La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 24 - Gadir El Origen de la Marea
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Capítulo 24 - Gadir El Origen de la Marea

«Ningún hombre vuelve al mar siendo el mismo: las aguas que lo vieron partir no son las que lo reciben, y él tampoco es ya aquel que se alejó de la orilla».

— A TRIBUIDO A E UFRÓN DE T IRO , Sobre los Regresos y las Mareas

No era un regreso dictado por la nostalgia, sino por la certeza de que Roma ya no era su lugar. Había dejado Gades con quince años, lleno de ambición y de preguntas. Ahora volvía convertido en un hombre distinto, marcado por la guerra y por pérdidas que no podía desandar.

Cuando los vientos fueron favorables, Lucio y Eira navegaron hacia el extremo occidental del mundo conocido. No buscaban un hogar. Buscaban un comienzo.

Partieron de Roma al inicio de la primavera, cuando los vientos eran más estables y las rutas hacia Hispania se llenaban de naves mercantes.

Lucio no miró atrás cuando el barco se alejó del Emporium ; no había nada en la ciudad que necesitara una despedida.

Eira permaneció a su lado en silencio, observando cómo la línea del Aventino se desdibujaba hasta desaparecer.

Navegaron bordeando la costa itálica y, tras varios días de mar abierto, avistaron las montañas de la costa hispana al oriente del Estrecho.

El capitán decidió continuar hacia el sur para cruzar el paso con la marea favorable.

Al cabo de un par de semanas de navegación, fue cuando Eira, apoyada en la borda, señaló las dos elevaciones que se alzaban a ambos lados del estrecho.

—¿Son esas las columnas de las que hablan vuestros marineros? —preguntó.

Lucio asintió.

—Las Columnas de Hércules. Para los romanos, marcan el límite del mundo. Más allá de ellas empieza el Mare Exterum . Para los gaditanos, en cambio, son solo la puerta de entrada a su ciudad.

Eira observó el estrecho con atención, como si intentara comprender la idea de un mundo que terminaba en un punto concreto.

—En mi tierra no hay puertas —dijo—. Solo nieblas.

Lucio no respondió. Había algo en la forma en que ella miraba el horizonte que le resultaba inesperadamente cercano.

Al cruzar el Estrecho, el barco viró hacia el noroeste.

La costa baja de Gadir apareció de pronto, sin transición, como siempre ocurría: una línea de arena, muelles de madera y el perfil del Herakleion, en la distancia, recortado contra la luz.

Lucio reconoció la ciudad antes de que nadie la nombrara.

No era nostalgia. Eran sus recuerdos. Era el lugar donde había trabajado desde los trece años en las factorías de los Licinios y donde, con quince, había visto a César antes de marcharse a Roma.

El barco atracó entre gritos de marineros y golpes de cuerdas. El olor a sal, a pescado abierto y a ánforas recién selladas lo envolvió con una fuerza que no necesitaba explicación. Eira respiró hondo, intentando descifrar aquel mundo nuevo para ella.

—Así huele Gadir —dijo Lucio.

Eira lo miró de reojo.

—¿Por qué la llamas así? —preguntó—. En Roma todos dicen Gades.

Lucio tardó un instante en responder.

—Gades es el nombre romano —dijo al fin—. Gadir es como la llaman los que nacieron aquí. Mi padre, aunque nació en Roma, la llamaba así. Y yo también, antes de marcharme.

Eira asintió despacio, como si guardara aquella palabra en un lugar importante.

Avanzaron por el muelle hasta la zona de las cetariae .

Allí, entre el ruido de las palas y el movimiento de los cargadores, un hombre de túnica corta y cuero endurecido por la sal supervisaba la descarga de unos fletes de sal.

Era Vestranio. Los dieciocho años transcurridos pesaban sobre sus hombros, ahora más encorvados, y en su cabello, completamente gris, pero sus ojos mantenían la misma fijeza severa de antaño.

Lucio se detuvo a pocos pasos, esperando.

El viejo capataz alzó la vista, barriendo al recién llegado con una mirada rutinaria que pasó de largo, considerándolo un soldado o un viajero más de los que escupían los muelles.

Sin embargo, algo en la planta del romano, o quizá la fijeza con la que este lo observaba, hizo que Vestranio frunciera el ceño y detuviera su marcha.

Dio dos pasos hacia él, entornando los ojos bajo el sol deslumbrante de Gadir, buscando en las facciones de aquel hombre maduro, de mandíbula adusta y cicatrices de campaña, algún rastro familiar.

—¿Buscas trabajo, soldado? —preguntó Vestranio, con su habitual brusquedad, aunque la voz le tembló un hilo—. Aquí no necesitamos hombres de armas, sino brazos que sepan usar el cuchillo de salazón.

—Mis manos siguen siendo fuertes para el cuchillo, Vestranio —respondió Lucio, con una leve sonrisa—. Aunque hace mucho que no abro una caballa.

El anciano dio un respingo. Escudriñó la línea de la nariz, la forma de los ojos, y de pronto la severidad de su rostro se agrietó por completo.

—¿Lucio?… ¡Por todos los dioses! —exclamó, dejando caer la tablilla de madera que llevaba en la mano—. Pensé que Roma te habría retenido para siempre… o que te habrías quedado en los huesos en alguna fosa de la Galia.

