Capítulo 22 - El Camino a Casa #4
—Lucio, te lo dije entonces —dijo con calma—. No soy una mujer que espere a nadie. Ni a un hombre que sirve a Roma, ni a uno que sigue a César. Lo sabías cuando te fuiste.
Él no discutió. Aquellas palabras eran las mismas que ella había pronunciado años atrás, antes de que él marchara con las legiones.
—No vine a pedirte nada —dijo Lucio—. Solo a verte.
Fadia respiró hondo, sin apartar la vista.
—Y me has visto —respondió—. Pero mi vida es otra ahora.
Lucio bajó la mirada un instante, no por vergüenza, sino por aceptación.
—Lo comprendo.
Ella inclinó la cabeza, como si agradeciera que no hubiera reproches.
—No te guardo rencor —añadió—. No hay nada que perdonar. Tú seguiste tu camino. Yo seguí el mío. Así debía ser.
Un ruido leve en el interior —pasos, una voz masculina llamando a alguien— hizo que Fadia volviera la cabeza apenas un instante. No fue un gesto dramático. Fue natural. Doméstico. Propio de quien tiene otra vida.
—Debo volver —dijo ella, sin excusarse—. Me esperan.
La palabra no necesitaba explicación. No era plural por cortesía. Era la vida que había elegido hacía mucho tiempo.
—Cuídate, Lucio —añadió.
—Tú también.
Él dio un paso atrás. Fadia no avanzó. No extendió la mano. No buscó un gesto final. Solo permaneció en el umbral, firme, serena, como alguien que ya no pertenece al pasado que tiene delante.
Lucio inclinó la cabeza a modo de despedida y descendió las escaleras sin volver la vista. Al girar en el rellano, casi chocó con un hombre que subía con paso firme, cargado con el olor tenue del Falerno y el polvo del Emporium .
—¡Por los dioses, muchacho, mira por dónde…! —empezó a decir, irritado por la brusquedad del encuentro. Pero la frase se quebró en seco—. Pe… pero… ¡Lucio!
Numerio Fadio Silano, padre de Fadia, lo miró como si el tiempo retrocediera de golpe. La dureza del gesto se deshizo en un instante.
—Hijo mío… ¿has vuelto?
Lucio asintió, sin saber aún qué decir.
Numerio negó con la cabeza, entre incredulidad y alivio.
—Miles de veces le dije a mi hija que volverías. Que ningún Decimio se pierde en la Galia sin dejar rastro. Pero no me hizo caso. Y se casó con ese… —buscó la palabra, la encontró y la soltó con desprecio contenido— ese delicatus blandengue, por muy patricio que sea [313] .
Lucio no respondió. Numerio continuó, como si necesitara vaciar años de silencio.
—Al no estar tú, y vista la actitud de Fadia, nuestras familias se distanciaron. Y así me enteré, tarde y mal, de la partida de tu madre —bajó la voz—. No, Fadia no hizo lo correcto. No contigo. No con Livia.
Hubo un silencio breve. Numerio respiró hondo, como si le pesara lo que iba a decir.
—Ahora que has vuelto… —titubeó— me avergonzaría pedirte que retomemos nuestros negocios como antaño. No sería justo. No después de todo.
Lucio lo miró con agradecimiento sincero, pero no habló de inmediato. El silencio se alargó, pesado, necesario.
—Gracias, Numerio —dijo al fin—. Pero he vuelto a casa y… mi Roma, mi mundo, casi ha desaparecido. Primero debo poner en orden mis pensamientos. Mis sentimientos.
Numerio asintió despacio. No insistió. No pidió nada.
—Cuando llegue ese día —dijo—, la puerta de mi casa estará abierta para ti. Como siempre lo estuvo.
Lucio inclinó la cabeza. Numerio le puso una mano en el hombro, firme, breve, y siguió subiendo las escaleras sin volver la vista.
Permaneció un momento en la calle, viendo cómo Numerio desaparecía. El bullicio del barrio portuario llegaba amortiguado, como si Roma entera estuviera detrás de un velo. No sabía cuánto tiempo estuvo allí, inmóvil, con el peso del día clavado en los hombros.
Cuando por fin se movió, no tomó el camino más corto hacia la domus Decimia.
Caminó sin rumbo, dejando que las calles lo llevaran.
Pasó junto a talleres que conocía desde joven, junto a tabernas donde había reído con amigos que ya no estaban, junto a almacenes donde había aprendido a leer tablillas y a medir ánforas. Todo seguía en su sitio. Él no.
Al llegar a la domus , Eira lo esperaba, sentada junto la fuente del atrium . No preguntó nada. Solo lo miró con esa mezcla de respeto y preocupación que había aprendido en los campamentos. Lucio asintió, como si quisiera tranquilizarla, aunque no sabía cómo hacerlo.
Entró en su habitación y cerró la puerta. Las sensaciones eran distintas a las de la casa de Fadia. Allí faltaba una vida; aquí faltaba la suya. Se sentó en el borde del lecho y sacó el pergamino del cinturón. El sello seguía intacto, frío, firme, como si lo retuviera a propósito.
Lo sostuvo un largo rato entre las manos. No lo abrió. No podía. No todavía.
Dejó el pergamino sobre la mesa, junto al broche de bronce que había sido de su madre. Dos objetos. Dos vidas que ya no estaban. Dos caminos que no podía recuperar.
Lucio apagó la lámpara. Roma seguía viva al otro lado de los muros, pero para él, la ciudad era solo un eco. Había vuelto a casa, sí. Pero su hogar ya no existía.
Y en la oscuridad, comprendió que el regreso no era un final. Era el principio de algo latente. Algo que tenía que decidir.