La Sangre de Gadir (Hijos de Hispania 2) Capítulo 21 - El Año del Fuego #7
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Capítulo 21 - El Año del Fuego #7

Los legionarios comenzaron a excavar galerías bajo la roca, avanzando a oscuras, escuchando el rumor del manantial como si fuera un enemigo.

Otros levantaron empalizadas alrededor de los accesos, mientras arqueros vigilaban cada punto donde un galo pudiera descender con un cántaro.

Era un cerco silencioso, sin cuernos ni gritos, solo el sonido de las herramientas golpeando la tierra.

La desesperación no tardó en fracturar la defensa.

Drapes intentó una salida nocturna con parte de sus fuerzas para romper las líneas y traer provisiones desde el exterior, pero las patrullas romanas lo cercaron en los valles bajos.

El caudillo senón fue capturado vivo, encadenado y arrastrado ante el campamento, dejando a Lucterio solo al mando de una fortaleza que ya empezaba a agrietarse por la sed.

Los defensores que quedaban intentaron resistir el asedio.

Descendían de noche, cubiertos con mantos húmedos, arrastrándose por las laderas como sombras.

Algunos lograron llenar los cántaros. Otros murieron con ellos in las manos.

Cada intento era más desesperado que el anterior. La sed empezó a hacer su trabajo.

Una mañana, los Galos abrieron las puertas. No salieron en formación. Salieron tambaleándose, con los labios agrietados y los ojos hundidos. No pedían clemencia. Pedían agua. César los observó desde la ladera, sin moverse.

—Han resistido más de lo que era razonable —dijo Caninio, contemplando la hilera de prisioneros.

César no respondió. Caminó entre ellos, que lo miraban con una mezcla de odio y agotamiento. Se detuvo ante Lucterio, el jefe de la resistencia, que levantaba la cabeza con esfuerzo, con el rostro cubierto de polvo y sangre seca.

—¿Por qué no te rendiste? —preguntó César.

El galo lo sostuvo con la mirada.

—Porque no quería vivir bajo tus leyes.

César lo observó un instante. Luego se volvió hacia sus centuriones.

—Que vivan —dijo—. Pero que no puedan volver a tomar las armas.

La orden se extendió por el campamento como un viento frío.

No habría ejecuciones. No habría incendios.

Solo un castigo que todos recordarían. A los que habían combatido se les cortaron las manos.

No murieron. Fueron enviados de vuelta a sus aldeas, mutilados, silenciosos, convertidos en advertencia [305] .

Lucio escuchó la noticia días después, mientras la Décima vigilaba un cruce de caminos. Nadie celebró nada. Nadie comentó nada. Era el tipo de decisión que no necesitaba explicación. Era el final de la guerra, aunque nadie lo hubiera proclamado.

En las semanas siguientes, las aldeas entregaron rehenes sin resistencia. Los caminos quedaron despejados. Los jefes locales enviaron tributos antes de que se les exigieran. La Galia no estaba tranquila, pero estaba sometida. Y los legionarios empezaron a hablar de licenciamientos y recompensas.

La guerra terminó sin estrépito. No hubo una última batalla, ni un anuncio solemne, ni un gesto que marcara el final.

Simplemente, un día dejaron de llegar informes de levantamientos.

Los caminos permanecieron abiertos. Las aldeas entregaron rehenes sin resistencia.

Los jefes locales enviaron tributos antes de que se les exigieran.

En los campamentos, la rutina cambió sin que nadie lo ordenara.

Los centuriones hablaban menos de marchas y más de inventarios.

Los legati recorrían las regiones para confirmar censos, revisar acuerdos, establecer límites.

César enviaba informes a Roma con la misma precisión con la que había dirigido las campañas.

Y en cada tienda, en cada guardia nocturna, en cada conversación breve junto al fuego, se repetía la misma pregunta: ¿cuándo llegarían los licenciamientos?

Lucio lo escuchó en voz baja, como un rumor que nadie quería creer. Luego lo vio escrito en una tablilla oficial, sellada con el emblema de la legión. La Décima liberaría a sus veteranos más antiguos. Entre ellos, Lucio Decimio y Leo Viridio.

Viridio recibió la noticia con el ceño fruncido, como si desconfiara de sus propios ojos.

Lucio, en cambio, sintió un vacío extraño, una mezcla de alivio y desconcierto.

Había pasado ocho años bajo el estandarte de la legión.

Ocho años de marchas, asedios, inviernos duros y victorias que no siempre parecían victorias.

Ahora, después de tantos años desde su alistamiento, estaba libre.

