La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 22 - El Camino a Casa #2
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Capítulo 22 - El Camino a Casa #2

Nikaia fue la última gran ciudad antes de dejar definitivamente la Provincia.

El puerto estaba lleno de barcos que comerciaban con Corsica y Sardinia.

Lucio preguntó por rutas y distancias a un patrón de barco que supervisaba la descarga de unas ánforas; no porque pensara embarcarse, sino por costumbre de soldado que quiere saber qué tiene alrededor.

Eira escuchaba, memorizando nombres que nunca había oído.

—La calzada hacia el este está despejada, miles —les dijo el naviero, confundiéndolo por su planta con un soldado en activo—, pero vigilad las mulas si cruzáis los pasos antes del anochecer. Los Ligures andan necesitados este año.

Lucio asintió con gravedad, tocando de soslayo el pomo de su gladius .

—Agradecido. Que Neptuno os sea propicio con la carga.

Al cruzar la frontera natural hacia Liguria, el paisaje cambió de nuevo.

Albintimilium era más pequeña, pero activa, con un mercado donde se mezclaban productos romanos e íberos.

Lucio compró un cuchillo nuevo; el suyo había sobrevivido demasiadas campañas.

Eira lo observó elegirlo con la precisión de quien sabe exactamente qué necesita.

Cuando el mercader pidió cuatro sestercios con un tono excesivamente amable, Lucio plantó la hoja sobre el mostrador de madera.

—Dos sestercios. El acero es de buena calidad, pero el pomo está mal contrapesado para la mano de un ligur, y yo no tengo tiempo para limarlo —dijo Lucio con voz gélida.

El comerciante tragó saliva, miró las cicatrices del brazo de Lucio y aceptó las dos monedas sin rechistar. Eira esperó a que se alejaran para esbozar una sonrisa de aprobación.

—Buen regateo. En mi pueblo te habrían dado el puesto de jefe de intercambios.

—En tu pueblo no teníais que lidiar con tramposos de costa —replicó él, guardando la pieza en el cinto.

Genua los recibió con el olor a madera recién cortada y el ruido de los astilleros. Era una ciudad que miraba al mar con ambición. Lucio se detuvo un instante para observar los barcos en construcción. Eira siguió su mirada, intentando comprender qué veía él en aquellas naves.

—Roma vive de esto —dijo Lucio—. De barcos, de rutas, de puertos. Sin ellos, no sería lo que es.

Eira asintió. No necesitaba entenderlo todo para comprender la importancia de aquel lugar.

Desde Genua, el camino hacia Luna discurría entre colinas cubiertas de viñedos.

Luna era famosa por su mármol, y los bloques blancos que esperaban ser transportados parecían montañas pequeñas alineadas junto al puerto.

Lucio recordó haber visto mármol de Luna en obras de Roma cuando era más joven.

Eira tocó uno de los bloques con la palma de la mano, sorprendida por la frialdad de la piedra.

—Parece hielo que nunca se derrite —comentó, apartando los dedos.

—A los patricios les gusta cubrir sus casas con esto para olvidar que están hechas de ladrillo y barro —dijo Lucio, retomando la marcha.

Pisae fue la primera ciudad donde Lucio sintió que Italia lo recibía de verdad.

El Arno cruzaba la ciudad con calma, y los talleres de cerámica y metalurgia trabajaban sin descanso.

Eira observó el puente principal con atención, como si intentara memorizar cada detalle.

Lucio la dejó mirar. Sabía que para ella todo era nuevo.

Más al sur, Cosa y Gravisca ofrecieron un paisaje distinto: puertos más pequeños, pero activos, con barcos que iban y venían de las islas. Lucio compró pescado seco para el camino. Eira lo probó sin quejarse, aunque no parecía disfrutarlo. Él sonrió, pero no dijo nada.

Finalmente, Ostia apareció como una escala inevitable antes de llegar a Roma.

El puerto era amplio y activo, pero no tenía para Lucio ningún significado especial.

Observó el movimiento de barcos y carros con la distancia de quien reconoce la importancia del lugar sin sentirse ligado a él.

Su puerto había sido siempre el Emporium , no Ostia.

Eira lo miró un instante, intentando adivinar si aquel lugar despertaba algo en él, pero Lucio siguió caminando sin detenerse.

—¿No te gusta este sitio? —preguntó ella, al ver que ni siquiera volvía la cabeza hacia las grandes tabernas del muelle.

—Demasiado ruido para no estar en casa —respondió él escuetamente—. Lo que busco está más arriba, junto al Tíber.

Desde Ostia, el camino hacia Roma era corto. El Tíber acompañaba la ruta, y el tráfico aumentaba a cada tramo. Carros, mercaderes, esclavos, veteranos, animales, todo mezclado en un flujo que parecía no detenerse nunca. Lucio avanzó con paso firme. Eira lo siguió sin dudar.

Roma estaba cerca. Muy cerca [307] .

La caminata les tomó casi seis horas de marcha constante entre un polvo blanquecino que se les pegaba a la piel y a la ropa.

Al llegar a las afueras, donde la calzada principal se dividía, Lucio se desvió a la izquierda de forma instintiva, buscando un sendero secundario que corría pegado al agua, flanqueado por las primeras colinas de escombros y restos de cerámica.

