La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 22 - El Camino a Casa
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Capítulo 22 - El Camino a Casa

«Multa sunt in causis nostris et in omni vita, quae, cum discesseris, non invenias, ut ea fuerunt». (Hay muchas cosas en nuestros asuntos y en toda la vida que, cuando te alejas, al regresar ya no las encuentras como fueron).

— M ARCO T ULIO C ICERÓN , Epistulae ad familiares , Libro XIV

S ALIERON DEL CASTRA a media mañana, los cuatro juntos, mezclados entre los veteranos que tomaban la misma ruta.

El ambiente era ligero, casi ruidoso: hombres que habían pasado media vida obedeciendo órdenes ahora hablaban todos a la vez, comparando tierras, discutiendo rutas, riéndose de cosas que en campaña nunca habían tenido gracia.

Lucio avanzaba con paso firme, sin prisa, disfrutando de aquella energía que hacía años no veía en la Décima.

—Si seguimos así, llegaremos a Narbo Martius en dos o tres jornadas —dijo Viridio, adelantándose medio paso.

—O antes de que te canses de hablar —respondió Lucio, sin mirarlo.

Nidia soltó una risa breve. Viridio fingió ofenderse, pero el gesto no le duró ni un instante. Caminaba con un ánimo que no había mostrado en toda la campaña, como si cada tramo del camino confirmara que su vida empezaba allí, no en los asedios ni en las marchas interminables.

Eira observaba la escena con atención, sin intervenir.

No parecía fuera de lugar. Había aprendido a moverse entre romanos sin llamar la atención, pero sin desaparecer.

Caminaba a la izquierda de Lucio, ajustando el paso al suyo, atenta a los cambios del terreno y a las conversaciones que surgían y se apagaban a su alrededor.

—¿Cuánto falta para la Provincia? —preguntó ella, sin apartar la vista del camino.

—Un par de días si no nos entretenemos —respondió Lucio—. Y si Viridio no decide inspeccionar cada campo que vea.

—Estoy eligiendo dónde no quiero vivir —replicó Viridio—. Es un proceso serio.

Nidia lo miró de reojo.

—Si eliges con esa rapidez, acabaremos en un pantano.

Viridio abrió la boca para responder, pero terminó riéndose. El tono del grupo era ligero, natural, sin la tensión que había marcado los últimos años. No hablaban de batallas ni de muertos. Hablaban del camino, de lo que vendría, de cosas que por fin podían permitirse imaginar.

Al caer la tarde, se detuvieron junto a un arroyo. No había necesidad de formar un campamento estricto. Encendieron un fuego pequeño y compartieron pan, queso y un vino áspero que Viridio había comprado a un mercader que pasaba. La conversación fluyó sin esfuerzo.

—¿Qué harás cuando llegues a Roma? —preguntó Nidia, mirando a Lucio.

Lucio tardó un instante en responder.

—Ver qué queda de mi casa —dijo—. Y después… no lo sé.

Eira lo observó de reojo, sin decir nada. Había aprendido que algunas respuestas no eran evasivas, sino sinceras.

—Yo sí sé lo que haré —intervino Viridio—. Dormir en un lecho que no se mueva, comer caliente todos los días y no ver una empalizada en años.

—Y trabajar la tierra —añadió Nidia.

Viridio la miró con una mezcla de sorpresa y satisfacción.

—Eso también.

—Además de casarte conmigo y mantenerme —remató ella con total naturalidad, mientras avivaba las brasas con una rama—. No lo voy a hacer yo todo.

Viridio se atragantó con el trago de vino áspero que acababa de dar.

Tosió un par de veces, buscando desesperadamente el aire, mientras un sutil pero innegable tono rojizo comenzaba a treparle por el cuello, extendiéndose bajo la barba hasta las orejas.

Toda la autoridad implacable de un primus pilus de la Décima, un hombre acostumbrado a hacer temblar a seis mil soldados con un solo grito, se disolvió en un instante ante la absoluta calma de la mujer.

Lucio soltó una carcajada abierta, una de las pocas que se había permitido en años, disfrutando del absoluto desconcierto de su superior.

—Parece que la campaña en Narbo va a ser más dura que la de Aquitania, mi centurión —se burló el pilus prior , conteniendo la risa.

Viridio limpió la comisura de los labios con el dorso de la mano, todavía encendido, balanceando la cabeza de un lado a otro mientras intentaba recuperar la compostura bajo la mirada divertida de Nidia y el silencio cómplice de Eira.

—Acepto el desafío —refunfuñó por fin, aunque el brillo de sus ojos delataba que, en el fondo, no deseaba otra cosa.

Lucio sonrió. No era un gesto amplio, pero sí auténtico. El camino hacia Narbo Martius continuaba al día siguiente, y esta vez, después de tanto tiempo, no sentía que avanzaba hacia una obligación, sino hacia una vida que podía elegir.

Una tarde, al coronar una colina, apareció ante ellos la llanura que conducía a Narbo Martius.

El aire olía a mar, aunque el mar aún no se veía.

Viridio se detuvo un instante, como si quisiera grabar en la memoria ese momento.