La ceremonia fue sobria. Los veteranos formaron frente al águila, en silencio.

No hubo discursos. No hubo música. Solo el sonido del viento entre las estacas del campamento y el murmullo lejano de los lixae preparando la comida.

Los centuriones entregaron los documentos de licenciamiento uno a uno, sin adornos.

Cuando Lucio recibió el suyo, sintió el peso de la tablilla como si fuera un arma nueva, desconocida.

Eira estaba allí. No en primera fila, ni entre los oficiales, sino a un lado, observando. No dijo nada cuando Lucio salió de la formación. No lo llamó. No lo tocó. Solo se acercó y caminó a su lado, como si ese gesto bastara para reconocer todo lo que habían vivido.

Viridio, en cambio, parecía más incómodo que emocionado. Sostenía su tablilla como si temiera romperla. Nidia lo esperaba unos pasos más atrás, con los brazos cruzados y una expresión que mezclaba satisfacción y advertencia.

—¿Y ahora qué harás? —preguntó Lucio.

Viridio respiró hondo, como si la respuesta llevara tiempo esperando.

—He elegido mi heredium —dijo—. En Narbo Martius [306] .

Lucio lo miró, sorprendido por la presteza de la decisión.

—¿Tan pronto?

Viridio asintió.

—Esta vez no voy a esperar a que alguien me diga qué hacer.

Nidia, que lo había escuchado, sonrió apenas. No era una sonrisa amplia. Era una sonrisa de reconocimiento, de quien sabe que una decisión importante se ha tomado sin necesidad de palabras.

Lucio observó la escena. Comprendió que Viridio había encontrado algo que no figuraba en los manuales militares. Algo que no dependía de órdenes ni de rangos. Algo que, en cierto modo, lo alejaba de la legión más que cualquier licenciamiento.

Él, en cambio, tenía un camino distinto. Roma lo esperaba. No sabía qué encontraría allí. No sabía qué quedaba de su vida anterior. Pero sabía que debía volver. Eira lo miró con una mezcla de firmeza y duda.

—¿Cuándo partirás? —preguntó.

—Pronto —respondió Lucio.

Ella asintió. No pidió explicaciones. No ofreció promesas. Solo aceptó la decisión, como había aceptado todo lo que la guerra les había impuesto.

En los días siguientes, la Décima empezó a disolverse.

Algunos veteranos se quedaron en la Provincia.

Otros marcharon hacia Italia. Otros buscaron tierras en el sur.

Lucio, Viridio, Nidia y Eira prepararon su equipaje con la ligereza de quienes saben que el camino que se abre ante ellos es mejor que el que dejan atrás.

Antes de abandonar el castra , Lucio pidió permiso para presentarse ante César. No era un trámite. Era una despedida necesaria. César lo recibió en su tienda, de pie, a solas, como si hubiera estado esperándolo.

—Decimio —dijo César—. Ocho años juntos. No todos los hombres que parten pueden decir que han cumplido lo que vinieron a buscar.

Lucio inclinó la cabeza, no por obligación, sino por respeto.

—Me dijiste en el Herakleion de Gades que Roma me mostraría quién era —respondió—. Vine buscando un nombre. Me voy con uno.

César lo observó con una expresión que mezclaba reconocimiento y cálculo, como si midiera el peso de aquel joven que había visto crecer entre campañas.

—Serviste bien —dijo al fin—. Con lealtad, con juicio y con valor. Roma necesita hombres así. Yo también.

Lucio asintió, con la serenidad de quien sabe que ha cumplido su deber.

—Gracias, procónsul —dijo—. Por la palabra que me diste cuando era un muchacho. Y por haberme permitido demostrarla.

César apoyó una mano en su hombro, un gesto breve, romano, sin adornos.

—Vuelve a casa, Decimio. Roma no se acaba en la guerra.

Lucio salió de la tienda con una sensación limpia, como si hubiera cerrado un círculo que llevaba años abierto. Viridio, Nidia y Eira lo esperaban junto a la empalizada. No había prisa, pero tampoco dudas. El camino los aguardaba.

Lucio traspasó la salida del campamento con paso firme.

La legión se dispersaba, la Galia quedaba atrás y el camino hacia Roma se abría ante él, amplio y luminoso.

Eira caminaba a su lado, atenta al futuro.

Viridio avanzaba con un ánimo que no había mostrado en años.

Nidia lo acompañaba con la seguridad de quien ha encontrado su lugar.

Los cuatro emprendieron juntos la marcha hacia Narbo Martius.