—La ruta de la derecha sube hacia la Porta Raudusculana , donde la guardia detiene cada carro —le explicó Lucio, amortiguando el paso pero sin detenerse—.

Nos pasaríamos media tarde esquivando el tráfico y parándonos en cada control.

Nosotros vamos por abajo, pegados al río.

Es el camino de los hombres de carga. Es más sucio, pero nadie te pide cuentas por caminar.

Cruzaron la sombra de los primeros grandes almacenes de piedra, donde el olor a salazón, grano húmedo y brea lo inundaba todo. Al fondo, las siluetas de los templos coronaban las colinas de la ciudad, recortadas contra el cielo de la tarde [308] .

—Aquí empieza Roma —dijo Lucio por fin.

Eira lo observó con atención. Buscando algún cambio en la expresión de su rostro, pero no halló nada.

Se dirigieron hacia los muelles del Emporium .

Eira observaba cada detalle que iba descubriendo, un tanto sobrecogida.

Nunca en su vida había visto una ciudad tan grande y con gentes de lugares tan distintos.

El bullicio y el trasiego, la cacofonía de tantas lenguas, la inmensa variedad de mercancías procedentes de todo el mundo, muchas de las cuales desconocía el nombre…

Todo era nuevo para ella. Lucio le iba contestando a la infinidad de preguntas que le formulaba.

Mientras avanzaban entre horrea y stationes , una voz los llamó.

—¡Lucio! ¡Lucio Decimio! ¡Aquí…!

La voz surgió entre el ruido de los carros y el golpeteo de las ánforas.

Lucio se volvió de inmediato. Era Servio Atratino que avanzaba sorteando sacos y estibadores, más delgado que en la campaña, con la manga izquierda recogida y el paso firme pese al equilibrio perdido.

Se detuvo frente a él, respirando hondo, como si necesitara convencerse de que no estaba viendo a otro hombre.

—Por todos los dioses… —murmuró—. Pensé que no volvería a verte.

Lucio lo observó con una mezcla de sorpresa y reconocimiento.

—Servio —dijo—. Ha pasado mucho tiempo.

—Demasiado —respondió el mutilado—. Pero aquí sigo. El Emporium siempre necesita brazos, aunque a mí me falte uno. Y tú… —lo miró de arriba abajo—. No esperaba encontrarte caminando por tu propio puerto como si nada.

Lucio esbozó una sonrisa breve.

—No es mi puerto —dijo—. Pero conozco cada piedra.

Servio asintió y señaló hacia el interior del muelle.

—Venid. Os acompaño. Supongo que te diriges a los horrea de tu familia. A estas horas, si no conoces bien el Emporium , te pasan por encima con un carro. Tú sí lo conoces, pero ella no.

Se volvió hacia Eira con un gesto respetuoso.

—Por cierto —dijo, dirigiéndose a ella—, soy Servio Atratino Pulario, veterano licenciado de la Segunda Centuria, Tercera Cohorte, Décima Legión Equestris [309] . Serví con el decanus Decimio en la Galia.

—Centurión Pilus Prior Decimio, de la Segunda Centuria, Primera Cohorte —lo corrigió Lucio con una sonrisa contenida—. No me quites méritos, legionario.

Servio se irguió con exagerado buen humor.

— Ave , centurión. ¡Disculpe el error! Las noticias no llegan muy claras a Roma.

Eira intervino entonces, con una serenidad que sorprendió a ambos veteranos.

—Soy Eira, hija de Cadalon, del pueblo de los Belgas [310] , de Britannia .

Servio la observó un instante, midiendo sus palabras.

—Bienvenida a Roma, Eira —dijo al fin, con una leve inclinación de cabeza.

Lucio asintió y comenzó a seguirlo. Tenía un lugar al que volver, un lugar que había sido suyo antes de la guerra. Y ahora, después de tantos años, regresaba no como un muchacho que descargaba ánforas, sino como un hombre que había cumplido su palabra.

El horreum Decimianum [311] , que lucía en su entrada el emblema de la Gens Decimia , se alzaba al fondo del muelle con las puertas abiertas y el olor inconfundible del garum recién sellado. Lucio reconoció la fachada antes de que Servio señalara hacia ella.

—Ahí lo tienes —dijo el mutilado—. No necesitas más guía.

Servio se alejó entre los carros y el ruido de los trabajadores del Emporium .

Lucio avanzó hacia el interior del edificio principal, donde la sombra de un hombre se recortaba contra la luz del interior.

La figura se detuvo un instante, como si hubiera reconocido algo imposible de confundir.

Publio Decimio Lépido se quedó inmóvil, como si la vista necesitara confirmar lo que la memoria no se atrevía a creer.

Luego avanzó hacia él sin prisa, con la dignidad sobria de quien ha visto demasiadas ausencias para dejarse llevar por la emoción.

—Lucio —dijo al fin—. Has vuelto.

No hubo abrazos. No hacían falta. Publio le tomó el antebrazo con firmeza, como se recibe a un hombre que regresa entero de donde otros no volvieron.

—Tío —respondió Lucio—. No sabía si te encontraría aquí.

—Siempre estoy aquí —dijo Publio—. La casa necesita ojos. Y manos. Aunque ya no sean las mismas.

Miró a Eira con una cortesía sobria, esperando de manera implícita. Lucio, percatándose del silencio, dio un paso de lado.