Capítulo 23 - La Llamada de Melqart #2
Ella apretó los labios, asegurando que no hacía nada, pero su padre la ignoró con la misma indiferencia con la que se aparta lo irrelevante.
El momento se quebró del todo cuando un patricio joven se abrió paso entre los vendedores con ostentación estudiada; era el tipo de hombre acostumbrado a que la plebe se apartara a su paso.
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó con desprecio.
Sin molestarse en mirar a Lucio, evaluó la escena como si todo le perteneciera por derecho hasta que sus ojos se toparon con Eira.
—Aparta, basura bárbara —siseó, y la empujó con violencia para abrirse paso, haciendo que la muchacha cayera al suelo del Emporium sin tiempo para reaccionar.
El mundo se detuvo para Lucio, cuyo cuerpo reaccionó con los puros reflejos de la campaña.
Agarró al patricio por el pecho, lo giró con violencia antes de que pudiera recuperar el equilibrio y descargó un puño seco que le rompió el tabique nasal.
El hombre cayó hacia atrás con un grito ahogado, llevándose las manos a la cara mientras la sangre brotaba de inmediato entre sus dedos.
El mercado quedó en un silencio sepulcral.
Numerio observó la escena sin rastro de sorpresa y murmuró un seco «bien empleado» que hizo palidecer a su hija.
—¡Padre! —exclamó Fadia incrédula, pero Numerio ya hacía un gesto imperioso a sus siervos.
—Llevadla a casa y que no vuelva a salir hoy. Y tú, Cayo Flavio Rufo, deberías avergonzarte de arrastrar por el lodo tu nombre y mi casa —añadió, mirando con asco al patricio, que era levantado entre sollozos por sus propios esclavos.
El alboroto atrajo finalmente a una patrulla de los accensi de los ediles [315] , encargada de vigilar el orden y las transacciones en el puerto.
Los hombres se abrieron paso con los bastones en alto y el oficial al cargo exigió saber quién había causado el altercado.
El patricio, enseñando el anillo de su sello entre quejidos sangrientos, señaló a Lucio:
—¡Él! ¡Ese salvaje me ha atacado!
Uno de los guardias avanzó con intención de echarle mano al veterano, pero el jefe de la ronda le puso un brazo firme en el pecho, deteniéndolo en el acto mientras clavaba sus ojos en las facciones de Lucio. La rigidez oficial del subordinado se transformó en un asombro absoluto.
—¿Tú…? ¿El pilus prior Decimio? —preguntó, cuadrándose de manera inconsciente ante el asombro de la plebe—. No esperaba verte aquí, mi centurión, y menos en estas circunstancias.
Lucio reconoció al hombre bajo el casco de cuero.
—Valerio —dijo, relajando los puños—. Veo que cambiaste el barro del Rin por las losas del foro.
Valerio alzó la mano, ordenando a sus hombres que bajaran los bastones.
—Este hombre fue mi superior en la Décima Legión; no se arrastra a un veterano por responder a una provocación pública.
Te lo habrás ganado, ciudadano, y has tenido suerte de que no llevara el gladius encima —sentenció el oficial, volviéndose hacia sus hombres mientras señalaba al patricio que protestaba por su nariz rota—.
Sujetad a este alborotador. Llevadlo ante el tribunal de los tresviri capitales [316] para que responda por iniciar una riña y alterar la paz del mercado. Moveos.
El noble fue arrastrado por la fuerza entre ultrajes y humillado ante todo el mercado, mientras Fadia lo seguía a corta distancia, roja de vergüenza, permitiendo que el ruido regresara lentamente al puerto.
Numerio se acercó a Lucio con una sonrisa amarga.
—Sigues reaccionando como en el campamento.
—Y tú sigues viendo más de lo que dices —respondió Lucio, provocando el silencio del comerciante, que desvió sus ojos curtidos hacia Eira.
Esta vez la miró de verdad, buscando en sus pupilas oscuras lo que no se decía con palabras; Numerio leyó en su firmeza la devoción feroz de quien no teme a Roma porque su único norte es el hombre que tiene al lado. Lucio rompió el silencio presentándolos:
—Eira, hija de Cadalon, de los belgas de Britannia . Este es Numerio Fadio Silano, de Campania, amigo de mi casa y hombre honrado.
