La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 22 - El Camino a Casa #3
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Capítulo 22 - El Camino a Casa #3

—Es Eira, hija de Cadalon, de los Belgas de Britannia —explicó con voz tranquila—. Viaja bajo mi protección.

Publio la observó un instante, evaluando la firmeza de la joven extranjera, y asintió con una leve inclinación de cabeza.

—Sé bienvenida a la casa de los Decimios —dijo, para luego volverse hacia su sobrino—. Venid. No es lugar para hablar —añadió, señalando hacia el pequeño despacho elevado sobre el almacén.

Subieron los escalones de madera. Publio cerró la puerta tras ellos. El ruido del muelle quedó amortiguado, como si el mundo exterior se hubiera detenido un instante.

—Lucio —empezó Publio, sin rodeos—. Debo decirte algo que no debería decirse así, pero no hay otra forma.

Lucio no respondió. Esperó.

—Tu madre murió hace años —continuó Publio—. En la primavera del consulado de Cneo Pompeyo y Marco Craso.

El silencio que siguió no fue dramático. Fue denso, inevitable, como una piedra que cae donde debe caer.

—Lo sé —dijo Lucio al cabo de un momento—. Lo imaginé cuando no recibí respuesta a mis cartas.

Publio negó despacio.

—No. Yo respondí. Te escribí en cuanto murió. Te envié la carta con un mercader que partía hacia la Galia. Nunca supe si llegó. Nunca recibí contestación. Pensé que… —se detuvo, midiendo las palabras—. Pensé que quizá no estabas vivo para leerla.

Lucio bajó la mirada. No había ira. No había reproche. Solo la certeza de que la distancia entre Roma y la guerra había sido más grande de lo que imaginó.

—Murió tranquila —añadió Publio—. Septimia estuvo con ella. No sufrió. Habló de ti hasta el final.

Eira permanecía en silencio, sin apartar la vista de Lucio. No intervenía. No era su lugar.

—Debes venir a la domus —dijo Publio—. A Septimia le gustará verte, aunque sabes cómo es. Y hay cosas que debes ver. Disposiciones que dejó tu madre. Nada complicado, pero… —respiró hondo—. Es mejor que lo veas tú mismo.

Lucio asintió. No había nada que decir. La guerra le había arrebatado muchas cosas; ahora comprendía que también le había arrebatado el tiempo para despedirse.

Salieron del despacho. El muelle seguía con su ritmo habitual, ajeno a todo. Publio caminó delante, sin volverse, con la seguridad de quien conoce cada calle del barrio portuario. Eira siguió a Lucio en silencio.

La domus Decimia no estaba lejos. Cuando cruzaron el umbral, Septimia apareció desde el atrium . Se detuvo al verlo, llevándose una mano al pecho, como si el aire se le escapara un instante.

—Lucio… —murmuró—. Por fin.

No lloró. No lo abrazó. Solo se acercó y le tomó las manos entre las suyas, como se hace con alguien que vuelve de un lugar del que no se regresa igual.

Lucio, todavía encajando el peso de la noticia, no alcanzaba a reaccionar.

Fue Publio quien, dando un paso al frente, rompió el silencio mirando a la muchacha que aguardaba junto a la entrada.

—Septimia —intervino el tío con suavidad—. Ella es Eira, de Britannia . Viene con Lucio.

Septimia parpadeó, regresando al presente, y dirigió una mirada cansada pero atenta a la joven.

—Que los dioses bendigan tu llegada —dijo de manera mecánica, antes de volver a concentrarse en su sobrino—. Ven, Lucio. Tu madre dejó algo para ti.

Lo condujo hacia la habitación que había sido de Livia. El espacio estaba ordenado, limpio, intacto. No era una tumba. Era un lugar detenido en el tiempo.

Sobre la mesa, cuidadosamente doblado, había un pequeño cofre de madera oscura. Septimia lo abrió sin ceremonias. Dentro, un pergamino sellado y un broche de bronce que Lucio recordaba de su infancia.

—Esto es lo que quiso que recibieras —dijo Septimia—. Nada más. Nada menos.

Lucio tomó el pergamino sin romper el sello. No era el momento. El peso del cofre, del broche y de la ausencia llenaba la habitación más que cualquier palabra escrita.

—Cuando estés preparado —dijo Septimia—. Tu madre sabía que este día llegaría.

Lucio asintió. Guardó el pergamino en el cinturón, junto al broche. No lo abriría allí. No todavía.

El silencio de la casa pesaba más que cualquier palabra.

Lucio salió de la habitación de Livia. La casa estaba en orden, pero no viva. Septimia se retiró sin preguntas; Publio lo observó un instante, como si quisiera decir algo y decidiera no hacerlo.

—Si necesitas aire —dijo al fin—, sal. Roma no se mueve, pero cambia.

Lucio asintió. No era el pergamino lo que pesaba. Era lo que faltaba.

Dejó la domus sin prisa. Eira lo siguió unos pasos, pero él se detuvo.

—Debo ir solo —dijo.

Eira no discutió. Solo inclinó la cabeza.

Lucio tomó el camino que conocía de memoria. Las calles no habían cambiado: los mismos talleres, los mismos olores, los mismos gritos de vendedores. Pero él no era el mismo. Y Roma tampoco lo era para él.

La domus donde vivía Fadia seguía en pie. Lucio subió los escalones despacio, como quien asciende hacia algo que no sabe si quiere encontrar. Llamó a la puerta con los nudillos. Se oyó un arrastre de sandalias al otro lado.

La puerta se abrió lo justo para dejar ver a un viejo ostiarius [312] , de rostro surcado y mirada aún firme. Lo reconoció al instante.

—Decimio —dijo, sin sorpresa—. Ha pasado mucho tiempo.

Lucio inclinó la cabeza.

—Busco a Fadia Silana.

El anciano asintió, pero no abrió más la puerta. La etiqueta era clara.

—Esperad aquí.

Se retiró hacia el interior. Lucio escuchó pasos, un breve intercambio de voces, y luego el sonido de la puerta abriéndose un poco más. Esta vez, el ostiarius se hizo a un lado.

Fadia apareció en la entrada. No llevaba adornos. No llevaba nada que llamara la atención. Solo era ella, pero distinta. Más serena. Más adulta. Más lejana.

Lo reconoció al instante. No se llevó la mano a la boca. No lloró. No retrocedió. Solo lo miró como se mira algo que pertenece a otra vida.

—Lucio… —dijo, sin sorpresa.

Él inclinó la cabeza, sin intentar cruzar el umbral.

—He vuelto —respondió.

Fadia asintió despacio. No había alegría ni frialdad. Solo reconocimiento.

—Lo sé. Roma habla.

El viejo ostiarius permanecía a un lado, discreto, pero atento. Era evidente que no debía apartarse.

—No quería interrumpir —dijo Lucio—. Solo necesitaba saber que estabas bien.

Fadia sostuvo su mirada un instante. No buscaba suavizar nada.

—Estoy bien —respondió—. Y espero que tú también.

Lucio asintió. No había nada más que añadir a eso.

—Fadia… —empezó.

Ella levantó ligeramente la mano, marcando un límite.