, Lucio. Eso ni se pregunta.
Lucio asintió, aliviado, y se echó la mano al cinto.
—Te pagaré lo justo por la comida y el camastro. Sé que las cosas no están para…
—Guarda eso —le cortó su viejo amigo, esta vez con un ademán tajante y la mirada seria—.
Si vuelves a mentar una sola moneda, te vas a dormir con los tripulantes del Alauda en el fondo del Exterum .
Jamás aceptaré que me pagues un solo sestercio por darte cobijo.
Somos hermanos de sal, Lucio. O lo tomas así, o te buscas otra puerta.
Lucio sostuvo la mirada de Habis un instante, reconociendo el orgullo inquebrantable de los hombres del puerto, y terminó por bajar la mano con una leve sonrisa de gratitud.
El encuentro con Cominio Licinio Arisón se produjo al día siguiente, en las oficinas de la factoría principal, un espacio fresco que olía a madera vieja y a pergamino reseco.
El dueño de las cetariae , un hombre de hombros caídos y túnica holgada con ribetes purpúreos que delataban su riqueza provincial, contemplaba un libro de cuentas cuando Lucio entró.
Para presentarse, el veterano no confió únicamente en sus palabras; desprendió de su cordón y puso sobre la mesa, con un golpe seco y firme, el pesado sello de bronce de su abuelo, Décimo Lépido Festo, de la Gens Decimia .
El metal mostraba el relieve gastado pero inconfundible del sello familiar, una marca respetada y temida por todos los comerciantes de garum y liquamen a lo largo y ancho del territorio dominado por Roma.
—Vengo a solicitar un puesto en tus factorías, Licinio —dijo Lucio, sosteniendo la mirada del anciano—.
Conozco el oficio desde muchacho. Puedo encargarme de la administración y de llevar vuestros libros de cuentas o, si no hay sitio en las oficinas, regresaré a las mesas de salazón con el cuchillo.
Licinio alzó la vista, tomó el sello entre sus dedos callosos y lo examinó bajo la luz de la ventana. Al reconocer la marca de Festo, dejó la pluma de ganso a un lado, miró a Lucio y negó con la cabeza de forma tajante, sin dar margen a la réplica.
—No, Lucio —sentenció—. No te aceptaré como administrador. Y mucho menos abriendo atunes en la mesa de salazón. Olvídalo.
Lucio sintió que la mandíbula se le tensaba. La respuesta, directa y sin contemplaciones, despertó en él el orgullo del veterano.
—He gestionado los suministros de la Décima Legión en el norte de la Galia, Licinio —replicó Lucio, conteniendo a duras penas el enfado—.
Conozco los muelles, conozco el peso de las ánforas y sé cómo tratar con los armadores.
Y si mi experiencia te parece excesiva para tus libros, mis manos siguen siendo fuertes para el cuchillo. No entiendo tu negativa.
Licinio suspiró, recostándose en su silla de mimbre y devolviendo el anillo a la mesa con una mezcla de paciencia y severidad romana.
—No lo entiendes porque sigues pensando como un soldado que busca refugio —dijo el viejo comerciante—.
Mantengo correspondencia regular con Roma, Lucio.
Sé con quién comercio. Publio Decimio Lépido, el primo de tu padre, me detalla en sus cartas el volumen de garum sociorum y las partidas de liquamen que movías en los almacenes del Emporium .
Y mis capitanes me han contado que dejaste el servicio convertido en un pilus prior de la Décima.
Un hombre con tu rango y con el sello de la Gens Decimia sobre mi mesa no se arrodilla a destripar caballas en Hispania por cuatro monedas.
Sería una afrenta para tu estirpe y una vergüenza para mí ante tus parientes.
Los provinciales tenemos normas, muchacho.
Lucio guardó silencio, asimilando el peso de las palabras de Licinio. La mentalidad de la época no permitía esos retrocesos sin que parecieran una deshonra pública.
—Si mi nombre te impide darme un sueldo —propuso Lucio tras un instante, cruzando los brazos—, hablemos en otros términos. Asociémonos. Yo pongo mi experiencia y los contactos de mi familia en Roma; tú pones las instalaciones y la flota de cabotaje.
Licinio entornó los ojos, acariciándose la barbilla rala mientras sopesaba la oferta. Se levantó y caminó hacia la ventana que daba al patio de las piletas, donde el tableteo de las palas de madera marcaba el ritmo del día.