Numerio asintió lentamente, fascinado por la fijeza de la muchacha.
—No eres de Roma, pero tampoco estás perdida en ella. Hay algo en tus ojos que aún no ha sido domesticado por la vida que te rodea, y eso en este fango no es una debilidad —añadió con una calma extraña.
El viejo campano dejó que el silencio asentara sus palabras antes de dar un paso hacia Lucio, aunque manteniendo la mirada fija en la britana.
—No te estás limitando a seguirlo, muchacha; lo estás atravesando.
Ahora mismo Lucio está ciego, la guerra le ha vaciado las entrañas y le ha dejado un corazón de piedra que solo entiende de marchas y muros.
Pero te auguro una cosa: la pureza de lo que llevas en los ojos es más fuerte que sus fantasmas.
Tu corazón ganará la guerra que él aún no sabe que sigue librando, y cuando ocurra, cambiará todo lo que cree estar buscando. Buena suerte en los caminos, veterano.
Numerio le dio una última palmada en el hombro a Lucio, se dio la vuelta y se perdió entre el laberinto de carros cargados de Falerno. Solos de nuevo en medio del Emporium , Eira miró a Lucio de reojo.
—No te ha sorprendido nada de esto.
—No —tardó él en responder.
—Pues no sé si eso es peor —concluyó ella suavemente.
Y volvieron a caminar juntos, sin prisa, entre el hierro, el grano y el vino de una Roma que no se detenía por nadie.
La noche cayó sobre el Aventino sin que Lucio lo advirtiera. Había pasado horas en silencio, preparando lo poco que llevaría consigo. La domus estaba tranquila; Publio y Septimia dormían, y los esclavos se habían retirado. Solo una lámpara seguía encendida en el atrium .
Eira estaba allí, sentada en el borde del impluvium , con las manos apoyadas en las rodillas. No parecía esperar nada, pero tampoco se había ido. Lucio se detuvo a unos pasos. Ella levantó la vista.
—Mañana partimos —dijo él.
—Lo sé.
Hubo un silencio breve. No incómodo. Solo inevitable.
—Eira… —empezó Lucio.
Ella negó despacio.
—Déjame hablar yo —dijo—. Solo esta vez.
Lucio asintió.
—No sé decir las cosas como las decís vosotros —continuó ella—. No tengo palabras bonitas. No las aprendí. Pero he vivido mucho tiempo siguiendo tus pasos. No por obligación. No por miedo. Porque quería estar donde tú estuvieras.
No había temblor en su voz. Solo verdad.
—No espero nada de ti —añadió—. No busco que me mires como miraste a esa mujer. No quiero ocupar un lugar que no es mío. Solo quiero que sepas que, si camino contigo, es porque lo elijo. No porque te deba la vida, ni porque esté sola. Lo elijo.
Lucio sostuvo su mirada. No había en ella súplica ni esperanza. Solo una firmeza tranquila, casi orgullosa.
—Eira… no sé qué puedo darte —dijo él.
—No te pido nada —respondió ella—. Solo que no me apartes. Si decides detenerte, me detendré. Si decides seguir, seguiré. Si un día quieres que me vaya, me iré. Pero mientras me permitas caminar a tu lado, lo haré.
Lucio respiró hondo. No había respuesta posible que no fuera injusta. No podía corresponderla. No podía rechazarla. Solo podía aceptar la verdad que ella había puesto entre ambos.
—Ya está decidido —dijo al fin—. En cuanto abran las rutas marítimas, dejaremos Roma atrás.
Eira asintió.
—Y lo que venga después, lo afrontaremos en el camino.
Lucio miró hacia la puerta de la domus . Más allá, la ciudad dormía. O fingía dormir. Él ya no pertenecía a ella. Eira se levantó y se colocó a su lado, sin tocarlo, sin invadirlo. Solo presente.
—Descansa —dijo ella—. Mañana será un día largo.
Lucio apagó la lámpara. La oscuridad llenó el atrium , pero no pesaba. No se sentía solo.