Nidia se colocó a su lado sin necesidad de palabras. Era evidente que aquel era su destino.

El desvío hacia Narbo Martius estaba marcado por un camino ancho, flanqueado por viñedos jóvenes. Viridio lo miró con la seguridad de quien ya ha tomado una decisión.

—Es aquí —dijo.

Nidia asintió. No había duda en su gesto.

Lucio se acercó y le tendió la mano. Viridio la tomó con fuerza, no como despedida, sino como reconocimiento de todo lo que habían compartido.

—Que os vaya bien —dijo Lucio.

—Y a vosotros —respondió Viridio.

Nidia inclinó la cabeza en un gesto breve, respetuoso. Luego tomaron el sendero lateral. No hubo abrazos ni promesas. No eran necesarias. Habían compartido demasiado como para necesitar palabras.

Lucio y Eira retomaron el camino principal.

El aire se volvió más cálido y el olor del salitre llegó antes que la vista del agua.

El paisaje se abrió hacia la costa y, al poco, el mar apareció como una franja azul que ocupaba medio horizonte.

Lucio se detuvo un instante. No era el Mare Exterum de Gades, ancho y oscuro, sino un mar distinto, más sereno, con otra luz.

No le despertabas recuerdos de infancia, pero sí la sensación de acercarse al centro del mundo al que había elegido pertenecer.

—¿Es Italia? —preguntó Eira.

—No aún —respondió Lucio—. Pero ya no falta mucho. Bueno, es un decir.

Desde Narbo Martius, el camino hacia Italia discurría entre ciudades vivas y rutas bien mantenidas.

La primera escala importante fue Baeterrae, donde el foro estaba lleno de veteranos que esperaban noticias sobre las tierras asignadas.

Lucio no se detuvo más de lo necesario, pero observó con interés la actividad del mercado: vino de la Provincia, sal de las albuferas, cerámica local.

Eira miraba todo con curiosidad contenida, como si intentara comprender cómo funcionaba aquel mundo que no era el suyo.

Más adelante, Agathé los recibió con el olor del pescado recién descargado y el bullicio de los mercaderes griegos que dominaban el puerto.

Lucio compró pan y olivas para el camino.

Eira probó una y frunció el ceño, extrañada por el sabor, lo que provocó una risa breve de Lucio que ella no esperaba.

Fue un instante pequeño, pero suficiente para romper la rigidez de los primeros días de viaje en solitario.

—De ese pequeño fruto procede el aceite que vendía Nidia en el campamento. Se llaman olivas —le explicó Lucio.

Eira miró el resto del fruto que le quedaba en los dedos, todavía con el ceño ligeramente fruncido por el amargor que le impregnaba la lengua.

—Es duro y amargo como la corteza de un sauce —respondió, arrojando el hueso al suelo—. En mi tierra preferimos la manteca para cocinar y el sebo para las lámparas. Pero si los romanos pagáis plata por exprimir algo que sabe así, Nidia va a hacerse rica en Narbo.

Arelate apareció al final de una llanura amplia, con sus murallas bien conservadas y un tráfico constante de carros que iban y venían del Ródano.

Allí sí se detuvieron unas horas. Lucio conocía la ciudad de paso, pero nunca la había recorrido sin prisa.

Eira observó el anfiteatro con atención, intentando imaginar para qué servía aquella estructura.

Lucio se lo explicó sin adornos. Ella escuchó sin interrumpirlo, como si cada palabra le abriera una puerta nueva.

—¿Hombres contra fieras? —preguntó ella finalmente, alzando la vista hacia las cornisas de piedra—. ¿Solo para que los ciudadanos miren desde la grada?

—A veces hombres contra hombres —matizó Lucio, ajustándose el correaje del petate—. A la plebe le gusta ver que la muerte es algo que les ocurre a otros. Olvídalo, es una distracción barata.

Desde Arelate, el camino hacia Massalia se volvió más concurrido.

Mercaderes, soldados licenciados, familias enteras que se desplazaban hacia la Provincia o hacia Italia.

Massalia los recibió con el bullicio de un puerto que nunca dormía.

No se detuvieron. Lucio no buscaba hospedaje ni descanso.

Buscaba avanzar. Eira lo siguió sin protestar, aceptando el ritmo que él imponía sin necesidad de preguntarle por qué.

Tras Massalia, el camino costero se estrechó entre colinas y acantilados.

Antipolis era más tranquila, casi un descanso después del ruido de la gran ciudad.

Allí compraron agua y pan tierno. Eira observó el mar con atención, comparándolo en silencio con el Mare Exterum que bañaba las costas de su hogar.

No dijo nada, pero Lucio notó que aquel mar más sereno la intrigaba.

—No se mueve igual —observó ella en un susurro, señalando el horizonte azul—. No tiene la misma fuerza. Parece… domesticado. No hay grandes mareas que devoren la playa ni corrientes que te empujen contra las rocas.

—Este mar es nuestro, Eira —respondió Lucio, contemplando las aguas mansas—. El tuyo no pertenece a nadie.