Lucio inclinó la cabeza en señal de respeto.

—He vuelto, Vestranio. De verdad.

El capataz lo tomó por los hombros, tanteando el metal de su fíbula y el grosor de su capa, convenciéndose de que el muchacho desgarbado que despidió en el año de los cónsules Lucio Cecilio y Quinto Marcio era ahora este hombre sólido. Una satisfacción genuina, rara en él, iluminó sus ojos viejos.

—Ven dentro —dijo Vestranio, recuperando la compostura a regañadientes y recogiendo su tablilla—. Camina. Hay alguien que necesita ver esto para creérselo.

Lucio y Eira lo siguieron al interior de la cetaria .

El calor denso, el olor a salmuera y el ritmo acompasado de las mesas eran exactamente los mismos que Lucio guardaba en la memoria.

Al fondo, junto a las piletas principales, un hombre más ancho de hombros, de barba tupida y brazos fibrosos, limpiaba los restos de una partida de atunes. Era Habis.

Vestranio se adelantó, golpeando el poste de madera con su tablilla para llamar la atención del grupo.

—¡Habis! —gritó el capataz, con un tono burlón que Lucio no le conocía—. Deja la pala un momento. Mira quién vuelve a casa arrastrando los pies… ¿Te acuerdas de este desastre de aprendiz o la sal te ha secado el seso?

Habis se volvió, limpiándose las manos ensangrentadas en el delantal de cuero. Al ver a Lucio, la pala quedó suspendida en el aire. La sorpresa inicial se transformó, en un par de latidos, en una sonrisa franca y enorme que le dividió el rostro.

—Lucio… —murmuró, soltando la herramienta con estrépito y acortando la distancia entre ambos—. Por la marea… ¡Lucio!

Se arrojó sobre su antiguo amigo, abrazándolo con la fuerza ruda de los hombres del puerto, una fuerza que no temía mostrar el afecto acumulado durante casi dos décadas de silencio físico.

—Pensé que te habías convertido en un patricio estirado de los que solo comen nuestro liquamen en copas de plata —dijo Habis, apartándolo para mirarlo de arriba abajo—. Estás viejo, romano.

—Y tú más ancho que un atún de derecho [318] —sonrió Lucio, conmovido.

La alegría de Habis decayó un instante, tornándose en un gesto más grave y maduro. Le puso una mano en el hombro.

—Orsón ya no está, Lucio. Murió hace dos inviernos. Pero habría gruñido al verte entrar por esa puerta, como siempre hacía cuando dabas mal un corte.

Lucio asintió en silencio. No era tristeza lo que sintió, sino la certeza punzante de que el tiempo había seguido su curso implacable en Gadir mientras él marchaba por el barro del norte.

Mientras los tres hombres hablaban, un revuelo en el patio exterior de la factoría interrumpió la reunión.

Un hombre de andar marinero, con la piel curtida por mil vientos y una marcada cicatriz en la ceja, entró apresuradamente en la nave de salazón, mirando a su alrededor con impaciencia.

Era Nereo, el antiguo contramaestre del Alauda .

—¿Dónde está? —preguntó a uno de los jornaleros, hasta que sus ojos dieron con el grupo. Se detuvo en seco al reconocer a Lucio.

—Me lo han dicho en la statio del puerto —explicó Nereo, con la voz ronca y el aliento entrecortado—.

Un patrón de Carthago Nova estaba comentando en las oficinas comerciales que acaba de desembarcar un Decimio procedente de Roma…

Sabía por las cartas de tu madre y por los fletes de tu tío Publio que seguías respirando, Lucio, pero verte aquí… con los pies en la tierra de Gades…

Nereo se acercó despacio. Dieciocho años atrás, el mar se había tragado el Alauda , separando sus caminos en una jornada de tormenta y naufragio. Volver a tocarse la piel en el mismo muelle del que partieron siendo jóvenes superaba cualquier palabra escrita en un pergamino.

Lucio le tendió el antebrazo con firmeza. Nereo lo estrechó con fuerza, con la complicidad inquebrantable de los únicos hombres vivos que recordaban el crujir de la madera de aquel navío antes de hundirse en el Exterum .

—El náufrago ha regresado, Nereo —dijo Lucio en voz baja.

—¿Qué harás ahora? —preguntó el antiguo contramaestre al soltarlo, guiñando a Vestranio—. ¿Buscarás a Licinio para reclamar un puesto, o volverás a mancharte los dedos de sal con nosotros?

—Preguntaré a Licinio —respondió Lucio—. Y si no hay libros que llevar, destriparé pescado en las mesas. Mis manos no han olvidado el oficio.

Nereo asintió, pero su mirada inquisitiva se desvió por encima del hombro de su amigo hacia el umbral de la nave, donde una figura ajena al muelle aguardaba inmóvil.

Vestranio y Habis siguieron la dirección de sus ojos.

Eira, como era su costumbre, observaba la reunión en silencio, envuelta en su capa norteña y con la espalda apoyada en el marco de madera.

Lucio se volvió hacia ella y, con un gesto suave de la mano, la invitó a dar un paso al frente ante los tres hombres.

—Ella es Eira —la presentó, midiendo las palabras frente a la curiosidad provincial de sus viejos camaradas—, hija de Cadalon, de la estirpe de los Belgas de Britannia .